Capítulo 12

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Era una tarde fría y llena de viento, como si el clima de la noche se estuviera adelantando al de la tarde. Sin embargo, de repente, empezó a hacer muchísimo calor, un calor árido e insufrible que asfixiaba y que, curiosamente, avanzaba. Se notaba en el viento que, si se era observador, podía verse cómo iba por la calle que se encuentra a la derecha de la iglesia del pueblo y, una calle adentro, giraba hacia la izquierda. Había una sastrería, la única en esas calles llenas de diversos negocios. Dentro, había un hombre bajito y regordete que tenía un semblante ensombrecido por el mal genio y surcado por arrugas de constante preocupación. Estaba reclinado sobre el mostrador donde había una pequeña libreta llena de símbolos extrañamente ordenados, aparentemente, estaba haciendo cuentas. Pareciera como que de pronto sintió demasiado calor, porque se levantó y se quitó la chamarra que hacía unos minutos acababa de ponerse, se quitó el sudor de la frente con el dorso de la mano y volvió a su libreta con el ceño fruncido y murmurando maldiciones contra el clima. Levantó un poco la cabeza y vio una mano muy conocida recargada en el mostrador.

-¡Villanueva! ¿No te había dicho ya que te alejaras o te mataría?- El hombre presentaba un rostro redondo y muy arrugado, ahora más que estaba molesto ante una mano conocida perteneciente a un bulto desconocido cubierto con un largo abrigo obscuro de manera que la capucha le tapaba el rostro de la luz y no se le podía ver.

-Creo que vuestra excelencia tiene algunas deudas. He venido a cobrarlas. ¿No me haréis pasar?

El hombre estaba completamente pasmado, si recordaba bien a Villanueva, no era el que tenía enfrente, sin embargo era su mano la que había visto, estaba seguro. Todo el mundo recarga sus manos en el mostrador y cuando uno está recargado en él viendo cuentas, las manos son lo primero que se ve. Ahora bien, venía a cobrar unas deudas. ¿A qué se refería?

-¿No me haréis pasar?

-Ssí, sí señor, pase usted a lo fresco.

El hombre del abrigo entró lentamente hasta una de las esquinas más obscuras y abandonadas. Ahí se quitó la capucha y mostró sus ojos pequeños y secos que daban la apariencia de estar viejos y vacíos, parecían pertenecer a la crueldad. La temperatura subió notoriamente varios grados. El sastre empezó a sentirse muy nervioso. ¿Quién era este hombre de apariencia tan fiera y tan..., escalofriante?

-¿Quién es usted?

-Soy el encargado de cobrar las cuentas del señor Villanueva, por así decirlo. ¿No os habéis peleado a muerte alguna vez? ¿no os habéis dicho que os mataríais? Bien, he venido a cumplir su parte, al menos.

-¿Su parte? ¿La de ese desgraciado? Espere, por piedad. ¿No hay nada que pueda hacer para que cambie de idea? Si usted me deja escapar, le prometo que me iré lejos y Villanueva me creerá muerto. Es más, tengo familia en la ciudad vecina. Todo el mundo sabe que Villanueva nunca va por allá, no me encontrará.

-De acuerdo...

-¿Papá? Oh, disculpe señor.- Dijo un pequeño niño que aparentaba unos ocho o nueve años de edad. El hombre del abrigo lo miró profundamente.

-No, no, hijito, vete adentro. En un momento voy.

-Pero es que mamá necesita que le ayudes en...

-Ya, ya, ya voy. Dile que me espere tantito.- Dijo el sastre y sacó a su hijo de la habitación.

-Tenéis familia. Aquí. Eso debisteis decirlo, no debe tratar de engañarme. Haremos algo. Me daréis el rostro de vuestro hijo y yo, los sacaré hasta la ciudad vecina. De otro modo, usted podrá salir, pero sin vuestra familia. Ella se quedaría aquí, conmigo, hasta asegurarme de que estáis lejos.

-No le dejaría a mi familia ni medio minuto al asesino de VIllanueva.

-Entonces deme el rostro de suhijo y todos podrán huir.

-¿Su rostro? No...

-Decidid.

-Ahora vuelvo.

El sastre habló con su familia, no fue mucho y terminaron con un hondo silencio. Cuando reapareció, entró con su hijo tomado por los hombros. Una sombra cubrió su cuerpo entero y partió. No volvieron a ver al señor del abrigo, sólo se abrió un túnel en el suelo. Todo estaba obscuro. No se habían dado cuenta de que ya había anochecido. El sastre cerró el negocio, empacaron en la más profunda obscuridad y el más triste silencio. Caminaron toda la noche y, al amanecer, descubrieron que el túnel los enviaba a Almasi, la ciudad vecina. Se prometieron no volver a salir de ahí ni mucho menos volver a Aracena. La madre pegó un grito espantoso y entonces, a la luz de la aurora, vieron el rostro ensangrentado y vacío de su hijo.

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