CAPÍTULO 3 (reescrito)

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El sonido de la cisterna me hizo volver la cabeza hacia atrás. Segundos después la chica que había entrado antes salió.

—¿Estás bien? —Me preguntó, mirándome directamente mientras abría el grifo del agua para lavarse las manos.

Asentí levemente y me volví hacia el muchacho rubio, que todavía seguía plantado frente a la puerta, bloqueando la salida. Había vuelto a adquirir una expresión burlona.

—Sí, es solo este chico. No sé que quiere.

Sus ojos se entrecerraron, mirándome primero a mí y después la dirección de mi dedo.

—¿Qué chico? —Repitió, muy despacio.

Me estaba tomando el pelo. Le señalé con más ganas, prácticamente apuntándole con mi dedo índice como si fuera una pistola. Eso hizo que su sonrisa burlona se ampliara mucho más.

—Eh... Pues este.

Elevó las cejas con escepticismo y se secó las manos con una sacudida en el aire.

—Me estás vacilando, ¿no? —dijo.

Oh, de acuerdo. Ahora lo entendía todo. No era más que una broma. Y de muy mal gusto, la verdad.

—Me estás vacilando tú a mí. ¿Estáis compinchados? Esto es cosa de Danielle, ¿verdad?

Mi cabeza se movió, botando de uno a otro mientras los señalaba intermitentemente con el dedo-pistola.

La chica, todavía con las cejas elevadas, se alejó del lavamanos y se dirigió a la salida. Me bordeó sin dejar de mirarme, como si fuese yo la loca. Era una actriz muy buena, no le dirigió ni una sola mirada. Y él también, porque se aplastó contra la pared para dejarla pasar.

Cuando salió del baño, resoplé exasperada.

—Admito que la trama está muy bien lograda, pero la bromita ya se os ha ido muy lejos —le dije, y crucé los brazos sobre el pecho—. Puedes decirle a Dani... No, ya se lo digo.

Intenté reemprender mi huida, pero ni así me dejó. Se interpuso de nuevo en mi camino, bloqueándolo. Sin embargo esta vez ya había cogido impulso y acabé chocando contra él y rebotando hacia atrás. Retrocedí al menos dos pasos antes de lograr recuperar el equilibrio.

Ya me había hartado.

—Mira, déjame en paz, eh... tú.

Mierda. Ni siquiera sabía cómo se llamaba. No podía darle un sermón sin ese pequeño dato.

—Keith —completó, como si fuese capaz de leerme los pensamientos—. Me llamo Keith.

Llevé la mano a mi boca con rapidez. ¿Qué clase de nombre era ese? La última persona que conocí que se llamase así... Era lo suficientemente mayor como para que no me extrañase.

—De acuerdo, Keith —repetí, tratando de armarme de paciencia—. La bromita ha llegado demasiado lejos. Se acabó.

Aflojé los brazos y los bajé a ambos lados de mi cuerpo mientras el suyo también adquiría una postura más relajada. Por fin habíamos llegado al punto final.

—No me crees —dijo con un tono marcado por la resignación y el desafío—. Es normal, pero te lo demostraré.

¿Qué de...? Pero antes de que pudiera protestar, me había agarrado de la muñeca y tiraba de mí fuera del servicio.

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El pasillo estaba desierto. Estábamos en una de las zonas más alejadas del comedor, y todavía faltaban unos cuantos minutos para retomar las clases.

El sexy chico invisible que duerme en mi cama  © | REESCRIBIENDO¡Lee esta historia GRATIS!