Capítulo 24 | Inesperado

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Narra Reese

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Narra Reese

Cogí una bocanada de aire escondiendo mi cabeza entre mis rodillas. Hacía más de una hora que Sean se había ido del cuarto donde me encontraba, dejándome sola, asustada, confundida, y hambrienta.

-¡Ya verás quien acabará riéndose al final, pendejo!

Alcé mi cabeza parpadeando en la oscuridad, totalmente sorprendida. ¿Acaso esa era la voz de Jayden?

-Culebro, sin cerebro.

Subí una ceja sonriendo sin poder creérmelo. ¿Jayden estaba soltando insultos en latino o era parte de mi imaginación? Quizás el estar más de una hora encerrada en la oscuridad, podía haber afectado mi cerebro.

-Más te vale callarte-oí una voz gruesa, seguida de una risa-No podrás hacer nada ahí, solo. Aún teniendo tu poder, estando encerrado eres un inútil.

La risa de Jayden no tardó en sonar.

-Un inútil con un coeficiente intelectual superior al tuyo, por cierto.

Mordí mi labio inferior reprimiendo una risa.

-Cierra el pico, energúmeno. Voy a descansar tomando un buen café con una buena palmera de chocolate, mientras tú te pudres aquí con el estómago vacío-se rió.

Me levanté con rapidez dirigiéndome hacia la puerta apoyando mi oreja en ella. Varios pasos comenzaron a alejarse. Incluso oí a Sean suspirar y caminar lejos de mi puerta.

Separándome de ahí, miré a mi derecha. Me acerqué a la pared.

-Chist, Jayden-susurré con fuerza temiendo que alguien estuviera fuera y me oyese-, soy Reese.

Estuve varios segundos en silencio. Sólo esperaba que Jayden me escuchase y me respondiese para no sentirme sola.

-¿Reese?-la divertida voz del castaño apareció. Sonreí al instante-¿Qué haces aquí, señorita Haynes, alias la rebelde?

Reí en voz baja.

-No te lo vas a creer.

-Me gustaría saber de qué me hablas para poder creerlo.

-April y yo somos las personas x-dije aún sin poder procesar esa información-. Quieren quitarnos nuestro poder, y según oí puede ser mortal. No sé qué hacer.

-Ah, que bonito todo-respondió con ironía.

-Bonito no, aterrador. ¿Qué hacemos?

-¿Y tú amigo el telepático?

-Ocupado.

Hubo un momento de silencio. Sólo lograba oír mis latidos acelerados y mi respiración agitada por los nervios. ¡Por Dios! Vivía en constante estrés.

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