Introducción

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Todos sabemos que con nuestro hablar podemos consolar a quien sufre o hacer un mimo a la persona amada, pero también podemos lastimar y hacer mucho daño.

Porque el lenguaje no es inocente.

Para empezar, al hablar creamos realidades para nosotros y para los demás. Por ejemplo, con solo decir

—¡Mañana paso por tu casa a las 10!

Ya estamos creando un mundo nuevo donde el compromiso de encontrarnos con alguien es una variable que abre y cierra posibilidades. Es importante reconocer que estas nuevas posibilidades se abren o cierran desde el mismo momento en que se hizo el anuncio y que, además, se abren o cierran de una forma totalmente independiente a que la reunión de concrete efectivamente.

Por otra parte, es evidente que, si se concreta o no dicha reunión abrirá nuevos mundos de posibilidades, pero por ahora, es importante señalar el hecho de que con sólo decir

—¡Mañana paso por tu casa a las 10!

estamos creando posibilidades para que nuevos mundos existan. ¡Piénsenlo!

Y es que a veces, decimos las "cosas sin pensar", lo cual es una forma común de decir que lo hemos hecho sin prestar atención, sin tomarnos en serio lo que decíamos o simplemente, lo hemos dicho de forma irresponsable.

Aquí hay un signo de atención al que deberíamos prestar atención. Olvidamos la responsabilidad que deberíamos tener al decir las cosas. No es válido decir algo lastimando, que hiere a quien nos escucha y luego querer remendar el daño con un:

—¡Lo siento! No me di cuenta.

¿No me di cuenta? ¿En serio? Pedir perdón es casi obligado a veces, pero ¿porque convertimos en obligación del otro el perdonarnos?

Y no solo debemos responsabilizarnos, pero de verdad, de lo que decimos, sino que también debemos hacerlo de lo que callamos. Porque lo que callamos, a veces, es tan importante como lo que expresamos.

Y también deberíamos responsabilizarnos de la forma en que decimos las cosas porque, muchas veces, la forma y no el contenido es lo que lastima o consuela.

¡Es que hablar es tan fácil!, el conversar nos parece tan natural, que no nos impone la sensación de que hubiera que prestarle atención a una tarea tan cotidiana y común.

Además, dado que no tenemos memoria de lo que nos ha costado aprender a hablar,

suponemos que lo hemos hecho con facilidad, suponemos que es algo que todos sabemos hacer y que, además, suponemos que lo hacemos relativamente bien.

Parecen muchas suposiciones ¿verdad?

En realidad, conversamos porque podemos y, lamentablemente, conversamos como podemos. Porque no tenemos un estándar para valorar conversaciones.

Podríamos decir que el estándar básico es poder comunicarnos con nuestros semejantes y, si ese cometido se cumple, habrá sucedido una "conversación". Podremos discutir sobre si fue simple y fluida, pero si dos personas se han comunicado, la conversación, de alguna manera, ha tenido lugar.

Convengamos que es un baremo pobre y sin ambición.

Deberíamos poder mejorarlo, y no estoy hablando de elevar el estándar hasta convertirnos en "oradores profesionales" porque, por más deseable que sea esto, no podemos garantizar que fortalezca nuestra capacidad de conversar.

La conversación implica bidireccionalidad, códigos en común y reconocer realidades implícitas. La conversación nos compromete a comprender lo que el otro dice y actuar en consecuencia.

Por ejemplo, si nos alejamos de nuestra zona geográfica de influencia, la conversación seguirá existiendo, pero a medida que la distancia aumenta, deberemos conversar de forma cada vez más neutra si buscamos una comunicación más eficaz, evitando códigos y modismo de nuestra zona o cultura.

Porque la fluidez de la conversación no solo se mide en el conocimiento del idioma que usemos para mantenerla. La historia cultural, geográfica, etc. influyen de manera ciertamente destacada.

Es por todo esto que deberíamos tomarnos el hablar y la conversación, como algo serio.

Podemos señalar que la conversación es la gran olvidada de las habilidades humanas sujetas a entrenamiento y aprendizaje y deberíamos empeñarnos en solucionar esto.

Porque, por ejemplo,

todos aprendimos a caminar de pequeños de forma natural, como el hablar, pero las modelos entrenan el caminar cuando quieren hacerlo de una forma específica, en función de lo que quieren conseguir, en función del objetivo. todos aprendimos a correr de forma natural, pero los corredores entrenan para correr de determinadas maneras... en función del objetivo. todos aprendimos a respirar de forma natural, pero los yoguis, los deportistas, etc. entrenan el respirar para hacerlo de una determinada manera... en función del objetivo.

Me gusta pensar que, si todos nos planteáramos el objetivo de comunicarnos mejor con el prójimo, de conversar mejor en nuestra vida diaria, en nuestro trabajo, con nuestras parejas, etc. veríamos en ello el estímulo necesario para entrenar el hablar.

Este libro es un intento por dar el primer paso. Porque conversar no es tarea fácil, pero se puede entrenar y aprender a hacerlo mejor.

Y el primer paso, para mí, es aprender a no caer en las trampas del lenguaje.

¡Bienvenidos!

He convertido cada capitulo de este libro en un vídeo para Youtube. Si quieres verlo, podrás haciendo click en el enlace externo. 

Las trampas del lenguajeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora