Capítulo 1| Encontrada

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Me metí en un callejón con la respiración agitada y me apoyé en la pared mientras cerraba los ojos con fuerza

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Me metí en un callejón con la respiración agitada y me apoyé en la pared mientras cerraba los ojos con fuerza. Mi sudadera negra estaba algo rota, tenía varias heridas en mis brazos y un rasgón en mi mejilla, además de la suciedad acumulada en mi vestimenta.

Alcé un poco la cabeza hacia la derecha-intentando que no se me viera el cuerpo con la pared-para ver si me seguían. La carretera por suerte, se encontraban vacía. La noche era oscura, solo las farolas conseguían iluminar las calles. Volví a mi posición inicial y cogí una bocanada de aire.

Llevaba días huyendo. Y todo comenzó con un estúpido error.

Me encontraba en clase haciendo uno de los exámenes finales del trimestre. Todo bien hasta que la profesora-la cual me tenía rencor por mi inteligencia superior a la suya en matemáticas-comenzó a inventarse la historia de que yo me estaba copiando. Al echarme de clase, me enfurecí bastante, al nivel, que conseguí romper los cristales de las ventanas que habían en los pasillos del instituto. Yo ya sospechaba de que algo extraño me estaba ocurriendo. Había veces que inconscientemente movía las cosas sin tocarlas. Y en un par de ocasiones, rompí un poco de mi ventana tras discutir con mi tía.

Pero eso me pasaba cuando me encontraba sola. En ese caso, las cámaras del centro, lo estaban grabando todo.

Y entonces, tuve que huir.

Tenía miedo de que me tomaran como un monstruo. Estuve tres días deambulando por las calles de Brooklyn. Tres días, comiendo algo de galletas y pan con el dinero que tenía guardado. Y mi escapada, más que nada, comenzó de una manera decepcionante.

Estaba en mi habitación intentando distraerme leyendo un libro. Tras lo que había ocurrido en el pasillo del instituto, salí de inmediato de ahí y regresé a mi casa. Sin más, tuve que confesarle todo a mi tía Anne. Al principio no me creyó, de hecho le pareció extraño. Hasta que le enseñé lo que podía hacer. Pensé en el vaso que tenía sujetada y lo imaginé levitando. Segundos después, ocurrió de verdad, y mi tía Anne, se quedó boquiabierta.

Por suerte no hubo problemas. Ella prometió mantenerlo en secreto. Y yo la creía. Al fin y al cabo, ella me crió desde la muerte de mis padres y desde siempre me cuidó.

Esa era mi expectativa. Hasta que ocurrió la realidad.

Minutos después de que dejara de leer para ir a darme una ducha, oí el timbre sonar. Me acerqué a las escaleras para ver quién era.

-Hola, ¿Usted es Anne Adams?-preguntó con voz ronca.

Eran dos hombres, ambos vestidos con ropa negra al estilo de soldados, y estaban armados. Aquello me asustó porque temí por mi tía. Iba a bajar las escaleras para preguntar sobre el tema, hasta que algo me lo impidió.

-Somos de la organización CDI que forma parte del gobierno. Venimos tras su llamada, para llevarnos a su sobrina Reese Haynes, al ser una inefable.

Mi corazón dio un vuelco.

Mi tía tragó saliva con nerviosismo y asintió en silencio.

Y sin más que pensarlo, subí las escaleras a toda prisa, cogí algo de dinero y salí corriendo completamente asustada y decepcionada, por la segunda puerta que daba al jardín exterior.

Sentí como una lágrima se deslizaba lentamente en mi mejilla. Sollocé ante el recuerdo que para mí, fue detestable. Mi tía, la persona que más amé y confié en el mundo, me traicionó.

De repente sentí como una luz fuerte me cegaba, y un aire frío y fresco me despeinaba por completo. El sonido ruidoso de un helicóptero se hizo presente, y llamó la atención a varias personas que iban caminando a varios metros de mí. Todas al verme y ver el caos que me rodeaba, se fueron huyendo.

-¡Reese Haynes!¡Entrégase ahora mismo o las consecuencias serán irreversibles!-aquella voz sonó mediante un megáfono.

Mi cuerpo comenzó a temblar. Sentí mucho miedo. Me querían arrestar porque era un monstruo. Un ser peligroso.

"No tienes más opciones, debes hacerlo", pensé.

Salí de mi escondite enfrentándome a varios coches negros con la bandera de Estados Unidos, a varios hombres y mujeres armados y apuntándome con una pistola, y a dos helicópteros volando encima de nuestras cabezas.

Alcé mis manos y caminé lentamente.

-¡Alto ahí!-gritó uno apretando con fuerza la pistola a la vez que temblaba con nerviosismo-¡Manos arriba y de rodillas!

Sonreí de lado y alcé las cejas. Todos me tenían miedo.

Agaché un poco la cabeza engañándoles. Y con rapidez me levanté, alcé mis manos enfrente de ellos y con mi fuerza mental, como si hubiera sido un huracán, arrastré a varios coches y personas hacia varios metros atrás, hasta que todos cayeron al suelo con un golpe ruidoso.

Totalmente sorprendida por la fuerza que había usado, di varios pasos atrás mientras una fina capa de sudor me cubría la frente. Tragué saliva, y en ese acto, sentí la garganta seca. Miré hacia los dos helicópteros que me rodeaban.

-¡No se mueva o la dispararemos!-volvió a advertir aquella voz del megáfono de nuevo.

Seguí dando pasos atrás. Tenía mucho miedo. Mi corazón no dejaba de latir desbocado, y sentí un ligero dolor en el estómago. Varias náuseas aparecieron de repente. Sólo quería dormir. Dormir y que aquello sólo fuera una pesadilla.

-¡Se lo repetimos por tercera vez!¡Manos abajo y de rodillas!¡Te mueves un sólo centímetro, y tendrás una bala en tu cabeza!

No quería morir. Aquello lo tenía más que claro. Pero también sabía que no iba a volver a vivir bien desde que comencé a experimentar cosas extrañas con mi mente. Era diferente, y nadie se sentía seguro con lo diferente.

Alcé mis manos a la vez que lloraba en silencio. Un nudo comenzó a formarse en mi garganta. Y todo, por culpa de mi tía que me delató. De nuevo bajé mi cabeza intentando engañarles, y en el instante en el que subí la cabeza para hacer lo mismo que antes, sentí una punzada en mi cuello.

Temblando, cogí lo que tenía en mi cuello y lo saqué. Era un tubo pequeño de color azul marino, y tenía incrustado una aguja de la que salía un líquido del mismo color que el tubo. Miré hacia los helicópteros con el rostro inexpresivo. Y mi visión comenzó a nublarse. Poco a poco, me empezaba a sentir muy débil.

Y en unos segundos, caí al suelo en el mismo momento en el que todo se tornó negro ante mis ojos.

INEFABLE ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora