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Mientras escribo estas palabras, el antiguo molino en el que me encuentro me sirve de refugio ante la tempestad furiosa que ha comenzado hace aproximadamente quince minutos fuera de todo sitio cercano que atisbe al menos una docena de pobladores. Ya que la tormenta que se funde en aquel cielo gris, imagen de puro terror para humanos debiles en esepticismo, tiende a buscar zonas rurales y deserticas con abundancia en suelos y bosques frondosos. Por alguna razón que escapa de mi entendimiento, el manto negruzco de nubes se cierne en todo lugar que sea de mi estancia, como si estuviera impuesto por una deidad desconocida la suerte de mandato malicioso que tanto me persigue.

Aunque si he comenzado a relatar aquí, debajo de una tenue luminosidad que proviene de mi misma maldición y que se cuela por uno de los tragaluces del molino, es por una objetiva razón. Por la que me encuentro aquí.

Vivía en un espacio abierto, libre de vecinos o gente de campo. Era  una casa conforme a mi gusto y mi caprichosa soledad. Los días y las noches transcurrian lenta y silenciosamente a son de mi rutina. El problema que me trajo aquí y que parece estar atado a mí como arnés, acarreando sus vientos y estruendos de violenta naturaleza, toma sus inicios en una noche de febrero ventosa.

Una asfixiante y vaporosa humedad comenzó a tornar pesado el ambiente. Y aunque la localidad de por sí ya era conocida por sus peculiares caracteristicas, ningun vapor habia alcanzado la temperatura calurosa de esa ocasión. Me resigné  a esperar que el tiempo mejore, intentando no pensar en el calor mientras me ocupaba de las tareas de la casa, pero sorprendentemente la temperatura y el aire caliente no bajó en ningun momento, hecho que me produjo una leve fiebre de la que aún tengo secuelas.

Llegúe a pensar que se trataba de algo en el suelo, ya que la bruma que para entones se extendía por todo el campo parecía ascender desde las profundidades varias capas más abajo de la tierra, provocando que el calor infernal se desprendiese de entre las grietas.

Para el atarceder, una gran masa de nubes plomizas empezaba a gestarse por el este. Por arriba de ellas descollaba el anaranjado refulgor del crepusculo, que nada tenía que hacer allí despues que la creciente tormenta se desparramara por el cielo, negruzca y amenazante.

Encendí la radio, preparé las lamparas de aceite y medité cuando me dispuse a cenar. La noche podría traer más problemas y terrores a mi ya tan cansado cuerpo. Empezó a tronar, los relámpagos cruzaban el cristal de la ventana. Me había preparado para una apagón inminente. Acostado me contuve con insomio, con deseos de abrir de par en par las ventanas, pero por miedo a que ocurran cosas peores me quedé estatico en el colchón, sudando sufridamente.

Finalmente el cielo se quebró en cien golpes retumbantes, y comenzó la lluvia a repicar sobre el tejado. Por mi parte no conciliaba el sueño, el calor se había intensificado en la cocina y había llagado a mi habitación para comarlo. Mi fiebre era molesta y agotadora para entonces , así que no pude hacer más que hidratarme con la reserva de agua que cuidé durante todo el día. Sabía que el calor me provocaría fiebre, y que a su vez la fiebre me produciría sed. Pero no iba a ser tan estúpido para dejarme vencer ante el calor.

Sediento y cansado, mi cabeza y mis pensamientos eran confusos. Así lo juzgo ahora, pero en ese momento podría jurar que la naturaleza estaba contra mí. Ya había escuchado todas las estaciónes de radio y ninguna anunció una tormenta de tal furia. Solo me quedaba pensar que se trataba de algún embrujo o malicia practicada por algún vecino lejano del cual yo era su sujeto de prueba. Fue por es que me introduje en la cama a esperar mi desagradable fortuna, que con las olas del sueño iban a ser amortiguadas. Pero no sucedió por culpa del insomio.

Como digo, me serví del agua que guarde y dejé el vaso en la mesada. Fue entonces que sucedió la primera señal de alerta de la tempestad. Observando hacia afuera, me empape la cara para aplacar mi calor sofocante. En ese momento la luz se fué. El apagón me  había tomado desprevenido allí en la cocina, pero yo sabía que la naturaleza de las nubes y el viento feroz me jugaban una broma.

Busqué el vaso para beber el agua y retirarme al dormitorio, cuando un destello azulado, impactó en la ventana. El cristal se rompió de inmediato y yo, del estrepito , derramé toda el agua del vaso. Por una súbita desesperación corrí a oscuras por la cocina y el pasillo, llegando nada más al umbral de mi cuarto, porque sucedió lo que catalogué como una tragedia, siendo la situación de vigilia en la que me encontraba.

No sé si fue por desidratación lo que ahora quiero recordar como ilusión, pero lo cierto es que un rayo irrumpió en el cuarto y fulminó la cama. Si fuera producto de mi imaginación, entonces la tétrica imagen tras la ventana de miles de rayos azotando el suelo yermo del campo bien podría ser tambien un delirio.

El Insoportable calorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora