DÍA 11

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♬ CANCIÓN PARA EL DÍA 11: MI ENFERMEDAD (DE LOS RODRÍGUEZ) ♬   

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♬ CANCIÓN PARA EL DÍA 11: MI ENFERMEDAD (DE LOS RODRÍGUEZ) ♬   

En el centro de Argentina, un alma sombría reía mientras lustraba su nueva adquisición, un anillo de apariencia curiosa que le abriría incontables puertas. Solo tenía que esperar a que se presentara la oportunidad indicada. Tenía tiempo, eso le sobraba. El problema era su paciencia. Su estómago rugía con hambre de poder.

Él no sería el peón de un millonario; tampoco jugaría siguiendo las reglas impuestas para la partida. Era un líder; por lo tanto, lideraría. Tomaría al toro por las astas y lo subyugaría bajo el peso de su poder. Crearía su propio juego y escribiría nuevas reglas para jugarlo. El destino le había brindado esta oportunidad para lograr lo que no había podido alcanzar en vida. No podía desperdiciarla.

Había intentado robar el bendito anillo por años, pero nunca hallaba la oportunidad indicada. Sin embargo, su enemigo parecía estar distraído con su nuevo juguete, con su protegida.

Contra todas sus expectativas, encontró el anillo sentado sobre un estante en el despacho, entre los libros. Descansaba ahí, olvidado, como si pidiera a gritos que alguien lo tomara. Solo le bastó una diminuta distracción para colocarlo en su bolsillo. Había sido, de hecho, tan sencillo que le generaba sospechas.

Cuando le dijo a su madre que quería ser una princesa como en las películas, no se refería a la parte negativa de las historias

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Cuando le dijo a su madre que quería ser una princesa como en las películas, no se refería a la parte negativa de las historias. Anahí llevaba ya un par de días encerrada en la mansión de don Lucio, no había salido desde la milonga. Por momentos se sentía como en La Bella y la Bestia, todo el día leyendo. Pero se aburría con facilidad porque no era una gran lectora, así que luego se sentía como Rapunzel, encerrada en su habitación, mirando por la ventana y anhelando libertad. De vez en cuando deseaba ser la Bella Durmiente y perder la noción del tiempo hasta que llegara el momento del juicio. Al menos no le tocaba el papel de Cenicienta. No soportaría arruinarse las uñas limpiando la suciedad ajena. En especial si era la suciedad de un monstruo como Don Lucio.

Él, por su parte, se pasaba la mayor parte del día en la ciudad. Cuando regresaba, cenaban juntos mientras mantenían alguna conversación superficial. Se notaba que él intentaba evitarla, que no quería relacionarse demasiado con Anahí. Le preguntaba por sus lecturas sin siquiera prestarle atención a las respuestas; además, evadía gran parte de los temas de conversación que la pelirroja sacaba. Ya no discutían como en un comienzo, pero en el fondo ambos extrañaban los pequeños debates. La monotonía de sus charlas rozaba lo absurdo.

Lucio construía ladrillo a ladrillo una pared invisible entre ambos. No deseaba crear lazos con la pelirroja y sentía remordimiento cada vez que disfrutaba de su compañía. Vivían bajo un mismo techo, por lo que le era imposible evitar a Anahí por completo; sin embargo, se esforzaba por alejarse de ella. Se marchaba incluso aquellas tardes en la que no tenía obligaciones. Odiaba manejar, pero prefería pasarse varias horas tras el volante antes que sucumbir al cambio, antes que enfrentarse a la influencia que Anahí ejercía sobre él.

 Odiaba manejar, pero prefería pasarse varias horas tras el volante antes que sucumbir al cambio, antes que enfrentarse a la influencia que Anahí ejercía sobre él

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