Capítulo 7

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Sigo observando la expresión concentrada y en paz de aquella estatua de bronce. Algo me cautiva que aún no descifro. No sé si es su llamativo color turquesa, su espectacular tamaño o el paisaje que la rodea. O todas las anteriores.

Estoy sentada en un costado del Gran Buda de Kamakura, un ícono que me encanta venir a contemplar. Bajo la vista a mi dibujo en blanco y negro y lo comparo con el par que he hecho en los años anteriores. Y sonrío. No puedo evitar maravillarme con todos los recuerdos que atesoro en mi querido block, un cuadernillo rosa pálido y de espirales dorados que me ha acompañado decenas de tardes de relajo y escape en este país.

Cambio la vista hacia los nuevos turistas y japoneses que llegan hasta el Buda. La gran mayoría enciende sus cámaras o saca sus celulares en cuanto están frente a él, son pocos los que lo contemplan antes de hacerse una selfie. Y no los culpo, ser turista en Japón es correr contra el tiempo... y siempre.

-¡Alicia! -me llama Oliver entre la gente. Agita la mano y me hace una seña a su celular.

Maldición, otra vez está en Instagram. Lo saludo con una gran sonrisa, sé lo importante que son las apariencias para él, sus seguidores, likes y cifras que no me interesan. Se da vuelta y sigue hablando a su celular, me parece que está en vivo. ¡Por qué es tan posero! Todos lo miran, y no creo que sea precisamente por su cabellera colorina.

Hace un par de semanas organizamos esta salida de domingo con Oliver. Extrañamente a él no le gusta viajar solo, y yo no tengo problemas en acompañarlo siempre y cuando tenga tiempo para mis cosas. Pero la verdad es que día a día me cansa más su obsesión con las redes sociales. Que la foto, que un boomerang saltando, que le sonría en todas sus selfies, más poses, más boomerangs. Suspiro. Cambio la mirada y recorro una vez más a los nuevos turistas, hasta que veo un grupo de europeos.

"¿Y si te dijera que salí a buscarte?"

De golpe vuelve Max a mi cabeza. Me lleno de nervios al recordar la noche anterior. Mi silencio. Sus palabras.

"Lo recuerdo como ayer, cancelé todo por la mujer más bella que había visto en mi vida".

Me muerdo el labio, aún no puedo creerlo.

"¿Quieres hacer algo al respecto?"

Y tal cual fuese una adolescente, me tapo la cara de vergüenza.

¡Dios, me río sola!

Y es que me gusta.

Max... me gusta.

-¿Qué te pasa? -me sorprende Oliver mirándome desde las alturas con su mirada inquisidora.

-Nada -respondo en seco.

-¿Nada? -y se sienta a mi lado en el piso-. Estás súper rara. No te quise decir nada en el tren para no asustarte, pero es como si estuvieras en otra parte. ¿Pasó algo?

-No -y evito mirarlo.

-¿Y por qué te reías como una nena? Cualquiera diría que te gusta alguien.

Me atraganto de inmediato. Oliver se gira a mirarme y de un segundo a otro explota en una carcajada burlona muy sonora.

-¿Quién es? ¿Lo conozco?

-No.

-Vamos, cuenta más.

-Eh.. es de mi trabajo -comento con vergüenza.

-Uy, compañeros -dice en un tono divertido-. ¿Es japonés?

-Holandés.

-¡Europeo! -exclama sorprendido-. Y yo que juraba que te gustaban los latinos. ¿Y? ¿Ya tiraron?

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