Ruta Suicida - Parte 1 de 2

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Un manto de nubes negras, que ocasionalmente dejaban paso a solitarios relámpagos, cubría el cielo. El sendero que separaba el cementerio familiar de la hacienda Kauran, solía ser un lugar solitario, tétrico, apenas habitado por alimañas y carroñeros, donde los días transcurrían cubiertos por una capa de niebla espesa y las noches por un silencio sepulcral. Pero no esa noche. En ese sendero, dos figuras, apenas iluminadas por la antorcha que el primero de ellos portaba, corrían raudamente en dirección al cementerio familiar, huyendo de una jauría de criaturas blasfemas. Bueno, en realidad eran tres figuras, pero el pequeño Benjamin Pritchard, con sus cortas patitas y su rechoncho cuerpo, era incapaz de seguir el ritmo impuesto por sus mayores. Por esa razón, el señor Doyle, el mayordomo de la familia Pritchard, vestido únicamente con un camisón de dormir, era quien encabezaba la marcha y quien portaba a Benjamin encima de su hombro izquierdo, a la vez que sujetaba una antorcha con la mano derecha y sostenía un Enfield Snider con la izquierda. Alex Pritchard, el cabeza de familia, vestido con un batín de terciopelo, le seguía detrás.

—¡Doyle! ¿Cuánto falta para llegar al cementerio? —preguntó Pritchard.

—¡Poco señor, ya falta poco! —respondió el mayordomo sin dejar de correr—. Creo que empiezo a vislumbrar los muros del cementerio justo al final del sendero. Es posible que en el siguiente quiebro ya hayamos llegado.

—¡Bien, bien! ¿Y de nuestros perseguidores que me puedes decir? ¿Están cerca?

—Señor, ¿no podría, aprovechando que cierra la marcha, echar un pequeño vistazo para atrás y comprobarlo por usted mismo?

—¡Doyle, eso es insubordinación! —gritó Pritchard airado.

—¡Mis disculpas, señor! —dijo el mayordomo. Sin parar de correr, inclinó la cabeza hacia su lado derecho y miró atrás. Una docena de criaturas, que eran capaces de correr tanto a dos como a cuatro patas, iban tras ellos a gran velocidad. Sus cabezas eran calvas, tenían un solo ojo sin párpado y donde debía estar la boca, un conjunto de picos de diversos tamaños y formas sobresalían de un agujero. Sus torsos eran musculosos y relucientes, iban vestidos con harapos y en la parte inferior de los brazos, unas enormes pinzas se abrían y cerraban compulsivamente. Y lo peor de todo es que a cada paso que daban, la distancia se acortaba. Las criaturas aullaron y el mayordomo sintió un escalofrío que heló su sangre—. Señor, me da la impresión de que cada paso que dan están más cerca.

—Pues ya sabe, basta de cháchara y aligeremos el paso —dijo Pritchard.

—Señor, estoy de acuerdo con usted, pero lamento decirle que cargar con el pequeño Benjamin dificulta un poco dicha labor —se excusó el mayordomo. Justo en ese momento, doblaron en un quiebro del sendero y vieron los muros del cementerio—. Y que conste, que lo digo sin acritud.

—Pues ya tiene otro motivo más para aligerar el paso, ¡poner a salvo a mi primogénito de esa chusma que nos persigue!

—¡Si señor!

—¡Apa! —gritó risueño el pequeño Benjamin.

El trío, espoleados por el miedo, aceleró el ritmo y logró distanciarse ligeramente de las criaturas que los perseguían. A medida que se acercaban al cementerio, las puertas hechas de barrotes de hierro cruzadas entre sí, se fueron haciendo cada vez más grandes. Al llegar frente a éstas, las encontraron completamente cerradas.

—¿Dónde se ha metido ese inepto de Holden? ¡Nunca está cuando más se le necesita! —farfulló Pritchard mientras agarraba los barrotes de hierro de las puertas, las sacudía colérico y las pateaba con sus arrugadas pantuflas—. ¡Doyle! ¡Haga algo!

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