El príncipe enjaulado

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 Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, en un país muy lejano, vivía un joven y apuesto rey amado por su pueblo.

El hombre gastaba la mayor parte de su tiempo libre en obtener objetos valiosos para su colección, así como el favor de las damas de la corte y el pueblo. Toda muchacha atractiva a sus ojos había pasado alguna vez por su alcoba; Pero, aun con todas sus necesidades y deseos cumplidos, el joven monarca sentía que le faltaba algo, pues, para él una cosa estaba clara:

— Todas las mujeres se acercan a mí por mi posición y apariencia – se decía -. Necesito a una que me ame de verdad.

Y así fue como el joven rey cedió sus deberes a la consejera real y emprendió un viaje en busca de la que sería su amor verdadero.

Viajó a pie y a caballo. De día y de noche. Entre plebeyos y nobles. Pero no halló a ninguna chica que cumpliera sus expectativas. Así pues, tomó la decisión de cruzar el mar y explorar nuevos territorios con tal de cumplir su empresa.

Tras largos meses de viaje, el rey se había visto obligado a vender su caballo, prendas y joyas a cambio de comida. Ahora vestía con poco menos que harapos y pisaba el suelo con pies descalzos.

Un día, cuando parecía ya a punto de perder toda esperanza, se topó con una pequeña cabaña a las afueras de un pueblo, en la linde del bosque. La chimenea no humeaba, pero a su lado había un huerto cultivado y toda la casita se hallaba rodeada de bonitas flores, por lo que no había manera de que estuviera deshabitada.

El hombre estaba cansado y hambriento, su pies estaban fríos y doloridos y su olor corporal no distaba mucho del de la bosta. En el pueblo había intentado pedir un techo donde pasar la noche, pero debido a su aspecto y al carecer de dinero todos se habían negado. Así pues, antes de resignarse a buscar un lugar donde dormir al intemperie, decidió probar suerte una última vez y llamar a la puerta de aquella cabaña.

Pero la puerta no se abrió, ni hubo respuesta al otro lado.

Sin embargo, tras un par de intentos fallidos más, cuando el hombre decidió girarse para volver sobre sus pasos, se topó cara a cara con una mujer de piel oscura, ojos grises como la luna y cabellos trenzados de azabache. La joven sostenía entre sus brazos un montón de leña y miraba al rey de manera expectante, con una ceja arqueada, esperando a que el hombre hablara.

— Permítame ayudarla – dijo el hombre intentando coger la leña; Pero la muchacha se giró y negó con la cabeza.

- No se ofenda buen señor, pero salta la vista que si uno de los dos precisa aquí de ayuda ese sois vos.

Las mejillas del rey enrojecieron de repente. En verdad la joven tenía razón, y de pronto se sintió abochornado y algo dolido, como si le hubieran apuñalado el orgullo.

— Tenéis razón, mi señora – confesó -. He viajado durante tanto tiempo que he tenido que vender mis pertenencias a cambio de comida. Ahora no tengo nada, y nada puedo ofrecer, pero esperaba encontrar a alguien que me permitiera pasar la noche bajo techo.

La mujer reflexionó durante unos segundos mientras miraba los pies del monarca.

— Si eso es todo cuanto necesitáis podéis dormir en mi cabaña – dijo ella -. No tengo más cama que una, pero la alfombra es realmente cálida y suave. Hay agua limpia para beber y asearos y comida humilde pero saciante.

El hombre sonrió y agradeció a la mujer que le hiciera un hueco en su hogar.

Tal y como había prometido la muchacha, el rey pudo bañarse, comer y descansar. Pasó la noche en la alfombra cubierto con una vieja manta, pero por increíble que pudiera parecer en ese momento se le antojó más cómoda y cálida que el mejor de los lechos.

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