3: La chica solitaria que merece todo lo malo

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El resto de la mañana, tarde y noche de domingo de Emma, pasó sin más mensajes amenazantes.

De hecho, pasó sin mensajes.

Nadie le escribió, nadie preguntó cómo estaba, nadie la saludó.

Y eso no la molestaba... no mucho, la molestaba que no hubiera recibido ningún mensaje de Agni.

Ella trataba de escribirle, y lo hacía, pero simplemente no enviaba el mensaje, primero, porque le parecía que debía disculparse en persona, y segundo, simplemente porque el orgullo era una de las características que más la definía.

Pero a pesar de su orgullo, debía reconocer que Agni era su único amigo real, el único que iba a su casa a las siete de la mañana solo porque lo llamaba realmente alterada, Agni era el único que la conocía como a la palma de su mano.

Agni era su mejor amigo, sin él, ella no era nada, así como él no era nada sin ella.

Esperando un mensaje de Agni, se quedó dormida.

Despertó la mañana del lunes sin mensajes, ni de Agni, ni de "Ian", ni de nadie.

¿Acaso no le importaba a nadie? ¿Cómo podía no importarle a nadie? Era Emma Hamilton, se suponía que todos la amaran.

Con esa constante duda en su cabeza, se dirigió al baño y se miró al espejo, su cara era hermosa, Emma podía llorar durante toda la noche, podía fumar marihuana -algo que no había vuelto a hacer después de la muerte de Ian-, podía pasar toda la noche n vela, y aún así su cara sería hermosa, las chicas en la preparatoria se preguntaban si Emma había practicado algo de magia en su cara, porque literalmente siempre estaba hermosa.

Se dió una ducha, se vistió con una blusa de flores, una falda roja y unos tacones verdes oscuros y se recogió el cabello en una trenza, se encontraba lista para ser el icono de la preparatoria de Sioux Falls.

Desayunó un poco de ensalada de frutas y yogurt que había en el refrigerador y después se lavó los dientes.

Se dirigió a su escuela acompañada de la melodía de I'm Gonna Show You Crazy de Bebe Rexha sonando en su teléfono.

Cuando cruzó las puertas de la secundaria, inició todo lo que Emma amaba, el espectáculo de miradas a su alrededor, algunos susurraban, otros querían arrancarle la ropa y tener sexo con ella en el pasillo, otros la fulminaban con la mirada y otros querían todas las tarjetas de crédito que podían comprar la ropa de Emma.

Pero ninguno quería a Emma, nadie quería a Emma como persona, lo único que amaban era su fachada, a ella solo la veían como la portadora de lo que todos querían pero no podían tener al mismo tiempo: popularidad, dinero, sexo y altas calificaciones.

Emma se encontraba tan ensimismada en ser el centro de atención, que el sonido de su teléfono anunciando una llamada la hizo saltar del susto.

¿Quién podría estarla llamando? ¿Agni?

-Hola, mi queridísima Emma -No, no era Agni, la voz de quien Emma escuchó al otro lado de la línea la hizo abrir los ojos casi hasta el punto de que se le cayeran de las cuencas.

Era la voz de Ian.

-¿Ian? -Articuló con un hilo de voz.

-¿Te sorprende escuchar mi voz, honey? -Emma pudo notarlo, no era Ian, era un programa en el que se encargaban de editar la voz, lo supo porque la palabra "honey" sonó particularmente extraña.

-Debo admitir que me sorprendió cuando contesté, pero ya no, quizás deberías perfeccionar tu editor de voz.

-¿Crees que puedes burlarte de mí, Emma? Admito que me has descubierto, no soy Ian, pero... -Exclamó el extraño con una voz diferente a la que había usado haciéndose pasar por Ian, esta voz era grave y ronca, la típica de toda serie de suspenso.

Emma Hamilton - Asunto Pendiente #1¡Lee esta historia GRATIS!