01.- De noche en el bar

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La oscuridad cubre el firmamento llenándolo de estrellas, aunque éstas se han convertido en un acto de fe debido a la nata de ebriedad que duerme en el cielo. Dentro del bar la música ya tiene algunas horas que resuena entre sus paredes, los clientes del lugar apenas han empezado a llegar, las chicas se preparan esperando que la velada les traiga algo de dinero extra a sus bolsos.

El Dj está inspirado, auxiliado por su consola toca una y otra canción hilándolas con ritmo y suavidad, o estridente extravagancia.

Una mujer de tersa y brillante piel morena sube al escenario y su cuerpo se mueve candente, sus curvas se acentúan confundiéndose con la noche, con el movimiento de un felino, con el peligro de las olas del mar. Sus manos son suaves y delicadas pero se aferran con fuerza a las barandas que se sujetan del techo.

La noche es grave, el recinto oscuro; apenas un poco de luz, una luz tenue y azul, se proyecta sobre ella, sobre su piel morena y su sudor de cristal.

Una canción comienza con los acordes de un bajo, con la voz del cantante que habla de ella, de su eterna delgadez. Es su canción preferida, con la que le gusta desnudarse, mostrar su piel y ver lo estúpidos que todos se ven al contemplarla, al verla sonreír. Sus ojos son un abismo felino, se cierran un poco, se vuelven un misterio impenetrable mientras observa a cada uno de los presentes, mientras sus pies se mueven agiles y sencillos; sus caderas agitan el mar y quieren destrozar la fuerza de los hombres, la resistencia, el orgullo. Su cuerpo es libre, el pelo ondulado y negro es lo único que está atado con un cordón rojo.

Se mueve como las hojas del viento, como un murmullo en las nubes, y es el sonido del bajo el que se le enreda en la piel; piel morena que hace soñar los sueños más locos, salvajes y tiernos. Es su espalda la que se curva, la que se levanta al compás que ella ordena. Es la dueña del mundo y, ante los ojos de los que la contemplan, nadie lo niega. Sus pies descalzos caminan seguros por la duela, cerca de uno de los hombres. Se agacha junto a él, lo provoca, le muestra su desnudez, le coquetea, mueve las piernas acercándose cada vez más. Él trata de tocarla, ella gira y se aleja con el movimiento de una sirena. Su delgada sonrisa es maliciosa, son sus ojos, su cuerpo, piel y aroma una invitación a pecar.

La canción agita las notas, avanza su ritmo mientras los sonidos se liberan de las bocinas.

Ella se detiene, coloca los pies al fondo de la escena. Desliza los dedos entre sus caderas y la última prenda que la cubre; la acaricia despacio sin poder dejar de sonreír con altivez, como una reina mira a los condenados al cadalso, como la canción que amenaza con terminar sus acordes. Y sucede lo esperado, lo ansiado: desliza sus manos y la prenda cae junto a ella; a sus pies queda mientras la oscuridad la envuelve, la cubre totalmente a la vez que el silencio hace del bar su morada.

No hay ruido, no hay luz, sólo sombras que cubren el cuerpo de mujer. Coloca la prenda en su lugar, la media luz nace de nuevo. Con calma se calza unas zapatillas y recoge el sostén que dejó abandonado a media canción. Mueve la cabeza de un lado a otro, sonríe fingiendo timidez. Se mueve traviesa por la pasarela hasta el borde y como casi siempre, al terminar el baile, baja despacio los escalones directo a la barra en lugar de salir rumbo a vestidores. Camina cadenciosa y altiva volviéndose a colocar el sostén que hace rato dejara caer y que arrancara más de un suspiro, un sueño y una ilusión, a cada uno de los presentes. Su cuerpo agitado y con sudor no deja de ser admirado y deseado en ningún momento.

—Dame un tequila, Raúl —ordena recargándose serena sobre la barra.

El Dj reinicia la música, los embelesados hombres parecen salir del trance en el que quisieran vivir por siempre, y continúan bebiendo torpemente de sus vasos.

Ella mira de soslayo a su alrededor, apenas 5 clientes se dividen las mesas del lugar y piensa que no vale la pena hacer más por el momento, que ya vendrán otros. Pero aun así frota sus muslos entre sí, serpenteando la cadera una y otra vez; caderas y muslos que, con furtivas miradas, no pasan desapercibidos para nadie.

Labios de carmínDonde viven las historias. Descúbrelo ahora