Breve digresión: ¿divulgación?

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Me había planeado hace algunos años escribir algo sobre la filosofía del lenguaje (o lo que yo entendía de ella) y de algunas aplicaciones prácticas del Coaching Ontológico, de modo que todo el mundo pudiera entenderlo y sacar provecho de ello. Era un proyecto ambicioso, en primer lugar, porque no soy un experto.

«Me lo debo tomar como si fuera un artículo de divulgación» pensé. Y la idea me atrapó más todavía y ya no pude abandonarla.

Siempre me gustó el género «divulgación» si es que existe como tal.

El objeto parece ser explicar algo que se supone que sabes a alguien que se supone que no sabe de ese algo.

Durante la escritura del borrador aparecía en mi cabeza, una y otra vez, una frase que se le atribuye a Einstein, que dice,

—No entiendes realmente algo, a menos que seas capaz de explicárselo a tu abuela.

A poco que investigues te das cuenta de que esta frase no aparece en ninguna de sus biografías, con lo cual habría que preguntarse sinceramente sobre la veracidad de la autoría. Pero la frase y la idea que transmite ahí están.

Por otra parte, se le atribuye a otro físico, Lord Ernest Rutherford, la siguiente frase con el mismo trasfondo.

—Un presunto descubrimiento científico no tiene ningún mérito, a menos que pueda ser explicado a una camarera.

¿Perdón? ¿Esto es discriminatorio? ¿Es machista? ¿El amigo Lord Rutherford nunca vio una camarera universitaria? Evidentemente no.

Pero, nobleza obliga, debo volver a señalar que ninguno de sus biógrafos señala que Lord Rutherford haya mencionado la frase. En realidad, apuntan al matemático David Hilbert, que dijo haberle oído decir a otro viejo matemático francés, allá por agosto de 1900, la siguiente afirmación

—Una teoría matemática no está completa hasta que no se la puedes explicar a la primera persona que pase por la calle.

Como sea, esta idea, discriminatoria a veces, tiene dos componentes que podríamos separar así;

Primero: debes saber muy bien algo.

Segundo: debes poder explicárselo a alguien que no sepa nada del tema.

Volvamos al gran Albert Einstein por un momento.

Siempre se le echó en cara que no explicaba muy bien ni su propia teoría de la Relatividad. A lo que un día, cansado de la crítica, le pidió al criticón de turno algo así.

—¿Sabes cómo se fríe un huevo?

—Si, claro.

—¡Explícamelo! —y, cuando su interlocutor iba a comenzar a hacerlo, lo interrumpió diciéndole— Pero explícamelo como si yo no supiera, lo que es un huevo, ni el aceite, ni el fuego, ni una sartén...

Creo que la idea del género «divulgación» es justamente esa, poder explicar algo a alguien sin que este tenga todos los elementos y, que una versión de estos, sólo la necesaria, se vaya vislumbrando en el contenido mismo de la explicación.

Pero hay que ser conscientes de que al «vislumbrar una versión de los elementos» no se está exponiendo al elemento en sí, sino solo a una parte de él, tal vez y en el mejor de los casos, sólo su superficie... y esto será, por definición, incompleto y hará que perdamos rigor científico por el camino.

La cultura, la geografía, la historia, los códigos sociales y la vida misma, quizá, son el lienzo donde comenzar a bocetar la explicación.

Y, justamente, ese es el problema: geografías dispares, historias diversas, épocas distintas.

¿Cómo le explico a mi abuela el funcionamiento del teléfono móvil? ¿del wifi? ¿Internet?

¿O como le explico a mi hijo que viví en la época en que no existía el teléfono móvil ni el e-mail? ¿Qué demonios es un fax o un télex?

Al intentar escribir divulgación, ¿hay que dar por sentado que no todos los lectores entenderán lo que lean?

Intento convertir esta última pregunta en un reto, confiando en que, aunque haya abuelas (unas pocas) que no lo entiendan, habrá muchas otras que sí lo harán.

Así que voy a intentar explicarle a mi abuela, lo que sé de las trampas del lenguaje... aunque a veces sospecho que, si todavía viviera, ella podría explícame algunas cosas mejor que yo.


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