Capítulo 10

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Villanueva estaba muy nervioso. Almasi ya era casi invencible y la Unión seguía sin tomarlo en cuenta a él, el creador del Plan, al miembro más activo. Imbéciles, había pensado, si tuvieran dos dedos de frente, se darían cuenta de todas las estupideces que andan haciendo y además me harían caso. Levantaríamos a la Unión como nadie se lo espera, pero no, son una bola de cobardes.

La mañana estaba fresca ya que por fin había llovido un poco y ahora el sol calentaba de nuevo sin tregua para los que vivían en la Tierra, pero con la ventaja para todos de la humedad que tan bien había caído la noche anterior. Era temprano, así que en la casa se oían ruidos por todos lados. Los sirvientes iban y venían, pero sin prisa. Es inútil apresurarse a limpiar una casa que nadie habita ni nadie disfruta. Villanueva estaba desayunando en su habitación mientras pensaba en todo lo que tenía que hacer. Estaba inquieto. Sabía que pronto llegaría Sogblé con sus espantosos ojos a perturbarlo y arrancarle su mano. Tenía miedo y aunque trataba de ocultarlo, le resultaba imposible disimular un ligero temblor en su mandíbula inferior. Estaba tenso y ya le había gritado a la mitad de la servidumbre que lo atendía. Todo era cuestión de esperar...

- Buenos días.- A Villanueva le saltó el corazón hasta su taza y casi grita cuando entró la sirviente con el correo. Lo había olvidado por completo. Debía llegar el correo con las frías y aburridas cartas del banco diciéndole que ya pagara lo que debía desde hace tanto, los papeluchos de propaganda que le servían para avivar la chimenea y ..., al parecer, una carta de la Unión. Era extraño y, sencillamente, no lo esperaba. Estaba tan preocupado con la amenaza que ahora le representaba Sogblé que una carta tan terrena como aquella de la Unión era una verdadera sorpresa. La abrió. Saltó sin demora los largos e inútiles saludos de cortesía y leyó rápidamente las líneas del mensaje, unas pocas líneas que tuvo que leer varias veces hasta que se puso rojo de ira y pasó al morado de frustración; volvió al rojo y fue entonces que logró abrir su garganta. Gritó, manoteó, golpeó en la mesita donde tenía el café. Se quemó, volvió a gritar, caminó por toda la habitación dando fuertes gritos y patadas a todo lo que se encontraba y al final, se desplomó en su cama boca abajo.

Veinte minutos después recuperó un poco su palidez habitual, poco más su respiración y otro tanto de su calma. Volvió a leer el mensaje donde fina y, según Villanueva, hipócritamente le agradecían por sus servicios y le avisaban de la decisión unánime de limitar su participación en la actividad de la Unión, ya que no se le permitiría ninguna agresión hacia Almasi, con quien deberían mantener diplomacia y buena alianza, pues era necesario para el bienestar y conveniencia de la Unión. Villanueva lo sintió como balde de agua fría. No sólo lo tiraban de a loco y lo mandaban muy lejos con sus proyectos adueñándose de su plan maravilloso, sino que además le ordenaban mantenerse a distancia y, para ser sinceros, hacer nada. Le pedían atentamente que no les estorbara.

Era una aberración, un delirio, un fraude, una traición; eso, lo habían traicionado esos malditos hijos de puta, esos mediocres sin pantalones, buenos para nada. Salió rápido de su cama, se vistió y salió incluso antes de lo acostumbrado de su casa para ir y quejarse con alguien. Ahora sí lo iban a escuchar a él, Manuel Villanueva Rodríguez, principal representante de Aracena, cerebro de todos esos mediocres que habían decidido limitarlo y mandarlo lejos con todo.

Al fin llegó ante un enrome edificio frío y gris, pero bastante imponente con una enorme y feroz águila en la entrada. Llegó con la recepcionista y le dijo a gritos que tenía que hablar con la Junta y después de medio día le fue permitido acceder con ciertas condiciones que él no consideró ni por un momento. Subió en elevador hasta el último piso. Entró sin avisos ni presentaciones, ni que fuera un extraño para esa bola de mediocres. Les gritó hasta lo que ni al caso, se atragantó, manoteó y hasta lanzó su reloj contra uno de los presentes quien por fortuna lo esquivó a tiempo de manera que el reloj cuarteó uno de los ventanales, y siguió andando; les dijo que eran unos ineptos y nos cobardes y no los dejó hablar hasta que les dijo a gritos que lo que hacían iba en contra de los intereses de la Unión, del Plan y de todo lo que él había empezado a construir incluso antes de que ellos supieran lo que son dos más dos. Los llenó de insultos y por fin, dejó de hablar. Uno de ellos, el más valiente, que no a quien realmente correspondía, lo llevó fuera de la sala, lo mareó con un largo y exasperante discurso y al final le dijo tajantemente que, desgraciadamente, era la decisión de la Unión, y lo despidió con un seco apretón de manos.

Villanueva quiso volver a entrar pero le fue imposible y terminó por regresar a su casa. No había más opción que seguir las órdenes de la Unión y mantenerse al acecho de cualquier oportunidad con la cual volver al Plan original.

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