El lamento de las almas

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Introducción

Jersey miraba con los brazos cruzados y el ceño fruncido a su hermano mayor, Christian, de diecisiete años. Era de noche, y tras él aguardaban cuatro chicos más, que no dejaban de apremiarlo.

—Vamos, Chris, espabila. ¡Deja de hacer de canguro por un día!

—Jers, solo será esta noche —se disculpó Chris, arrodillándose frente a ella—. Necesito pasar un rato con mis amigos. Vuelve a casa, ya eres mayor para ir sola, ¿verdad?

—Quiero ir con vosotros —replicó la niña.

—Te prometo que mañana pasaremos el día juntos, pero hoy quiero pasarlo con ellos. En unos años, me comprenderás —dijo, dando por terminada la discusión y dándole un beso en la mejilla—. ¡De vuelta a casa, Jersey!

La niña asintió y se giró. Estaban en las afueras de la ciudad, a cierta distancia de un puente que la guiaría a su casa, mientras que a su espalda, su hermano se adentraba en el bosque con sus amigos.

Dominada por la curiosidad, esperó unos segundos y siguió a Chris. No se alejaron mucho, deteniéndose en un llano donde cuatro de ellos tomaron asiento formando un cuadrado, mientras que otro quedó en el centro, en pie.

—¿De verdad lo has traído? —preguntó James, el más joven con quince años, mirando a Jay, quien sin duda, era el líder—. ¿Has sido capaz de robárselo a tu padre?

—Sí, una de ellas y es increíble, ¡mirad!

Desde la distancia, Jersey miró como mostraba una caja de cristal, donde en su interior se agitaba una especie de humo negro.

—Parece muy agresivo —expresó Chris, con el ceño fruncido—. Deberías haber escogido uno más pequeño.

—No seas cobarde —gruñó Tristán, el cuarto del grupo—. Con esa actitud nunca formaremos parte de los Guerreros.

—¡Dejémonos de cháchara! —bramó Bill—. Llevamos semanas hablando de esto. ¡Quiero empezar ya!

El grupo dejó de hablar. Jay, situado en el centro, dejó la caja en el suelo. Cerraron los ojos y todos pronunciaron las mismas palabras:

—¡Etarebil, amla, etarebil!

La caja se hizo pedazos y de su interior surgió un espeso humo negro. Asustada, Jersey observó cómo las manos de su hermano, y de Tristán y Bill brillaban mientras Jay no dejaba de conjurar palabras. Pero fue James quien rompió la concentración del grupo al ponerse en pie.

—¡Vuelve a la formación! —gritó Chris—. Regresa a tu sitio.

James no obedeció y echó a correr. Chris se puso en pie; la mirada de su hermana estaba fija en su mano derecha, que brillaba con intensidad, como si estuviera controlando una pequeña estrella, pero lo que estuviera preparando, no funcionó. La criatura se lanzó sobre el chico; el humo había adquirido un aspecto grotesco, con largos brazos terminados en garras que se cerraron alrededor de la garganta de Chris.

Tanto Jay como Tristán y Bill siguieron los mismos pasos de James, pero no llegaron muy lejos. De la figura negra surgieron ramificaciones, cuan tentáculos, que envolvieron a los chicos hasta hacerles crujir los huesos, lo que provocó que Jersey gritase asustada.

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¡Despertar!

A Jersey la despertó su respiración acelerada debido a la intensidad del sueño. Agotada posó su mano sobre su frente, mientras se la masajeaba con intención de tranquilizarse. Hacía cinco años de aquel suceso, de la muerte de su hermano, amigos y muchos más.

Rebeldes. El lamento de las almasWhere stories live. Discover now