Capítulo 11

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Al llegar a su casa se dio cuenta de que ya era tarde y que la servidumbre no estaba a la vista, ni modo, no habrá con quien desahogarse, pensó. Ya empezaba a obscurecer y el viento ya estaba soplando violentamente amenazando con otra fría y terrible noche de sed y de frío. Villanueva subió a sus habitaciones y se metió en la cama. Estaba cansado y, a decir verdad, un poco afónico. Estaba molesto y no hallaba con qué desahogar ese sentimiento de impotencia que lo agobiaba, si tan sólo pudiera deshacerse de Almasi... pero no, había visto la manera, pero había visto también que era terrible. Ahora bien, ¿qué mas daba una ciudad llena de gente pobre que nada hacía con sus vidas y que a nadie más le importaba que a los mismos de la ciudad? Era un precio razonable por el triunfo, una pequeña ciudad estorbosa e inútil. ¿Y el precio? Por eso no se preocupaba, estaba seguro de que jamás tendría que pagarlo, sencillamente no estaba en sus planes y una vez que el trato se cerrara, no podría reclamarse nada, no habría vuelta atrás. En eso recordó que tenía que revisar unas cosas del trabajo así que se dirigió a su despacho. Se puso de pie perezosamente y empezó a caminar lentamente, no era algo divertido, ni emocionante, era sólo papeleo y cosas aburridas que debía revisar, de modo que no tenía ninguna prisa por llegar al despacho.

Nada en esa fría noche le advirtió, nadie estaba para prevenirlo, de manera que se acercó lenta pero decididamente hacia su fatal destino, hacia aquel trato que hacemos con la vida, un pacto irreparable e inmutable en que le decimos las peores tonterías, nos contesta con razones, y aceptamos la eterna infelicidad por nosotros firmada.

Villanueva empezó a sentir calor, así que se quitó el saco y lo aventó al primer lugar que se le ocurrió. Al fin llegó al despacho, lo abrió y entró. Todo estaba obscuro, así que se acercó al interruptor e iba a accionarlo, pero, de repente, sintió un olor ácido y desagradable, como si hubiera algo podrido. Encendió la luz, pero no encontró nada. Rodeó su escritorio y se iba a sentar en su silla cuando alcanzó a ver unos pelos extraños en ella y al voltear a ver bien, lo encontró. Estaba ahí sentado frente a él con una verdadera expresión de placer.

-¡Sogblé!- Otra vez lo había sorprendido cuando no lo esperaba ni por error.

-Entonces, ¿ya estáis dispuesto a darme lo que os pido por matar al sastrecillo?

-Mi mano...

-Exactamente.

-¿Y por qué no lo matas primero? Después te daré lo que pidas.- Sogblé esbozó una espantosa sonrisa- quiero decir, lo que pides- rectificó Villanueva. La idea de darle tanto poder de decisión lo asustaba.

-Porque... Primero quiero cerrar el trato, y luego quiero vuestra mano para que sea más...

-¿Fácil?

-Divertido. No estoy dispuesto a hacer nada mientras no me paguéis. A veces pido el pago antes, a veces después, pero siempre pido que sea puntual.- En ese momento la mirada de Sogblé se volvió fiera.

-Ya veo, eres un experto en esto. Bien. ¿Y cómo te la llevarás?

-¿Aceptáis, entonces?

-Sí, pero ¿cómo...? ¡Ah! ¿Qué ha...?- Sogblé se había lanzado hacia la mano izquierda de Villanueva que por cierto le dolía muchísimo por el ataque de la vez anterior, sólo que en ésta, sí se la llevó. Villanueva se tomó la muñeca que le sangraba espantosamente y trató de detener el sangrado con su ropa.

-Hasta pronto.- Le dijo Sogblé antes de salir por la puerta como un perro al que le han dado su premio y arrastrándose por el piso, cosa que le extrañó a Villanueva pues la vez anterior había salido caminando por una de las esquinas de la habitación.

Debe ser por diversión, pensó. Lo malo es que estaba embarrando con la sangre que le había quitado, todo el corredor mientras él manchaba su ropa y su despacho. Pero lo que ahora ocupaba su mente era que si Sogblé realmente cumplía lo que había prometido, tal vez realmente pudiera deshacerse de Almasi. ¿Podría Sogblé deshacerse de toda una ciudad? Ese fue su último pensamiento antes de desmayarse.

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