Ruta Suicida - Parte 2 de 2

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Previo - Dos semanas antes.

Afuera, el mar comenzaba a picarse y la noche empezaba a nublarse. Algo raro se mascaba en el ambiente. La gente del pueblo de Innsmouth, ante días así, terminaba raudamente sus quehaceres diarios para volver sin demora a sus casas, para resguardarse alrededor del fuego hogareño. En cambio, los viajeros, marineros y comerciantes itinerantes, solían alojarse en una de las posadas más concurridas y más visitadas del distrito marítimo del lugar: el Black Octopus. Beber, jugar a las cartas, montar gresca, trapichear, alquilar una cama o simplemente pasar las horas muertas hasta la hora de partir, eran algunas de las actividades predilectas de los que la visitaban. Sin embargo, esa noche, el Black Octopus estaba bastante tranquilo.

—¡Este tiempo apesta! —dijo el viejo Steve.

—¡Ni que lo digas, viejo amigo! —asintió Martin.

—¡Odio cuando se nubla el cielo de esta manera tan sombría! —aportó Lee.

—¡Y cuando el olor a pescado podrido inunda todo por la subida de la marea! —sentenció Daniels.

—¿Y no odias cuando tenéis que pagar una pinta y solo tienes chatarra y tienes que contar uno por uno cada mísero penique? —preguntó solemnemente el Pequeño Timmy.

Los hombres que compartían mesa con el Pequeño Timmy negaron con la cabeza mientras lo miraban con desaprobación.

—¡Cállate Pequeño Timmy! —gritaron todos al unísono.

Un trueno se abrió paso entre las nubes e iluminó la tétrica calle que se divisaba desde las ventanas del Black Octopus.

—Parece que el tiempo va a empeorar —sentenció el dueño del Black Octopus mientras pasaba el trapo por encima de la barra.

—¿Está seguro de eso, señor Galawey? —preguntó un joven camarero, que permanecía apoyado contra una de las vigas, esperando a que algunos de los parroquianos del motel se animara a pedir otra copa.

—¡Claro que sí, chico! ¡Claro que sí! —afirmó el posadero—. El tiempo siempre va a peor cuando el dolor de mi cojera va en aumento... ¿o es al revés? ¡Bah! ¡Tú ya me entiendes chico!

—¡Hey, Galawey! —llamó Lee—. Nunca nos has contado cómo te hiciste eso en la pierna.

—¡Cierto! —afirmó Martin—. ¿Por qué no nos cuentas esa historia y amenizas un poco la velada?

—Lo único que os puedo contar es que me lo hice en la guerra, de joven, cuando era soldado...

—¿En la guerra? —preguntó Daniels—. ¿En qué guerra participaste tú?

—... en eso ya no estoy tan seguro —murmuró Galawey— ...en aquella época le daba tanto a la bebida, que lo único que recuerdo era una gran resaca perpetua... bueno, eso y que luché contra alguien, a las órdenes de no-se-sabe-quien, y en el conflicto de vete-tu-a-saber...

A mí me da que tú te disparaste en la pierna mientras limpiabas el rifle, con algunas copas de más en el cuerpo, y de ahí que te tramases toda esa patochada —comentó Lee.

¡Va a ser que sí! —sentenció Martin.

La mesa donde los hombres bebían estalló en sonoras carcajadas, mientras estos se sujetaban las barrigas con las dos manos, se golpeaban el muslo con la mano abierta o se limpiaban los lagrimones que les caían de las mejillas con las palmas de las manos.

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