Sangre latina

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Daniel estaba desesperado, como siempre.

-Suficiente, son 8 pisos, puedo irme por las escaleras.

Ari rió.

-Llegaremos antes.

-¿Quieres apostar? -preguntó Daniel con las cejas levantadas.

Kim puso los ojos en blanco.

-Ya empezó -le susurró a Ethan.

Ari negó con la cabeza, conforme el viaje avanzara, se enteraría de lo aficionado que era Daniel a las apuestas y retos, todo era personal con él.

Bajaron con calma y pasearon por el hotel sin acabar de recorrerlo por completo. Descubrieron que tenía muchos más restaurantes de los que habían visto al llegar, 12 en total contando la barra de bebidas entre las dos albercas enormes y dos puestos de snacks para los hambrientos de la tarde.

Llevaban 15 minutos caminando y Daniel empezó a quejarse.

-Tengo hambre, deberíamos comer algo.

Al principio ninguno de los tres le hizo caso, pero después de repetidas quejas e insinuaciones aceptaron ir al restaurante italiano que les quedaba cerca.

Ya que el dueño del hotel era el padrino de Ethan, ellos tenían ventajas como trabajadores que otros no. En vez de poder comer solo dos veces al día dentro del hotel en una zona solo para el servicio para no incomodar a los clientes, ellos tenían el derecho de comer donde quisieran cuando quisieran, por eso les habían puesto un molesto brazalete verde al llegar.

-Verde, el color que menos puedo combinar -dijo Kim, como por tercera vez.

-Mínimo no es naranja fosforescente -contestó Ari.

-Tienes razón, pero aún así no me gusta.

-Ahora entiendes lo que es ver el verde en tus ojos todos los días -dijo Daniel, burlón.

-¿Qué nunca te callas? -le preguntó Kim.

-No, deberías saberlo ya que me conoces tan bien -respondió.

Kim le sacó la lengua y solo no continuaron con la discusión porque habían llegado sus pizzas y pastas. Ninguno hablo demasiado mientras comían, al parecer todos tenían bastante hambre.

-¿Qué te dijo Martin del spa? -le preguntó Kim a Ethan.

-Privilegios de buenos trabajadores, una vez al mes o algo así, no quise presionar -contestó Ethan.

-¿Podremos ir al spa? Te voy a matar por no decirme antes de tu padrino rico -dijo Daniel repitiendo lo del padrino.

Ethan rió.

-No abusaré de su confianza... aún.

Los cuatro rieron y no dijeron más, pidieron postres y bebidas y comieron como ricos.

-Si como así todos los días moriré de gorda -declaró Ari.

-¿Es posible que engordes más? -preguntó Daniel fingiendo sorpresa.

El maldito era buen actor, pero sus frases eran falsas. Ari no era una chica súper delgada pero tampoco estaba gorda. Era una chica con pechas grandes y figura curvada, siempre había peleado con su cuerpo en el gimnasio para quitarles grasa a su cintura o caderas pero con el tiempo aprendió que así era su complexión y le encantaba tal y como era, siempre atrayendo miradas de hombres cuando llevaba escote. Sin embargo, este último año había descuidado todo y casi no comía, la depresión la arrastraba tan bajo que sus pechos se habían encogido y casi no tenía curvas. Estaba decepcionada de ella misma y por eso ese viaje se había prometido cuidarse a si misma y convertirse en la persona que siempre había querido ser.

La locura no entiende de amor y razones¡Lee esta historia GRATIS!