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—Bien, Thomas, hora de caminar —me insté a mí mismo, una vez que el auto desapareció de mi vista, así que sujeté la maleta y la arrastré por el asfalto

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—Bien, Thomas, hora de caminar —me insté a mí mismo, una vez que el auto desapareció de mi vista, así que sujeté la maleta y la arrastré por el asfalto.

«Valentin Park», el vecindario donde vivía mi hermano, quedaba un tanto lejos de donde me encontraba; sin embargo, no me quedaba otra opción más que caminar, pues el único dinero del que disponía, se lo había entregado aquella rubia de ojos celestes y sonrisa cautivadora, a la que habían robado.

Mientras recorría las calles de Londres, me quedé viendo los nuevos establecimientos, hoteles y espectáculos con los que ahora contaba, no parecía la misma ciudad de la que me había marchado con el corazón lleno de esperanzas, y a la que ahora regresaba derrotado; no obstante, la cantidad de turistas seguía siendo la misma, pues estaba abarrotada de ellos.

Pasadas dos horas, logré llegar a mi destino, una casa de dos pisos, diseñada al más genuino estilo victoriano.

Al parecer mi hermano no reparaba en gastos, pues para darse el lujo de pagar una vivienda como esa, que además quedaba cerca de una zona histórica de Londres, debía de ganar bastante dinero.

Según las instrucciones que me había dejado Des, las llaves las encontraría en una de las macetas de rosas que decoraban la ventana, y en efecto, allí estaban.

Una vez ingresé al vestíbulo, me quedé con la boca abierta, casi que daba miedo tocar algo, todo estaba meticulosamente ordenado y limpio, nada semejante a mi antiguo departamento, en donde mi fiel compañero «el desorden» vivía plácidamente.

Hice la maleta a un lado y me dejé caer en un amplio sofá de color beige que decoraba el living.

Frente a mí había un gigantesco televisor y una mesita de forma rectangular en donde reposaba un jarrón de cristal con flores y algunos retratos familiares.

Sujeté el control remoto y encendí aquella pantalla plana, cambié de canales e intenté buscar algo interesante que ver, pero no encontré nada.

Mi estómago comenzó a rugir, así que me incorporé y opté por recorrer el lugar, en busca de la cocina.

Una vez ingresé, ni siquiera me sorprendí de su aspecto, era tan impoluta y ordenada, como el resto de la casa. Abrí el refrigerador y extraje zumo de naranja e ingredientes para prepárame unos sándwiches.

Después de cenar, lave los platos y dejé todo en su lugar, teníamos tanto tiempo sin vernos, que lo último que deseaba, era que Des terminara enojándose conmigo.

Abrí nuevamente la nevera en busca de agua y me encontré con un cupcake con glaseado de chocolate, se me hizo agua la boca.

Hice el ademán de tomarlo, pero después me arrepentí; sin embargo, tras una meticulosa reflexión, concluí:

—Si está aquí, es para comérselo ¿no? —Así que tomé el esponjoso pastelito y lo llevé hasta mi boca, estaba delicioso.

Después de darme aquel gusto, regresé al living, fui por la maleta y subí las escaleras que me llevaron al piso superior.

Bajo el cielo de LondresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora