3

216 22 28

—¿Sabés qué es lo terrible de enamorarte locamente? —preguntó sonriente.

No ¿Qué?

—¡Justamente eso! El locamente, amor y locura no deberían andar de la mano. —La risa le gorgojeaba de entre los labios tan lamentable.

—Nadie le puede decir a uno cómo debe amar. —Dije y recordé otra conversación.

Cierto cierto, cada uno ama como quiere, como tiene ganas, como le sale, y la verdad que a mí...se me da tan mal.

Habíamos manejado alrededor de cuarenta minutos hasta llegar al límite de Sauce Viejo, a unas cuadras se veía el río. Aquel día se había llenado de sorpresas, su presencia, su abrazo, su contacto, él había sido el hombro en el que yo había llorado.

Junté todo lo que era mío en esa casa, la ropa hecha un bollo en un bolsito de mano, me llevé lo justo y necesario, porque eso me había dicho y yo no había dudado de hacerlo, como si sus palabras llevaran aparejado un mensaje subliminal, algo que no dejaba a mi cerebro dudar. No pregunté a dónde íbamos, no pregunté qué iba a pasar conmigo, con la vida que ya tenía hecha.

Sólo me dejé llevar.

¿Sabés por qué? —cuestionó mirándome— Porque era un pendeja pelotuda, por eso.

Para cuando me bajé de ese auto ya había dado el primer paso al desastre que seríamos.

Boqueé asombrada viendo aquella casa que no era grande ni pequeña, que no era ostentosa, más bien discreta, pero para mí que sólo conocía aquella casa medio destartalada que habíamos tenido, era perfecta.

Me surgió una duda en el mismo instante en que lo vi sacar mi bolso del baúl del auto y abrir la pesada reja que daba al jardín. Quedé parada en la entrada como una boba, no sabiendo muy bien qué hacer, reaccionando por primera vez ¿Qué hacía yo ahí?

Iván que ya había desaparecido dentro de la casa volvió a salir haciéndome una seña para que entrara ¿Qué habrá pensado? Que era una tonta seguro. Tiré de un mechón de pelo rubio como por inercia, para hacerme reaccionar de una vez y obligarme a pasar con un permiso dicho en murmullo.

—Desde hoy esta es tu casa —dijo apenas pasé el umbral y me limpiaba los pies en esa alfombra que no sabía si era de paja, de arpillera o de lija misma por lo áspera que resultaba.

Su declaración me desconcertó.

¿Mía? ¿Sola?

—¿Yo sola acá? —Su expresión se suavizó enseguida, quizás había notado el pánico en mi voz. Una cosa era estar sola en el lugar que ya conocía, con los mismos vecinos, con las calles que ya me sabía, pero sola en un lugar desconocido no, ni loca, es más ¿De qué iba a vivir?

—Conmigo, esta es mi casa. —Sonrió mostrándome los dientes y las piernas se me hicieron gelatina.

Debería haberme sentido nerviosa por saber que iba a vivir con él, contrario a eso me había invadido el alivio, yo me sentía a salvo con él, ese sentimiento, esa sensación era lo peor que me podría haber pasado, era dependiente de él.

Lo malo era que no me molestaba serlo, porque él me gustaba, me gustaban sus ojos y cómo me miraban, me gustaba su boca y como me sonreía, me gustaba él.

Igual tardé en darme cuenta de que él me gustaba de esa forma, porque para mí su presencia estaba normalizada.

¿Nunca te preguntaste si te empezó a gustar como producto de esa normalización?

Anónimas¡Lee esta historia GRATIS!