VI.- Lo que el futuro nos depara

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—Vámonos. Mañana te ayudo. Es fácil.

—¿En serio? —Jojo sonrió y se levantó de golpe, ilusionado—. ¡Gracias!

Pero él ya estaba andando hacia la puerta, con aquel caminar elegante y felino que le caracterizaba.

—Abrígate —dijo sin darse la vuelta—, ha empezado a refrescar.

—¡Sí!

Jonathan subió apresuradamente a por el abrigo y la gorra. Cuando bajó de nuevo, Dio le esperaba con su habitual impaciencia en la puerta de la mansión.

—¿Llevas dinero? —le preguntó.

—Sí, tengo la asignación de padre.

—De acuerdo. En marcha.

Ambos salieron juntos a buen paso y se dirigieron hacia el sendero arenoso que llevaba al pueblo.

—Dentro de poco empiezan las clases —comentó Jonathan con optimismo—. Espero tener mejores calificaciones este año.

El sol poniente aún calentaba un poco y la brisa era tan agradable como había imaginado desde el interior de la mansión. Sentía cómo su cuerpo se revitalizaba y su ánimo crecía.

—No pienses en eso ahora, aún estamos de vacaciones.

—Vale. —Miró de reojo a su hermano, aguantándose el resto de preguntas que le venían a la mente.

En aquellos tres años, después de la muerte de Danny y de la primera conversación civilizada que habían compartido, la relación entre ambos había cambiado. Seguía habiendo roces de vez en cuando, pero nunca habían vuelto a pelearse ni a protagonizar discusiones agresivas. Jonathan tenía paciencia con él y se apartaba de su camino siempre que las cuestiones no eran importantes. Cuando lo eran, intentaba hacerle comprender. El consejo de su padre había resultado efectivo y con el paso de los días, el salvaje muchacho de Londres había terminado por domesticarse.

En aquel tiempo, Dio había establecido una vida social impecable. Su inteligencia, belleza y modales exquisitos le abrían muchas puertas. Todo en él resultaba encantador, casi perfecto. Solo Jojo era consciente de las pequeñas cosas que le hacían ser distinto, pues solo él conocía la verdadera naturaleza de su corazón y podía ver las cicatrices que le había dejado su vida en el infierno. Los detalles lo decían todo. Las señales estaban ahí, en la manera en que siempre se sobresaltaba cuando alguien le tocaba sin permiso; en la forma en que trataba de controlar en todo momento las situaciones; en el apego casi obsesivo que tenía a los bienes materiales, llegando a temer de manera irracional que le fueran arrebatados... En la forma tenaz e imperturbable con la que perseguía y conseguía cada uno de sus objetivos, ya fuera obtener las mejores notas en un examen o comerse el último panecillo. Por eso, Jonathan se esforzaba en hacerle sentir seguro, en consolar sus extrañas heridas y apaciguar su venenosa ira con palabras de aliento y apoyo, pese a que Dio nunca parecía tomarlas en cuenta.

Su hermano, por otra parte, no solo dejó de tratarle con crueldad después de aquel día, sino que empezó a demostrarle amabilidad, a su desdeñosa manera. Incluso le «devolvió» a sus amigos. Aunque ahora, él también estaba en el grupo, y era el líder indiscutible.

Para Jojo, eso no era un problema. Nunca había tenido el deseo de liderar nada, y lo cierto era que Dio encajaba a la perfección en el papel. No le costaba entender la admiración que todos le profesaban, y pronto empezó a compartirla. Su vida resultó ser mucho más amable a partir de entonces, y aunque no estaba muy seguro, pensaba que Dio también era más feliz. No podía confirmarlo, dado que su nuevo hermano nunca se expresaba abiertamente en esos términos.

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