1: El mensaje

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Los ojos de Emma se abrieron lentamente y una sonrisa cruzó su rostro, era domingo al fin, no tenía que preocuparse por llegar tarde al colegio, por decidir que ropa colocarse o por decidir si levantarse o no cuando sonara la alarma.

El domingo era un día perfecto.

Ese iba a ser un domingo perfecto, como todos los domingos del año.

Eso creía ella.

Cuando salió al pasillo, todo estaba en perfecto silencio, seguramente su madre seguía dormida y su padre estaba comprando algo para desayunar. Sinceramente, no le importaba mucho que hicieran sus papás, mientras le dieran una buena suma de dinero mensual, con eso le era suficiente.

Decidió bajar a la cocina, estaba perfectamente ordenada, su madre cumplía muy bien la labor de ama de casa, era realmente muy difícil encontrar el mínimo rastro de suciedad en aquella casa. Aunque la verdad era que no era una casa tan gigantesca como para que resultara muy difícil limpiarla.

La casa de los Hamilton constaba de dos plantas, en la inferior se encontraba la sala, la cocina y el estudio del padre de Emma, que era redactor del periódico local de la pequeña ciudad, para llegar a la segunda planta subían por una elegante escalera en espiral que conducía a un largo pasillo con cuatro habitaciones a cada lado, una para Emma, una para sus padres, y dos par a los huéspedes, cada una con baños individuales, y entre los espacios que habían entre las puertas de cada habitación se podían apreciar cuadros de la perfecta familia con amplias sonrisas de felicidad por estar juntos.

Ya encontrándose en la cocina, Emma abrió el grifo y llenó un vaso con agua, para tomarla rápidamente y dirigirse de vuelta a su habitación, pero después de haber subido las escaleras, atravesando el pasillo habitado por las fotografías de la pequeña familia, se encontró con algo que le llamó la atención. 

El único cuadro en el que posaba ella sola con una sonrisa que podía conquistar hasta la mente más difícil, había sido ultrajado, ¡Alguien le había dibujado cachos, barba y bigote a su foto perfecta! 

Muy chistosita, Taylor, pensó, la chica adoraba las bromas casi tanto como Emma lo hacía, y si alguien había hecho algo como eso, de seguro había sido su amiga.

Rodó los ojos y soltó una risita, para después disponerse a limpiar su inmaculado cuadro. No fue fácil, pero lo logró, pudo borrar los dibujos que su amiga había hecho con labial Kylie. Le escribiría a Taylor que su broma había sido buena, pero que no lo hiciera otra vez, primero, porque no se debía desperdiciar un buen y caro labial, y segundo, porque era su cuadro favorito, y no quería arruinar aquella hermosa escultura.

Pero al entrar en su habitación, olvidó la intención que tenía de escribirle a su amiga, porque lo que encontró en su pared de color ópalo rosa la dejó completamente helada.

En su pared había un mensaje.

En su pared había sangre.

En su pared había un mensaje escrito con sangre.

Se acercó para comprobar si era sangre y no simplemente pintura roja, acercó sus dedos a la pared y tocó el espeso líquido, arrugó levemente la nariz y soltó un bufido, luego, apretando los dientes acercó los dedos a su nariz, y el olor metálico le confirmó su teoría, era sangre.

Pero, ¿quién podía haber hecho algo así? Definitivamente no Taylor, todo el círculo social de Emma sabía que la chica detestaba que le recordaran a Ian, y todos sabían que las chicas del círculo social de Emma no se atreverían a desobedecerla.

Entonces, ¿quién lo había hecho?

Pensar en quien lo había escrito era inquietante, y cuestionarse como lo habían escrito mientras Emma iba por agua a la cocina, era casi imposible.

Emma Hamilton - Asunto Pendiente #1Donde viven las historias. Descúbrelo ahora