Capítulo 17| Invasión de recuerdos

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Narra April

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Narra April

Me senté en la cama observando a Noah mientras dormía. El pobre se encontraba pálido y débil, resultado de todas la veces que había ido al baño para vomitar. Era normal, ya que su cuerpo tenía que expulsar toda la fenilamine.

Suspiré mirando mis manos entrelazadas. Aún recordaba el primer día que nos habíamos conocido. Él llevaba unos cinco meses más o menos en la CDI, y yo apenas había llegado. Me encontraba devastada, triste, apagada. Él fue el único que se molestó en estar conmigo aún cuando me mantenía en silencio a todas horas. No quería hablar con nadie debido a que aún no había podido superar la muerte de mi novio.

O más bien, su asesinato.

Apreté los labios con fuerza recordando a Dave Shelley. Chico alto, rubio, y con ojos verdes. Parecía sacado de un libro de romance. Su sonrisa me hacía el día, y su voz me distraía siempre. Era un gran chico, un gran amigo, y una gran pareja.

Aún no podía olvidar su muerte.

—Aléjate, Ally. Quiero estar sola—hablé con la voz quebrada.

Me encontraba en medio de la carretera al lado de un bosque. Mi mejor amiga y yo estábamos haciendo un picnic, todo estuvo bien hasta que ésta pilló a su novio besándose con otra, a varios metros de nosotras, sentados en el césped del bosque. Aquello nos alteró a ambas. Ally se asustó al ver mis ojos amarillos causados por mi enfado, y yo intenté ocultar mi rostro. No era la primera vez que me ocurría, y no quería que nadie supiese que era capaz de crear tormentas, lluvias, y muchas cosas más con tal de pensarlo.

—Le mandé un mensaje a Dave—contestó en voz pasiva. Sus ojos castaños, no dejaban de analizar cada movimiento de mi parte.

La miré con los ojos abiertos.

—¿Qué hiciste qué?¿Para qué?

—Últimamente te hemos notado muy rara. Y él...me avisó. Me dijo que si te sentías mal que le mandase un mensaje—dijo con la voz bajando cada vez más, mostrando su nerviosismo.

—Ally yo...

—Tus ojos están amarillos. Y no son lentillas, April.

—¡April!—la voz de Dave atrajo mi atención. Me giré en su dirección. Venía corriendo, con el cabello desordenado y esbozó una sonrisa al verme.

Bajé la mirada.

—Dave, yo...

—April, mírame—no le hice caso—¡Mírame, maldita sea!

Sin más, le obedecí sintiéndome avergonzada.

—¿Qué te ha pasado? Estás temblando—me tocó el brazo y yo me eché varios pasos hacia atrás alejándome de ellos.

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