Capítulo 3. El extraño.

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Emma.  

Me quedé de piedra, o al menos eso parecía. No podía mover ninguna parte de mi cuerpo, y mi mente buscaba la razón por la que supiera qué libro era el que estaba buscando exactamente. Ni siquiera se lo había mencionado. Además, he quedado como una completa tonta ¿Ahora qué le debo decir? ¿Me enfrento a la realidad y le agradezco la ayuda o me quedo quieta, esperando a que se canse y se vaya? ¡Por favor, Emma! ¡Compórtate! Trabaja aquí, y lo has espantado cuando sólo intentaba ayudarte, así que deja el orgullo, y pídele perdón.

Lo extraño de todo era que ya no le escuchaba tras de mí, por lo que decidí girarme lentamente, con la vista gacha a la espera de ver sus pies primero; sin embargo, sucedió todo lo contrario: no había nadie detrás de mí. Era imposible que hubiera desaparecido así de rápido, a no ser que fuera todo un profesional en el sigilo. Confusa, fui hasta la caja. No lo vi por los alrededores, así que no tenía oportunidad de pedirle perdón por mi mala educación y egocentrismo.

La dependienta aún estaba allí. Parecía una estatua, no se había movido de la silla. Sonreía tontamente, mientras tenía la mirada fija en su teléfono móvil. La causa de ello, quizá, podría ser algún chiste que le haya enviado algún amigo o algún mensaje romántico de... ¿Su novio? Ni idea, pero su expresión me hacía querer vomitar.

Puse los ojos en blanco, y resoplé, apoyando el codo sobre la barra, mientras esperaba a que se percatara de mi presencia de nuevo. Después de transcurridos dos minutos y sin fijarse en ningún momento en mí, carraspeé y fruncí los labios, disgustada por la falta de profesionalidad de esta mujer. Levantó la vista de su teléfono, poniéndosele los ojos como platos, y sus mejillas se tornaron de un color rojizo, como un tomate literal. Dejó el móvil sobre una de las mesas que está detrás de ella, y dónde tenía depositados montañas de libros, pendientes de catalogar. Dejé los libros sobre el mostrador, y con una mano los arrastré sobre ella hasta acercarlos a Mery. Los cogió rápidamente y, con dedos ágiles, tecleó los códigos de cada libro en el ordenador. Sin llegar a mirar lo que costaba en total, saqué unos treinta euros del bolsillo y se los entregué, pidiéndole que me dejara un par de pasadores, ya que no me gustaba doblar las puntas de las páginas de los libros.

Tenía la intención de darme el cambio, pero, después de mirarla con detenimiento, negué con la cabeza; quería que se lo quedara. Era como una especie de extra por los problemas que le había ocasionado al extraño desconocido. Esperaba poder pasarme pronto por aquí y coincidir con él para pedirle perdón de manera formal, cara a cara.

Ella sonrío agradecida, y me susurró un ''gracias'' mientras guardaba el cambio dentro de una pequeña lata que estaba escondida bajo la barra. Esbocé una amplia sonrisa educada, y me dispuse a salir de la estancia, pero, justo cuando me estaba acercando a la puerta de salida, me paré en seco cuando pude reconocer la silueta que se reflejaba en el cristal de esta: era ese chico de nuevo. Parecía estar observándome desde atrás.

Bueno, podía aprovechar a acercarme y pedirle perdón por los sucesos acaecidos hace unos escasos segundos. En general, estaría haciendo algo extraño y que no pegaba conmigo, pero tenía que hacerlo, y cuánto antes, mejor. Me di la vuelta rápidamente y con torpeza, pero, en cuanto miré tras de mí, en lugar de encontrarme con el joven y su sonrisa traviesa, estaba la dependienta despidiéndose de mí con una mano mientras me sonreía, muy feliz.

Respiré hondo para mantener la calma, y asentí con la cabeza, despidiéndome de ella de nuevo. Salí inmediatamente de allí, ya que sentía una especie de presión en el pecho que no me permitía respirar. ¿Acaso me estaba volviendo loca? El reflejo de la puerta era él, no ella. Era claramente una silueta masculina, ¡no estoy tan ciega, por dios!

Tatúame la piel.¡Lee esta historia GRATIS!