El Hombre Afortunado

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El Hombre Afortunado

Llevaba un hacha en la mano, sus manos sudaban y él estaba lleno de lodo, completamente desconcertado, Don Marciano Araujo apenas recordaba donde se encontraba en ese momento, al parecer estaba parado en el umbral de su casa, con las llaves en la puerta dispuesto a entrar en ella.

Una vez adentro, le llama la atención que su reloj de bolsillo marcaba las 07:40 horas de la mañana, y el reloj despertador en la mesita de su cuarto daban exactamente las 10:41 de la mañana, según recordaba ambos funcionaban perfectamente y no había forma de que alguno de los dos estuviera descompuesto, lo sabría de inmediato, ya que todos los días los limpiaba y les hacía los ajustes que fueran necesarios pues Don Marciano vivía a la par de su reloj.

Don Marciano era un hombre de avanzada edad, de hábitos repetitivos, por no decir que era muy obsesivo respecto a muchas cosas que podían parecer sin importancia, como lo era el hecho de que al quitarse los zapatos estos tenían que estar perfectamente alineados uno del otro, o también el hecho de que tenía que enderezar todas las cosas a su paso de manera que quedaran en perfecta sintonía unas de otras, todo debía guardar líneas rectas y cuadradas.

Afuera el día estaba completamente nublado y lluvioso, y recordaba haber salido de su casa justo a las 06:40 horas en punto según su reloj de bolsillo, hecho que corroboró también en su mismo reloj despertador.

- Pero, -marcaban la misma hora cuando me salí-, pensó en voz alta, -entonces, ¿Qué rayos hice durante 3 horas y un minuto? -, se decía una y otra vez, -¿cómo es que no puedo recordar nada?-.

Don Marciano sabía que le había llegado la "edad de los estados de fuga", como decía su tía Consuelo, quien cada vez que olvidaba la dieta en que estaba para poder bajar los quinientos kilos de peso que tenía, se ponía a comer todo lo que encontraba a su paso, hasta que un buen día no pudieron sacarla de su casa y tuvieron que romper las puertas para poder llevarla a su funeral.

Don Marciano sacudió la cabeza ante el recuerdo de la tía Consuelo y un escalofrío le recorrió el cuerpo tan solo de pensar en ella, sin embargo lo que realmente le preocupaba no era acabar tan gordo como su tía, sino acabar en un completo estado de fuga donde no podría recordar ni su propio nombre.

-¿Por qué estoy lleno de lodo?-, Don Marciano se preguntaba mientras se miraba al espejo, nunca antes se había visto tan mal; el cabello despeinado, unas enormes ojeras, su cara pálida, y tierra hasta en los calcetines, todo esto, sin mencionar lo mal planchado que estaba su traje.

El día anterior recordaba Don Marciano haber salido a la plaza del centro para dar su acostumbrada caminata y tomar un poco de sol mientras un bolero le lustraba sus zapatos.

Sin embargo algo raro pesaba en el ambiente, ya que el día además de gris se observaba completamente desolado, no había alma alguna que se asomara siquiera por una ventana, todo estaba quieto y sumido en un gran silencio, el único movimiento que se percibía en la calle era el de una mujer cuyo velo negro cubría su rostro, y que presurosa caminaba hacía algún lugar con un enorme ramo de flores.

-Esas flores me gustan pero para panteón-, pensaba para sí Don Marciano, quien se apresuró a preguntar a la mujer hacia donde se dirigía.

La mujer lo ignoró por completo y sin siquiera voltearlo a ver siguió su camino pensando y discurriendo en absoluto silencio.

Sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, Don Marciano comenzó a seguir a la mujer, mucho le había molestado su desplante, sin mencionar el hecho de que le intrigaba sobremanera a donde llevaría semejante ramo de flores.

Así siguieron andando por la calle, en silencio, uno atrás de otro, caminando despacio pero sin descanso.

De repente la señora se detiene, saca unas llaves de su delantal y abre la reja de lo que parece un cementerio.

A pesar de haber vivido ahí toda su vida, Don Marciano no recordaba haber estado en aquél panteón, y al ver de nuevo a la mujer con el ramo de flores no le pareció desatinado su comentario anterior, y en efecto ese arreglo floral en definitiva era para una tumba, la pregunta era ¿la tumba de quién?.

Siguieron el sendero principal, el piso de cantera se encontraba cubierto de una especie de musgo debido a la humedad del clima, y a los lados se erguían como durmiendo cientos de lápidas elegantemente dispuestas para cada uno de sus difuntos.

Pensaba Don Marciano en lo afortunado que sería de ser enterrado en un lugar así, donde habían sido sepultados al parecer muchos personajes ilustres del pueblo, -qué honor más grande sería- pensó.

La mujer siguió caminando derecho hasta el fondo del pasillo, Don Marciano se apresuró para no perderla de vista, en eso, ésta gira a la derecha y tras una tumba desaparece. En ese momento Don Marciano lamenta mucho no haber corrido más de prisa para alcanzarla y ya se disponía a regresar a su casa cuando de repente una de estas elegantes lápidas llamó su atención.

"Aquí yace quien con un desafortunado encuentro perdió su vida por intentar robar el honor de mi hija, que el hacha te acompañe a donde vayas querido Don Marciano Araujo"

Don Marciano siente en ese momento, un escalofrío que le recorre la espalda entera, ahora lo entiende todo, su mal aspecto y su ropa llena de lodo.

Saca del bolsillo su amado reloj y le echa una última mirada, no importaba que ya fueran las 10:41 de la mañana, porque desde ese día las 07:40 de la mañana ya estaba muerto, entonces desciende a la tumba de la que no volvió a salir jamás.

-¡Que suerte haber quedado en este panteón¡

FIN

Sira D.

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