El cazador y la reina vampira.

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Relato creado para un desafío de ClásicosEs.
Consigna sobre el cuento de Blancanieves.
Debíamos narrar desde la perspectiva del cazador, y contar una segunda misión encomendada por la Reina.

Érase una vez, en un Reino muy lejano (a un "muy" de distancia del reino de Shrek) un gallardo servidor, de una malvada y desquiciada Reina (obsesionada con la belleza, hacedora de objetos envenenados de segunda calidad, en dudosa relación objetof...

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Érase una vez, en un Reino muy lejano (a un "muy" de distancia del reino de Shrek) un gallardo servidor, de una malvada y desquiciada Reina (obsesionada con la belleza, hacedora de objetos envenenados de segunda calidad, en dudosa relación objetofilica con un espejo mágico) que temía perder su atractiva cabeza, sino cumplía los disparatados y oscuros deseos que aquella demandaba y por eso intentaba seguirlos al pie de la letra, hasta que hallara una forma de aniquilarla o, en su defecto, de romper el pacto de vasallaje.

Mi nombre es Jonathan y yo era ese gallardo servidor (un metro ochenta, ojos azules, músculos de acero, soltero, daba autógrafos los miércoles).

En ese tiempo, estaba metido en una encrucijada, donde mi vida estaba en un riesgo mayor, por haber fallado en mi última misión.

En mi defensa diré que, como adonis que soy, siento también cierta conexión magnética con la belleza y cuando la Reina orate me exigió asesinar a la más hermosa joven del Reino, mi corazón se sobrecogió y no fui capaz de acabar con su vida, sencillamente porque era un sacrilegio (como arruinar un clásico infantil de la literatura con un nuevo argumento teen más modernista)

Afortunadamente, pese al incumplimiento de las órdenes reales, la Soberana me había dado una segunda oportunidad. No porque me tuviera aprecio, qué va, la muy egocentrista solo se amaba a sí misma, pero yo era el único siervo disponible que había. La mayoría (los que no habían sido muertos por Su Majestad) estaban sobrecargados de trabajo, por los recortes presupuestarios surgidos por sus gastos estrafalarios: finas prendas confeccionadas con delicados hilos (de los más hacendosos gusanos de seda) sofisticadas mascarillas rejuvenecedoras (de los lejanos "pantanos del oriente") y no hay que olvidar el exuberante presupuesto destinado a la compra de manzanas. Así que, la servidumbre se encargaba de realizar una producción local de esos artículos, y muchos estaban empleados en el taller artesanal dedicado a la elaboración de sidra de manzana (había que encontrarle utilidad a las decenas de frutas que había comprado la Reina y que no cumplían con los estándares de "perfección y exquisitez" para ser transformadas en frutos envenenados)

La nueva misión que ella me había designado, era matar a de una jovencita de cabellos negros como el ébano, piel blanca como la nieve, y labios rojos como la sangre. ¡A ver si adivinan quién!

No... no era Blanca Nieves, esa fue la joven a la que no pude asesinar, y a quién la Reina estaba dando caza personalmente. Aunque iban dos intentos y nada (sinceramente, estaba empezando a sospechar de la eficacia de sus artes nigrománticas)

Y no, tampoco era la nueva hija de Bella y Edward. ¡Sitúense, por favor! En esa época ni siquiera existía Crepúsculo. Aunque han estado bastante cerca.

La muchacha, cuya vida debía sustraer, era una vampiresa. Por eso cumplía con esos excentricos  atributos de belleza. Propiedades que, dicho sea de paso, la corriente hedonista de la época veneraba.

Pero, independientemente de su hermosura, la cual, una vez que Blanquita fuese ejecutada, podía transformarse en una amenaza potencial para la resentida Reina, lo que había despertado mi interés en ella, había sido la esencia de su naturaleza.

La vampiresa poseía el don de la inmortalidad, algo que pensé, me podía ser de utilidad si planeaba desembarazarme de la Reina.

Por eso, había aprovechado mis idas al bosque, no para rastrear a la chica y darle caza, pues eso podría haberlo hecho desde el primer día, ya la incauta tomaba baños de sol a diario en los claros, para realzar el brillo natural de su pálida tez y no había notado que yo estaba peligrosamente cerca de ella y podría haberle atravesado el corazón con una estaca; sino para enamorarla.

Y no es por presumir, pero ciertamente la tenía comiendo de mi mano (literal, porque bebía la sangre directo de mi muñeca) Además, poseíamos intereses comunes. Ambos odiábamos a la Reina y... bueno, ese era el más importante. Pues ese odio mutuo nos había unido, y por el  había conseguido que ella aceptara convertirme.

A partir de ahí, adopté el nombre de Jonathan, el "Súper sensual morador de las sombras", el "Deslumbrante príncipe de las tinieblas", el "Irresistible hijo de la noche" (compitiendo con los Targaryen en titulaciones desde tiempos inmemoriales)

Gracias a mis nuevos poderes, había podido deshacerme de la Reina en una sola noche, luego de clavar mis colmillos en su delicado cuello y beber de ella, hasta dejarla desangrándose en el lecho, en menos de cinco parpadeos (tiempo no aplicable para personas con tics oculares)

Sin embargo, la maliciosa Reina no había muerto. Me llegaron rumores de que había asistido a la boda Blanca Nieves y El príncipe, quien obtuvo fama por sus sofisticadas técnicas de primeros auxilios para desobstruir conductos respiratorios bloqueados por manzanas (el tal Heimlich, fue un burdo imitador), donde, según dicen, había bailado hasta perecer, consecuencia de unas zapatillas incandescentes que los "piadosos" soberanos del Reino le habían obligado a calzar como castigo por sus actos.

Lamentablemente, la consecuencia más atroz que había sufrido la Reina, había sido la de unos pies chamuscados, pero de morir nada.

Aunque la enterraron, la condenada resucitó días más tarde y se presentó ante mí, en mi principado en lo profundo del bosque encantado, a exigir respuestas. Quien se las dio finalmente, fue mi esposa Grisel (la vampiresa que me había transformado).

Al parecer, mi mordida no la había matado, sino que la había convertido en inmortal, y por aquella acción ahora yo era su Señor. Hecho que podría haber sido genial, de no ser porque la conversión, si bien había aumentado su belleza, no había cambiado en lo más mínimo su melindrosa personalidad. Temperamento que repercutió bastante en Grisel, quien se convirtió en su nueva mejor amiga (porque como dice el dicho "si no puedes vencerlos úneteles")

Y aquí estoy yo, siglos más tarde, narrando esta aciaga historia, con un final más cruento que el original, con mi agraciada cabeza bien puesta en su lugar, pero portando un castigo peor, el de aguantar a estas damas odiosas, por toda la eternidad.

Fin.
(Touché, hermanos Grimm)

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