Prólogo

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La luna estaba hermosa esa noche. Un círculo blanco perfectamente lleno en un cielo completamente oscuro, con un par de estrellas aquí y allá, haciéndolo más obvio quién era la Reina de Plata, la Dama de Blanco. El viento no era tan frío como solía ser, pero para Helena Krischik era como a ella le gustaba.

Los rayos de luz de luna acariciaban toda la calle que estaba frente a su casa. Mirár desde arriba, sin que nadie pasara, ni autos, ni bicicletas, sino sola y sin nada más, era como mirar una fotografía, un lugar extraño que no conocía, algo con lo que no estaba familiarizada.

Ese día había sido tedioso, como siempre, pero al final siempre podía abrir su ventana un poco, sentir el viento frío que le daba la noche y olvidarse de sus problemas al mirar el brillante satélite.

El aire olía diferente esa vez. Por lo general, llevaba el aroma del polvo y los malos recuerdos, malas palabras, pero en vez de eso, Helena podía sentir en la punta de su lengua algo más, un opuesto a lo que encontraría en sus noches de descanso.

—Es lo más hermoso del mundo — dijo, más para sí misma que para cualquier otra persona, mirando desde la ventana de su habitación. Toda la casa estaba en silencio y toda su familia estaba durmiendo como si estuvieran muertos.

—No creo —fue la respuesta de Thoth.

—¿Por qué? —Ella miró sus ojos, también fijos en la luna. El cuerpo translúcido de Thoth siempre se veía increíble bajo la luz de la luna, Helena estaba acostumbrada, pero nunca se cansaba de mirar a su fantasmal amigo.

—Porque todo lo que conocemos está en esta ciudad. —Él la miró y vio la confusión en sus ojos. —¿No crees que podría haber algo más bello que esto allí afuera? ¿En otro lugar?"

—Tal vez —dijo ella, y luego volvió a mirar a la luna, —pero en este momento, esto es lo que amo.

Helena se perdió en el momento por un segundo. El paisaje era perfecto, el clima, todo era como un sueño. Ella respiró hondo, sintiendo todo a su alrededor, pero el encantamiento se rompió cuando vio los ojos de Thoth. Parecía estar triste por alguna razón, como si hubiera algo que echara de menos, algo que él estaba ocultando, pero no podía adivinar de qué se trataría.

De todo el cuerpo de Thoth, sus ojos negros eran lo más misterioso. Su sola naturaleza como fantasma hacía inusual todo su ser, todo era extraño y nuevo de alguna manera, pero sus ojos con círculos negros debajo de ellos estaban enfatizados ridículamente. El contraste entre ellos y su piel blanca, su etéreo cabello castaño largo, era hermoso, impresionante algunas veces cuando el viento jugaba un poco, pero siempre era surrealista.

A veces, Thoth parecía tan feliz y vivo, con los ojos llenos de una luz indescriptible, y otros parecía triste y deprimido, a punto de llorar, por razones desconocidas en ambos casos, como si Helena mirara a otra persona dependiendo de su estado de ánimo . Era extraño, por decir lo menos, más de lo que con lo que Helena estaba acustumbrada a tratar.

Sacudiendo la cabeza para limpiar su mente de los pensamientos molestos, la chica gótica se recordó a sí misma que no tenía sentido preocuparse por lo que no le compartían, que debería esperar hasta entonces, y siguió mirando la luna, sintiendo el viento otoñal en su piel y la noche respirando profundamente. Esos momentos de silencio no eran tan habituales como ella quería que fueran.

Había sido un día pensado y Helena necesitaba recargarse, llenar su cuerpo y espíritu con algo de energía. Thoth lo sabía. Había sido así desde... desde que ella podía recordar. El sol y su luz la consumían, lentamente, eso era seguro, pero así era, la hacían sentirse vacía, mientras que una luna en su fase completa la recargaba más que nada cuando ella lo necesitaba.

Si solo pudiera siempre tener una... Pensó.

Por solo un segundo, uno que llegó con el poder del trueno, Helena sintió los ojos de Thoth fijos en ella. Sin embargo, cuando movió los suyos para ver a su amigo, desapareció.

—A veces no te entiendo —suspiró Helena, mirando al suelo debajo de ella por la ventana.

***

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