Te amo.

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Nota: Está historia es una relación de chico x chico. Si no te gusta el género, por favor no leer y no comentar cosas despectivas. No todo pasa exactamente como en los primeros capítulos. Así que sin más que decir, disfruten la lectura.

Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados.
—Gabriel García Márquez.

Inicio de clases en un nuevo instituto, ya lo habían acusado de ser un hombre lobo. Era su naturaleza, claro. Pero eso había surgido gracias a la chica que conoció en el bosque.
Nunca lo aceptaría, sólo su familia lo sabía al igual que Román. No sabía porque le había contado todo, aquella nota en clases le hizo mirarlo nervioso; «¿Puedo mirar?», no pudo evitar abrir la boca y que todo le dijera que sí a ese chico.
Menos cuando sus manos se enredaron con las suyas después de aquella demostración, era su primer amigo. Uno de verdad.

—¿Tienes la cabeza dentro del culo?—comento sarcástico al verse ignorado.

El silencio tan pesado que los estaba rodeando solo le hacía sentir inadecuado. No entendía la razón de porque Peter no estaba con él. Su sonrisa se borró cuando le miró a los ojos con algo semejante al cansancio, no lo odiaba. Por más que fuera testigo de las ganas que tenía de acostarse con toda chica que encontrará. Aunque lo haya escuchado teniendo sexo en el baño del instituto, cuando le había conocido sus conquistas. Aún estaba ahí.

—No tan al fondo como tú—devolvió la broma aún con la sensación de vacío en el estómago.

Porque había escuchado como Roman tenía relaciones con una chica en el baño de la escuela. Ese día se había pegado contra la puerta al escuchar los gemidos, pensó que era un chica en problemas. Pero solo estaba teniendo a un chico enmedio de las piernas.

—¿Qué pasa?—cuestiono un poco aturdido, él nunca actuaba tan despechado.

—Hay una persona que me gusta—dudo aún al verlo a los ojos—y digamos que es un asco.

—¿Por qué no te hace caso?—busco entre sus bolsillos alguno cigarro para calmar sus nervios.

—No—nego mirando hacia el horizonte, intentando no perderse en esa delicadas pero fuertes manos que se movían gráciles—, que se acueste con cualquiera no es el problema—aseguro suspirando con algo de fuerza.

Los movimientos de sus brazos, blancos y gráciles, componían una hermosa danza. Le habían atrapado la primera vez que se le acercó y le miró moverse, como si todo su entorno tuviera que tomar forma como iba interactuando.
Las miradas que le dedicaba cada que lo veía pasar por el pasillo eran lo suficiente para hacerlo mirar también, nunca había sentido esa atracción por alguien, sin querer apartar la mirada, lastimarlo u ocultarle algo que pudiera hacerlo sentir mal.

—¿Entonces cuál es el problema?—prendió el cigarro mirándolo y se lo ofreció.

—Que es un imbécil—lo acepto dando una larga calada sin querer mirar más allá de lo necesario ese cuerpo delgado y bien formado—, más de lo que una persona normal llega ha ser en toda su vida. Autodestructivo, pero debajo de todo eso, creo que tiene un poco de corazón.

—¿Quién es?—lo tomo de la chaqueta con fuerza, acercándolo a su cuerpo.

El cigarrillo se le cayó de las manos ante la sorpresa. Sus labios se cerraron en una pequeña pero notoria línea y toda expresión en su rostro se volvió aún más difícil de descifrar o entender de algún modo. El golpe en la mejilla no debió sorprender al rubio que lo estaba empotrando contra la puerta de metal.

—Te acercaste a mí contrariado y hablándome como si me reprendieras—su intento de disculpa fue lo suficiente patético como para que Roman se alejara.

Se refugiaba allí siempre que se encontraba triste o contrariado. En su sarcasmo y humor negro para no tener que darle explicaciones a nadie. Ni siquiera ha su madre que se preocupaba tanto por él, que había hecho todo lo posible para que pensara antes de mostrarle la transformación a Roman, no lo odiaba. Pero la desconfianza era la suficiente para no estar feliz con él chico a su alrededor.

—Pareces una colegiala enamorada—bromeo al sentirse alejado—¿Y quién es él chico?

—Ya te dije que un patán—suspiro pisando el cigarrillo del suelo para poder apagarlo—. Y a todo esto, ¿Por qué te importa?

El mayor de altura casi se atraganta, nervioso tomo el encendedor de su bolsillo para relajarse o distraerse jugando con el.

—Eres mi amigo—lo sabía, estaba seguro pero nunca se había esforzado por decirlo en voz alta—, me preocupa todo lo que pueda pasarte.

Y su mundo no tuvo sentido. No era el Roman que conocía, no había nada de burlas pesadas, comentarios negros. No hubo eso que tuvieron en el cementerio al estar desenterrando a esa pobre chica. No tuvieron una plática profundo como pequeñas veces resultaba con ellos corriendo de la policía, insultandose, hasta dándose de golpes. En los caso menos graves siendo abandonados en una fábrica abandonada sin la posibilidad de llegar a casa temprano.

Algo no estaba completo, y lo sabía por esa sonrisa ladeada que ya no se mostraba tan malvada ante él. Tal vez solo necesitaba alejarse un poco del chico.

—Nos vemos—se dió la vuelta buscando huir de aquella situación.

—¿A dónde vas?—le tomo del brazo con sorprendente fuerza física.

—Se acabo—declaro arrebantose para no tener que verlo—. Tú deberías irte del pueblo, buscarte a ti mismo. Hazlo mientras puedas.

Se fue, dejando al rubio roto, despedazó. Porque en el fondo estaba teniendo algo impredecible con alguien impensable, totalmente nuevo y arrebatador. No era tan malo como aparentaba, su naturaleza no lograba hacer mella en él. Pero si implicaba un sacrificio inigualable el no tener que contarle a nadie sobre que era un hombre lobo.
Porque un par de días después lo fue a ver para disculparse por cualquier cosa que hubiera salido mal. Por la necesidad que sostenía en su estómago de verlo, hablarle con cualquier pretexto. Y uno de esos era el que la detective le había ido a interrogar sobre Peter, soltando pequeñas perlas de información.

Ahí estaba él, con su prima, teniendo tal vez el mejor revolcón de su vida. Apretó los dientes debajo de esa maldita lluvia, las náuseas le ganaron y se fue sin mirar de nuevo. Empapado, roto, despreciado, engañado.

—¡Mentirosos!—sus manos golpearon contra el volante con fuerza—¡Malditos mentirosos!

Pensó que se preocupaba por él, todo fue para llevarse a la cama a la chica rubia. Tenía ganas de golpear a Peter en el rostro, y tal vez, solo tal vez podría perdonarlo. Eran gitanos, que resguardaban un gran secreto. Él fue su primer amigo, su primer amor y su primera vez confiando en alguien además de su familia. Era su todo y aún así dudaba de que aquello era tan real. Porque para Roman resultó ser su amigo, su confidente, su amor secreto y su más profundo deseo.

Un nuevo comienzo.¡Lee esta historia GRATIS!