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El corazón de Asmar

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El Corazón de Asmar

Primera Parte: Los cinco reinos

1. Hungias

            El cielo estaba despejado, ni una sola nube empañaba su gloria, y su color era tan intenso que parecía casi irreal, como si la cúpula celeste hubiera sido pintada con brocha y pintura. Presidiendo las alturas se hallaba el Gran Padre Melov, que proporcionaba luz y calor a la Gran Madre Asmar y a todos los pobladores de aquel fértil mundo. Y salvaguardándolo se encontraban las cinco lunas de Asmar. A su izquierda Hungias, Pallas y Koronis, plateadas y siempre visibles en el firmamento. Durante el día parecían fantasmas semitransparentes y, por las noches, se convertían en resplandecientes esferas, consideradas tradicionalmente los hijos del gran astro de nívea luz. Y a su derecha Themis y Thule, las hijas menores del Gran Padre, pues su tamaño era inferior al de sus hermanos, las cuales ahora se hallaban en cuarto menguante.

            La pradera que surgía en medio del bosque se presentaba inmensa ante ellos. Una maravillosa alfombra formada por mil y una flores que expedían sus deliciosas fragancias mientras deslumbraban a los niños con sus múltiples tonalidades.

            Los ojos de la niña se desorbitaron ante la mágica visión y una cándida sonrisa se manifestó en su rolliza carita. Se agitó ansiosa intentando soltarse de su hermano, y éste apretó su tierna mano con más fuerza ante sus amagos de escaparse.

            Griguas había acabado pronto sus quehaceres en la granja y, puesto que era el primer día que brillaba el Gran Padre Melov tras el largo invierno, pidió permiso a su madre para ir a jugar al bosque con sus amigos del poblado. Ella aceptó, pero con la condición de que llevara consigo a su hermanita.

            Floras era una lozana niña de cuatro años, una criatura encantadora, y Griguas un hermano mayor amoroso y delicado, el problema radicaba en que la pequeña no soportaba a los bichos, gusanos, renacuajos o cualquier otra criatura reptante por el suelo o surcadora de las aguas, su sola visión provocaba que estallara en histéricos chillidos casi imposibles de acallar. Y entre todas las actividades que su pandilla realizaba, su predilecta consistía precisamente en ir al rio para capturar renacuajos, ranas o libélulas.

—Te quedarás aquí mientras voy a jugar al riachuelo con Hildas, Heridani y Alula –le explicó el muchacho con mirada ceñuda para impresionarla, a sus nueve años se consideraba todo un adulto—. Dedícate a coger cuantas flores quieras, pero por ningún concepto dejes el claro, no te alejes de aquí —recalcó, sujetándola por los hombros para que no echara a correr—. Volveré a por ti antes de que empiece a oscurecer. Si necesitas algo, grita y vendremos todos corriendo ¿Has entendido? —obligó a Floras a que le mirara; tan ansiosa estaba por trotar por el campo que no hacía más que mirar a las maravillosas flores que cubrían el paraje.

La pequeña le dirigió una mirada complaciente con sus ambarinos ojos y agitó con brío la cabeza en gesto afirmativo.

Griguas la soltó y observó unos instantes a la chiquilla correr entre las flores, que de tan altas que eran casi la cubrían por completo. Lanzaba grititos jubilosos y no paraba de dar saltos. Era tan feliz como podría serlo una abeja en semejante paraíso. Sin duda, la niña hacía honor a su nombre.

—¡Recuerda no salir del claro! —volvió a prevenirla en voz alta antes de disponerse a marchar junto a sus amigos. Le estarían aguardando hacía rato.

—Creíamos que no te dejaban venir —exclamó Alula a modo de saludo. Ella tenía ocho años, los ojos negros como el carbón, el pelo enmarañado, y se bañaba alegremente  en el riachuelo cuando él llegó.

Al igual que en todos los grupos de críos con esas edades, en su pandilla no eran muy proclives a admitir a una chica, pero Alula encajaba perfectamente porque no era nada femenina. Corría, saltaba, trepaba a los arboles y se restregaba por el barro como el que más, así que, aunque llevara el pelo corto como era costumbre entre las mujeres del reino de Hungias, habían decidido nombrarla oficialmente chico, lo cual le permitía formar parte de la cuadrilla.

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