ATANEA: XXVIII

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Capítulo 28: Una vida que jamás había imaginado.

Estaba sentaba frente a un ostentoso tocador. No tenía ninguna de mis extremidades libres, ni tampoco la cara, ni menos el cabello. Estaba con seis mujeres que me arreglaban cada defecto de mi exterior.

Mi habitación era tan lujosa como toda la mansión. La habitación de mi hogar cabía cinco veces en mi habitación de Atanea. Pero no solo estaba sorprendida por el porte, o por las delicadas terminaciones, ni tampoco por la gigante y cómoda cama, lo que más me sorprendió es que todo estaba armado y decorado especialmente para mí.

La cabecera de la cama tenía unas lindas letras rosa que formaban "Princesa Claire". La guarda del papel mural era de caballos en un campo, muy parecido al campo en el cual cabalgaba con mi mamá en los veranos. Del techo caían diminutas estrellas doradas (mi color favorito). En el enorme closet que estaba tras una puerta corrediza, había todo tipo de ropa y accesorios, todo era de mi talla.

Pero sin duda, lo que más me sorprendió por lejos, fue que en una de las paredes había tres marcos con fotos de mi familia. No sé cómo las habían conseguido, pero se me apretujó el corazón al verlas.

Allí estaba; entre manicure, pedicura, peinado, maquillaje, depilación y masajes. Ya no era la princesa que estaba corriendo por su vida, ya era una princesa normal. Y no me gustaba.

En todos mis años, jamás imaginé que mi vida se podría transformar en esto; una delicada princesa.

Estaba callada sin decir ni un reclamo, por el hecho que estaba en la casa de mis abuelos, y estaba recién llegada. No quería parecer una niñita malcriada.

Me limité a cerrar los ojos y pensar en mi familia. Así quizás el tiempo se pasaría más rápido. Pensé que si Theo presenciaba aquello, seguro se reiría de mi toda la semana.

―No la maquillen tanto, es hermosa al natural ―ordenó una voz que entraba a la habitación.

Era la reina Eloise, mi abuela. Le sonreí a través del espejo agradeciendo sus palabras y su ayuda para no terminar como un payaso.

―Querida mía, si necesitas algo, o quieres hacer un requerimiento especial, solo tienes que pedirlo ―ofreció con ojos bondadosos acercándose al tocador―. Este lugar es tan tuyo como mío, y todos estamos pendientes y preocupados por ti.

―Gracias... ―titubeé un momento. No sabía cómo llamarla, ¿Abuela? ¿Reina? ¿Eloise? En esos momentos sentía un aguijón en mi estómago por extrañar a mi mamá. Con ella todo seria más fácil y natural―. Todo lo que hacen es más que suficiente, podría haber hecho todo esto sola, sin tener que molestar ―sonreí agradecida.

―Oh, no, por favor. Has pasado un infierno desde que separaste de tus padres. Ahora quiero que descanses y vivas en paz ―respondió haciendo una mueca.

―Te pareces mucho a mi mamá ―comenté con un nudo en la garganta que rápidamente mandé de vuelta al estómago para evitar llorar frente a todas.

Pero a la reina Eloise no le importó quebrarse ahí mismo. Dos grandes lágrimas rodaron por sus mejillas mientras me sonreía con melancolía.

―Tu eres mucho más bonita que nosotras dos juntas ―comentó acariciándome el pelo, las sirvientas le hicieron espacio―. No sabes cuánto la extraño... Te prometo que estamos haciendo todo lo posible para que la veamos pronto.

―Lo sé ―contesté intentando contenerla. Lo último que quería era hacerla llorar.

―Claire, ¿te puedo pedir un favor? ―preguntó tomándome la mano. Asentí un poco confusa, no me imaginaba qué favor podría hacerle yo a ella―. ¿Podrías llamarme abuela?  He soñado que me llames así desde que te fuiste cuando eras una bebé.

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