CAPITULO 13

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—Vámonos —dice Aura, que es en realidad quien lleva el peso de las negociaciones -si llega a haberlas- y el compás en todo esto.

Salgo del despacho del abogado más preocupada de lo que he entrado. Tengo que ordenar toda esa información porque:

1) Gabriel está casado con -pongámosle así, sin ninguna razón en especial y todo parecido con la mitología griega es mera coincidencia- Medusa y ahora resulta que no lo está porque se casó conmigo.

2) Tiene un asunto personal y secreto que tratar con el abogado.

Mientras Emma defiende a capa y espada que Alberto es decente y Aura dice que no lo sabemos, leo el correo en el móvil y me doy cuenta de que una de mis fuentes en la revista ha logrado un hueco para entrevistar a Ignacio Díaz de Sarralde.

Esto sí son buenas noticias por fin. Le envío un mensaje a Kike para que se coja un vuelo a Nueva York cuanto antes. De la entrevista puedo encargarme yo perfectamente, no hay necesidad de hacer venir a nadie más.

No hay manera de poder evitar a Emma diciéndole que no tengo hambre aún, porque terminamos sentadas en un restaurante donde sirven hamburguesas.

—Unas patatas fritas te sentarán bien —dice, completamente obcecada en ello.

—Estoy a dieta rigurosa, tomaré zumo de tomate. ¿En qué estás pensando, Aura?

No ha abierto la boca desde que salimos del ascensor del despacho de abogados.

—En que hay algo que deberías hacer, pero no quiero que sea contraproducente, si no crees estar preparada, di que no.

Me está asustando. Cuando piensa a lo grande en plan abogada del diablo, a veces me asusta. No se corta y se enciende un cigarrillo. Pese a que estamos en una terraza, no sé si se puede fumar, pero en este tema es un poco como Torrente, sí, el de las películas.

—Suéltalo —la animo, preocupada ante tanta retórica.

—Ve a ver a Gabriel. Averigua qué coño está pasando y dile que quieres un divorcio limpio ipso facto. Tomar la iniciativa es bueno, que vea que no tienes miedo.

Esto se dice rápido.

—No tengo miedo —aseguro, pero es mentira.

Claro que tengo miedo, uno muy real. Temo seguir temblando ante su presencia, que mi mundo tiemble de nuevo por ese cafre y gilipollas. Temo no haberle olvidado y seguir enamorada de él y a su merced.

—¿Ni un poquito? —pregunta Emma a punto de engullir una enorme hamburguesa con queso.

—A ver, ¿qué podría ser lo peor que me pasara? Podría seguir atrayéndome, vale, pero no hasta tal punto de que me desnude ante su presencia, que tengo autocontrol. Por su parte, quedó claro que no sentía nada por mí, así que no será recíproco así que, nada.

—Puede que te desestabilices emocionalmente —propone Emma.

Esos programas de autoayuda son una gilipollez, me sale con términos muy raros.

—Que no. Pensáis que no es así, pero yo quiero a Gerard, lo digo muy en serio —intento convencerlas—. No todos los amores son tormentosos o empalagosos, no todos tienen grandes gestas. A veces una solo necesita que estén ahí, que la cojan de la mano por la calle o que la abracen mientras ve La vida es bella y come ruffles Jamón Jamón y aún así la besa con ese aliento tan malo que dejan.

Un silencio se apodera de la mesa, no es muy largo, pero puedo ver en los ojos de mis dos amigas esa medio tristeza y alegría cuando escuchas algo bonito. Pero quién tiene ganas de llorar soy yo, porque es verdad que Gerard me adora, me coge de la mano por la calle y me abraza en el sofá cuando vemos alguna película, pero esto último de las Ruffles no era con él, y no me he dado cuenta hasta que ya lo había dicho.

—Entonces ve, pero cualquier cosa llama y vendremos a socorrerte. De todas formas,  iré preparando una ruta para ir de compras —sentencia Aura.

—Espero que mi ropa haya llegado, porque me estoy quedando sin bragas. Voy a usar el servicio de lavandería del hotel hoy mismo.

—Es verdad, Emma, ¿cuánta ropa exactamente tiene que venir?

Me mira despreocupadamente y alza los hombros, dando un sorbo a su Coca-cola light.

—No tengo ni la menor idea, pero cuando llega, suele ser bastante. Oye, ¿me hacéis una foto delante de Tiffany's? Ya sé que voy muy sobria, pero quiero emular a Audrey Hepburn en la película de los diamantes, me he traído hasta la corona y las gafas de sol —dice, casando de su bolso negro ambas cosas.

Al menos alguien disfrutará en este viaje, porque me da a mí que ni Aura ni yo respiraremos tranquilas hasta tener el divorcio solucionado.

—Oye, ¿cuántos seguidores tienes en Instagram? Por curiosidad —pregunto, porque como yo no tengo, no sé muy bien como funciona.

—Dos millones de seguidores —dice como quién anuncia que va al cajero a sacar dinero.

Bueno, la gente dice ir a comprar el pan, pero yo evito los carbohidratos en la medida de lo posible.

—No está mal —musita Aura, mirándola con admiración—. Si no me encantase mi trabajo, me lo plantearía.

—Aura cielo, —dice Emma, poniendo cara de circunstancias— creo que trabajas demasiado. ¿Te ha salido algún herpes?

—No. ¿Tengo un herpes en la cara? —pregunta horrorizada.

—¡No! Emma está preocupada por ti, nada más. Ya la conoces, solo cree en las relaciones convencionales, eso de los esclavos no lo termina de pillar —explico antes de que el caos se desate.

—Lo cierto es que no deberíamos hablar de esclavitud en Estados Unidos, y menos emplear ese término con ligereza. A no ser que seas negro —murmura Emma en voz baja.

—Cariño, aquí todo el mundo habla inglés, no creo que nos entiendan —la tranquilizo.

¿Cómo ha podido derivar tanto esta conversación? Termino desistiendo y pidiendo un plato de patatas fritas, a la mierda la dieta, a la mierda Gabriel y a la mierda todo.

¿Cómo ha podido derivar tanto esta conversación? Termino desistiendo y pidiendo un plato de patatas fritas, a la mierda la dieta, a la mierda Gabriel y a la mierda todo

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