Capítulo 4.1- Elixir

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Asher empujó con osadía a Karen sin despegarla de su torso, quedando así la opaca melena de la dama hacía él,abrasándolo con el roce de sus bucles pegados a su cuello. La había llevado hasta el interior de la recámara que Ludovica Pembroke le había asignado al llegar a su mansión , la misma recámara des de la que había escuchado a la joven que ahora tenía en sus brazos hablando con Henry. 

-¿Se puede saber qué hace? - demandó Lady Cavendish con voz firme pero con cierto y ligero truncamiento mientras el conde retenía con fuerza sus dos brazos con una sola mano como si de una prisionera se tratara; la mantenía de espaldas con respecto a él, sentía la respiración del tirano en su nuca y como ésta golpeaba con fuerza contra sus mechones brunos . Aprovechando la posición y sin emitir palabra ni sonido alguno, más que una respiración agitada, Lord Stanley introdujo la mano que tenía libre en la falda de la joven  mientras sus largos y ásperos dedos la desarmaban.Primero, desenfundó su puñal más pequeño de su liga derecha y luego, cruzando toda la inmaculada y tersa piel de la debutante extrajo la daga más larga y punzante de su muslo izquierdo,  no sin rozar aquellas zonas que jamás nadie había tocado y que provocó en Karen un escalofrío que recorrió su cuerpo . El motivo por el cual no lo atizaba y se iba sin más lo desconocía, la causa que la retenía en esa habitación masculina sin pronunciarse la ignoraba; tan sólo sentía que nunca le había resultado tan emocionante y apabullante perder el control sobre su cuerpo y alma. 

Una vez los dos aceros  fueron confiscados, Asher los dejó caer al suelo haciendo que éstos repicaran metálicamente contra él, cuando las notas agudas  aún vibraban contra sus tímpanos giró a la dama de un movimiento brusco pero controlado hacía él. Enfocó su mirada y no vio en ella pavor o timidez, si no soberbia, fuerza y amenaza. No eran los ojos de una debutante sino los ojos astutos y profundos de una cockney, una mujer acostumbrada a buscarse la vida en los barrios más bajos de Londres a pesar de ser una de las mujeres más ricas y poderosas de Inglaterra.

 Era salvaje, peligrosa y ¡por Dios! magnética; el misterio que la envolvía, su aroma embriagador, su mirada ...su condenada mirada...¿era una bruja? Cuanto más la miraba y buscaba en sus pupilas más se perdía, ¿era terrenal? Des de que la había visto en el balcón tan sólo podía rememorar el sabor de sus labios y el olor de su perfume, el cual había quedado impregnado en su piel como si éste quemara, el mismo que estaba incendiando sus traqueas en ese preciso instante . No había  podido atender ni cortejar, en toda la noche, a  Lady Norfan, una dama de modales impolutos y docilidad extremas que la hacían perfecta para el puesto vacante de esposa y a la que ya debería haber pedido su mano, tal y como su madre exigía. Pero no había podido hacerlo, el perfume de alelíes de la joven Norfan le parecía insulso e ingrato al lado del recuerdo del de Lady Cavendish así como su mirada azulada y flácida se le antojaba demasiado corriente y predecible en contraste con esas dos orbes oscuras y asfixiantes que lo estaban analizando, que buscaban en él alguna debilidad. La cercanía de su cuerpo voluptuoso era cálida pero fría a la vez, la energía que le transmitía era oscura pero a la vez brillaba. ¿Qué clase de hechizo era ése? ¿Era un ser humano o un ser creado especialmente para torturarlo?

-Dí, ¿quién eres? -exigió el almirante a escasos centímetros de la faz aterciopelada y femenina que centelleaba con la luz de una extinta y efímera vela que reposaba sobre una mesa robusta. 

Karen dilató y contrajo sus pupilas adaptándose a la claridad del iris del conde, movió sus órbitas opacas buscando un rastro de flaqueza en sus traslúcidas esferas añiles y aspiró profundamente su aliento dulce mezclado con el aroma de cuero y madera que desprendía su tosco y trabajado cuerpo. Profundizó y absorbió las notas de bajo que las cuerdas vocales del emisor desprendían hasta hacerlas llegar a cada rincón de su alma y de su ser. No encontró debilidad, no encontró faltas, Lord Asher Stanley era un muro,un  muro de piedra y estaba curtido frente a cualquier adversidad. No era un conde, era un almirante, un luchador. Por una fracción de segundo desvió su mirada para fijarse en la barba dorada que cubría su mentón varonil y pronunciado , así como repasó el camino del vello áureo hasta llegar a la frondosa cabellera rubia que caía con gracia y masculinidad sobre el rostro cuadrado y hercúleo de Asher, el cual seguía inmóvil, clavado sobre el de ella. 

Asher no quería moverse, la mirada de escrutinio de la joven le provocaba satisfacción y un estallido en su estómago de orgullo masculino que no quería perder. Parecía que por primera vez lo estaba mirando, a pesar de que ya se habían visto con anterioridad. 

-¿Quién eres tú?- respondió ella tan sensual, que no se percató del tono erótico con el que había cargado su pregunta. 

Antes de que la melódica voz  de Karen se esfumara de la corriente aérea , Asher asaltó los labios entre abiertos de ese ser místico como si quisiera devorarla, como si quisiera descubrir que había en ella. Le daba sed, y por mucho que bebía de ella, no se saciaba. Hubiera deseado tener cien manos para poder llegar a cada rincón de su piel y no sufrir la ansiedad que estaba ahogándolo por tener que conformarse en el tacto de su cadera entre sus dos únicas manos. El éxtasis se acrecentó cuando notó que ella lo respondía con la misma intensidad y necesidad.

-¿Qué me has echo? ¿Qué clase de embrujo es éste?- interrogó Asher con voz gutural y ronca con algo más parecido a un gruñido que a una pregunta, levantó a su hechicera por la amplia cadera y la posicionó sobre la cama- sólo puedo pensar en ti des de que te encontré en esa noche estrellada- sus ojos estaban ahogados de deseo, su cuerpo emitía peligrosas ondas de calor, y volvió a fundirse en el elixir de su boca. Preso del delirio, deslizó su manga derecha y luego la izquierda dejando ver todo aquello que podía ver con el corsé, besó cada parte de su piel que si bien era blanca, una gota de café ensombrecía el lienzo. Se embriagó de su fragancia y succionó y lamió todas aquellas partes que estaban al descubierto sintiéndose victorioso y complacido con cada jadeo de la mezzosoprano. -Dime que pare ahora, si no no podré hacerlo...dime que pare...- apoyó su frente sobre el pecho acelerado de Karen asfixiado, mareado y enloquecido.

Cariños, primera parte del capítulo 4 , mañana publicaré la segunda. No puedo más hoy porqué tengo ocupaciones...UN BESO

Ojos del anochecer ( III Saga de los Devonshire)©¡Lee esta historia GRATIS!