Parte 8: Candy

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El sol se estaba poniendo, Candy jadeaba, su frente chorreaba de sudor, al igual que el resto de su cuerpo, que oscilaba mecido por el vaivén que le imprimía Kevin. Candy usó de nuevo la fusta y le azotó. Aquel caballo color rojo alazán arrancó a galope tendido. Allá a lo lejos se podía ver el cortijo donde se albergaban los boxes, continuó azotando a Kevin. El purasangre inglés parecía volar levantando una inmensa polvareda que se elevaba del terreno reseco. El galope tendido era una de las mejor sensaciones que se podía experimentar. Candy sentía como pasaba de estar rebotando sobre la silla a encontrarse hecha una con el caballo, sintiendo como si planeara sobre una rápida ola de tierra. Los boxes estaban cerca, dejó de usar la fusta y el caballo aminoró la marcha. Se aproximaron al abrevadero y Kevin comenzó a beber, mientras Candy, con sus delicadas manos blancas, tiraba de las cinchas de la silla de montar. En sus manos destacaban sus uñas afiladas y bien cuidadas pero sin color alguno, solo las trataba a diario con el mejor endurecedor de uñas del mercado. Su trabajo con bestias sometía a sus manos a un fuerte estrés. En un gesto repetido mil veces, deslizó la silla de montar desde el lomo el caballo hasta su hombro, estaba caliente y olía a sudor y grasa de caballo. Dio unos pasos rápidos cargando con la silla, a pesar de estatura media y su figura estilizada de amazona, desarrollaba una gran fuerza. Empujó la puerta del guadarnés, se trataba de un cuartucho desvencijado, nada que ver con las instalaciones del País de Gales en las que, desde pequeña, había aprendido el arte de la doma inglesa. Desde hacía dos años y medio esta era su nueva vida. A Inglaterra no podía volver y don Alfredo le había prometido apoyarla en todo. De momento se estaba portando bien, le había cedido aquel cortijo abandonado para reformarlo, junto a unos cuantos ejemplares de su yeguada y le había regalado a Kevin, ya que a pesar de que los caballos de don Alfredo eran estupendos ejemplares andaluces de su yeguada: "García del Alcázar", ella siempre echaba de menos a sus caballos ingleses. Se emocionó mucho cuando, el pasado catorce de febrero, en una de sus citas clandestinas, en aquel cuartucho, encontró al rudo don Alfredo con un ramo de flores en una mano y las riendas de Kevin en la otra. Recibir a Kevin en aquellas circunstancias significaba que ella era algo más que el capricho sexual de un rico terrateniente, significaba que tenía a don Alfredo donde ella quería: bien atado y disciplinado. La primera fase de su plan se había cumplido en tiempo record, ahora empezaría la diversión.

Soltó la silla de golpe sobre un caballete de madera, que chirrió un poco al recibir el peso. Volvió junto a Kevin y desenrolló una manguera verde para accionar después la llave de paso. El chorro de agua impactó contra el lomo del caballo, Candy empezó a recorrer toda la anatomía de aquel purasangre. Su figura esbelta y los músculos henchidos tras las dos horas de ejercicio eran un espectáculo en sí mismo, a Candy le encantaban los caballos enteros. No soportaba la práctica con caballos castrados, mansos por falta de hormonas. Los caballos enteros eran fuertes, indómitos, era todo un reto trabajar con ellos. Una mujer lo tenía aún más difícil, ya que los caballos son muy jerárquicos y machistas, eso la obligaba a emplearse a fondo con la fusta; cuanto más resistencia, mejor. Al final, hasta el más macho se doblegaba. Le entraban ganas de reír cuando escuchaba a gente hablar de la supuesta "doma natural" y el trabajo sin castigo... todas esas historias hippies no tenían eficacia práctica alguna, ella lo había comprobado: la disciplina inglesa era imbatible.



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