Capítulo #42: Adelantos dados por lentitudes

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Nunca había tocado un timbre con tanta insistencia en su vida. Recuperó parte del aliento perdido en la carrera de dos calles que acababa de hacer mientras esperó a que le abrieran.

—¿Koushi-kun? —Ni siquiera detalló la extrañeza en el rostro de la mujer antes de lanzarse a abrazarla—. ¿Qué pasó? ¿Dónde está Daichi?

—Perdón —sollozó. Había retenido las lágrimas por demasiado tiempo—. Perdóneme, Sawamura-san.

—¿Qué pasó con Daichi? —Colocó las manos a sus costados. Pensó que lo apartaría, pero solo las dejó ahí.

—Está camino al hospital.

—¡¿Hospital?! —Esa vez sí lo alejó por los hombros. Suga no fue capaz de darle la cara.

—Se sintió mal todo el día, pero lo negaba, por más que traté de convencerlo de irse. Al final lo reconoció antes de la última clase. Pedimos permiso para irnos antes, tomó algo para el mareo antes de venir, y cuando estábamos llegando... —Su voz se quebró.

—¿Cómo estaba? —Sintió presión donde sus dedos aún no lo soltaban.

—Se desmayó. Tuvo un ataque de tos muy fuerte. Hubo... hubo sangre.

—¡¿Sangre?! —Lo sacudió un poco—. ¡¿Cuánta?!

—No conté —murmuró, voz agudizada. Sabía que no era algo que pudiese cuantificar, pero su mente apenas guardaba coherencia—. Vine corriendo a avisarle en cuanto se lo llevaron.

—¿Y por qué te disculpabas? —Fue a buscar las llaves del auto. Él se quedó en la puerta.

—Por todo. —El nudo en la garganta le impedía elevar la voz—. Es mi culpa, ¿no? Debí obligarlo a ir al médico antes del mediodía. ¿Sabe que ni siquiera comió todo el almuerzo? También debió darme igual incomodarlo si eso lo iba a curar, en vez de confiar en que faltaba una semana y preparar una cita perfecta para mañana que ya no podrá ser —hablaba sin pausa gracias al nerviosismo.

—¿La salida de mañana era una cita? —Logró verle la cara cuando volvió con el llavero en manos. En ese preciso instante, lucía desilusionada—. Koushi-kun, ¿amas a Daichi?

—Eso creo. —Secó el llanto en sus mejillas. Otra vez perdió la capacidad de mirarla—. No hay problema con eso, ¿no?

Cada segundo en silencio amenazó con despedazar su corazón. Solo percibía las leves pisadas de los pies descalzos que se acercaban a él.

—Ninguno. —Para su sorpresa, fue la respuesta más tranquila de todas—. Eso quiere decir que aún hay esperanza. —Se puso las botas a un lado de la entrada—. Puedes dejar tu bolso aquí e ir conmigo.

—¿Puedo tomar agua primero?

—Es tu casa, Koushi-kun.

Suga decidió llevar su bolso, pues tuvo otra idea. Luego de servirse un vaso de agua, entró a la habitación de Daichi y guardó el libro de las flores con sus cosas. No desperdició más tiempo, se apresuró en ir al garaje y subir al auto ya encendido. Le indicó a qué hospital lo trasladaban y arrancó.

Del apuro —y segura preocupación—, olvidó encender la radio, por lo que el ruido de otros vehículos en el exterior era lo único que rellenaba el silencio incómodo entre ellos. ¿Cómo se le ocurría quedarse solo con la madre del chico al que había herido? De repente, todo se volvió pesado. El miedo oprimía su pecho, la preocupación nublaba su mente, la culpa anudaba su garganta.

Lo único nítido en su cabeza eran las imágenes de hacía pocos minutos. La palidez de una piel bronceada, las flores ensangrentadas que dejaron atrás. Aún podía oír el silbido en sus exhalaciones; sentir el temblor de sus extremidades, el frío pegajoso de la ligera capa de sudor. Recordaba su peso entre sus brazos, sus ojos casi cerrados, su boca manchada, la mano que nunca llegó a su destino y las palabras inconclusas. ¿Había querido decirle lo que creía?

Cuando las flores hablen por él¡Lee esta historia GRATIS!