El sueño mortal

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Humor Absurdo 

Esa mañana Mónica Muchosueño tardó en levantarse mucho más que de costumbre. Hacía días que sentía el cansancio acumulado, pero nunca imaginó que en su interior se estaba gestando un nuevo virus que se conocería como «el sueño mortal».   

Con gran esfuerzo fue al trabajo. Sus ojos apenas podían mantenerse abiertos pues la somnolencia avanzaba más y más.  Para la hora del almuerzo, no pudo contenerse y exteriorizó un enorme bostezo. Pero antes de que Mónica Muchosueño cayera en un estado de modorra irreversible, logró contagiar  el flagelo adormecedor a uno de sus compañeros a través de aquel bostezo sintomático. 

Benito Muycurioso, que siempre estaba enfocado en cuestiones ajenas, vió a Mónica Muchosueño bostezar y de inmediato se contagió el mal del sueño. Demoró pocos minutos en caer dormido, bostezando también y contagiando a otros de sus compañeros. 

Así empezó la cadena. 

El sueño mortal se fue esparciendo a todos los habitantes de la ciudad. Incluso afectó a los invidentes,  porque el virus era infalible y bastaba con que un individuo infectado bostezara junto a una persona sana para contagiarla. No importaba el grado de resistencia.  Aún el más fuerte, tarde o temprano sucumbía y era arrastrado a esa muerte onírica. 

Desde la ciudad, el flagelo se extendió a la provincia, al país, al continente y al mundo entero con rapidez (esto fue posible gracias al Internet y  la difusión del bostezo en las redes sociales)
Más tarde, el virus mutó afectando a otros animales distintos al homo sapiens convirtiéndolos en víctimas del sueño mortífero. 

En cuestión de meses, excepto por las plantas, el planeta tierra carecía de otros seres vivos. Era sin duda el fin del mundo conocido. Si se exceptúa a Aníbal Avi Nagrado quién seguía con vida porque había permanecido aislado de la civilización en un búnker construido en una isla desértica porque era muy huraño. 

Claro que esto fue hasta que a Aníbal Avi Nagrado le subió el síndrome de empatía de manera imprevista y decidió que era hora de salir del búnker y activar el radio para que lo fueran a rescatar. Un eco extraviado de un bostezo fantasmagórico se filtró en la frecuencia acabando así con su mísera existencia.

¡Ah los precios de la sociabilidad!

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