Capítulo 1

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—¿Quieres tomar algo? —me preguntó Lee desde la cocina mientras
yo cerraba la puerta de la calle.
—No, gracias —contesté—. Subo directa a tu habitación.
—Vale.
Nunca había dejado de maravillarme lo grande que era la casa
de Lee Flynn; prácticamente una mansión. Había una habitación
abajo con una tele de cincuenta pulgadas y sonido envolvente, por no
hablar de la mesa de billar y la piscina exterior (climatizada).
Aunque para mí era como mi segunda casa, el único lugar donde
de verdad me sentía cómoda era en la habitación de Lee.
Abrí la puerta y vi el sol entrando a raudales por la puerta
abierta que daba a su pequeño balcón. Las paredes estaban cubiertas
de pósters de grupos, su batería estaba en un rincón junto a una
guitarra y su iMac estaba sobre un elegante escritorio de caoba que
hacía juego con el resto de los muebles.
Pero, al igual que en la habitación de cualquier otro chico de
dieciséis años, había camisetas, calzoncillos y calcetines malolientes
tirados por todo el suelo; un sándwich a medio comer se secaba junto al
iMac y las latas vacías descansaban por todas partes.
Me tiré sobre la cama de Lee; me encantaba la forma en que
rebotaba.
Éramos amigos íntimos desde que nacimos. Nuestras madres se
conocían de la universidad, y yo vivía sólo a unos diez minutos
andando. Lee y yo habíamos crecido juntos. Podríamos haber sido
gemelos, porque daba la casualidad de que habíamos nacido el mismo día.
Era mi mejor amigo. Siempre lo había sido y siempre lo sería.
Incluso aunque a veces me hiciera cabrear de verdad.
Él entró en ese momento con dos botellas abiertas de refresco de
naranja, porque sabía que, si no, en algún momento me hubiera bebido
el suyo.
—Tenemos que decidir qué vamos a hacer para la feria —dije.
—Lo sé —suspiró él, mientras se alborotaba el cabello castaño
y hacía una mueca con su cara llena de pecas—. ¿No podemos hacer
eso del coco? Ya sabes, eso en que se tiran bolas para tratar de
derribar los cocos.
Asentí con la cabeza, asombrada.
—Estaba pensando justo en eso...
—Claro que sí.
Sonreí.
—Pero no podemos; ya lo monta alguien.
—¿Y por qué tenemos que poner una caseta? ¿No podríamos
organizar todo el montaje y dejar que otros se encarguen de pensar en
las casetas?
—Eh, fuiste tú quien dijo que estar en el consejo escolar quedaría muy bien en nuestras solicitudes de acceso a la universidad.
—Y tú fuiste quien estuvo de acuerdo.
—Porque quería estar en el comité del baile —le expliqué—.
No pensé que tendríamos que ocuparnos también de la feria.
—Es una mierda.
—Lo sé. Hey, ¿y si alquiláramos uno de esos..., hum..., ya sabes —hice un gesto de golpear algo—, esas cosas con un martillo?
—¿Donde mides tu fuerza?
—Sí. Uno de ésos.
—No. Ya han pedido uno.
Suspiré.
—Entonces no sé. No queda mucho; ya lo han cogido todo.
Nos miramos.
—Ya te dije que teníamos que haber empezado a planear esto
antes —dijimos ambos a la vez.
Nos echamos a reír, y Lee se sentó ante el ordenador, haciendo
girar la silla lentamente.
—¿Una casa encantada?
Lo miré con cara de póquer; bueno, lo intenté. No era fácil
pillarle los ojos mientras él siguiera girando así.
—Es primavera, Lee, no Halloween.
—Sí, ¿y qué?
—No, nada de casas encantadas.
—Bien —gruñó él—. Entonces, ¿qué sugieres?
Me encogí de hombros. La verdad, no tenía ni idea. Estábamos
bastante pillados. Si no se nos ocurría algún tipo de caseta,
acabarían echándonos del consejo escolar, lo que representaría no poder incluirlo en nuestras solicitudes para la universidad.
—No sé. No puedo pensar con tanto calor.
—Entonces, quítate el jersey y piensa en algo.
Puse los ojos en blanco, y Lee entró en Google en busca de ideas
para una caseta para la Feria de Primavera. Me quité el jersey y noté el sol sobre mi estómago desnudo. Intenté que no se me subiera el
top que llevaba debajo...
—Lee —dije, con la voz apagada bajo el jersey—. ¿Me echas una mano?
Él soltó una risita y lo oí levantarse. En ese momento se abrió la
puerta de la habitación, y por un minuto pensé que Lee me estaba
dejando en la estacada, pero al instante siguiente oí una voz diferente.
—Vaya, al menos cerrad la puerta si os vais a dedicar a eso.
Me quedé paralizada; las mejillas se me pusieron como un
tomate mientras Lee tiraba hacia abajo de mi top y me quitaba el
jersey de un tirón, con lo que se me quedó el pelo de punta.
Vi a su hermano mayor apoyado en el marco de la puerta, con
una media sonrisa.
—Eh, Shelly —me saludó. Sabía que odiaba que me llamaran Shelly. Se lo permitía a Lee, pero con Noah era diferente.
Sólo lo hacía para fastidiarme. Nadie más se atrevía a llamarme
Shelly después de que en cuarto le pegara cuatro gritos a Cam por
hacerlo. Todos me llamaban Elle, diminutivo de Rochelle. Igual que
nadie se atrevía a llamarlo Noah a él. Excepto Lee y sus padres, el
resto lo llamaban por su apellido: Flynn.
—Hola, Noah —le respondí sonriéndole con dulzura.
Él apretó los dientes y alzó un poco las oscuras cejas, como si me
estuviera retando a seguir llamándolo así. Yo sólo le volví a sonreír, y
la media sonrisa sexy regresó a su rostro.
Noah era el tío más bueno que había sobre la Tierra; creedme, no
exagero. Cabello negro que le caía sobre los ojos azul eléctrico, alto y ancho de espaldas. Tenía la nariz un poco torcida, de cuando se la
rompió en una pelea y no se la habían puesto del todo bien. Noah no
rehuía las peleas, pero en el colegio nunca lo habían castigado. Aparte
de alguna que otra «sacudida», como Lee y yo las llamábamos, era un
alumno modelo: sus notas nunca bajaban de sobresaliente y también era la estrella del equipo de fútbol americano.
A los trece o catorce años, yo estaba colada por él. Aunque se me
pasó bien rápido cuando me di cuenta de que se encontraba totalmente
fuera de mi alcance y siempre lo estaría. Y aunque estaba buenísimo,
yo me comportaba de un modo natural con él, porque sabía que no tenía ni la más mínima posibilidad de que llegara a mirarme como algo más
que la mejor amiga de su hermano pequeño.
—Ya sé que, al parecer, causo ese efecto en las damas, pero,
por favor, ¿te importaría tratar de no quitarte la ropa en mi presencia?
Reí sarcástica.
—Sigue soñando.
—¿Y qué estáis haciendo?
Por un instante me pregunté por qué le interesaba, pero luego ya
no le di importancia.
—Tenemos que pensar en una estúpida caseta para la feria.
—Parece... una mierda.
—Y que lo digas —repliqué, poniendo los ojos en blanco—.
Todas las casetas que valen la pena ya están pilladas. Acabaremos
con algo como..., como..., como esa cosa en la que pescas un pato con
un gancho.
Los dos me miraron como si no se me pudiera haber ocurrido una idea peor, y me encogí de hombros.
—Lo que sea. Eh, Lee..., mamá y papá estarán fuera esta
noche, así que fiesta a las ocho.
—Guay.
—Y, Elle, esta noche trata de no desnudarte delante de todos
para impresionarme.
—Ya sabes que sólo tengo ojos para Lee —repliqué con inocencia.
Noah rió un poco. Ya estaba escribiendo en su móvil,
seguramente enviando el mensaje sobre la fiesta, igual que Lee. Salió
de la habitación como un gato perezoso o algo así. No pude evitar que se me fueran los ojos detrás de su bonito culo...
—Eh, puedes parar de mirar a mi hermano durante un par de
segundos... —bromeó Lee.
Me sonrojé y le di un empujón.
—Cierra el pico.
—Pensaba que ya no seguías colgada de él.
—Es cierto, pero eso no hace que esté menos bueno.
Lee puso los ojos en blanco.
—Lo que tú digas. A veces te pasas, ¿sabes?
Me senté ante el ordenador con Lee mirando desde detrás, la
barbilla apoyada en mi cabeza.
Cliqué la siguiente página buscando resultados y fui pasando la
pantalla; noté que los ojos se me iban quedando vidriosos al pasarlos
por la página.
Me detuve. Algo me había llamado la atención.—Para —dijo Lee, que también lo había visto.
Ambos miramos la pantalla durante unos segundos; luego, él se
puso en pie y yo me volví en la silla para mirarlo. Sonrisas idénticas
nos adornaban el rostro.
—Una caseta de besos —dijimos a la vez con regocijo. Lee alzó
la mano y yo se la choqué.
Iba a ser tan guay...

The Kissing Booth by Beth Reekles¡Lee esta historia GRATIS!