Capítulo 8

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A la mañana siguiente, David se despertó con dificultad. La noche anterior la había pasado muy mal y apenas sentía descansar pero debía levantarse para ir a la escuela. Se sentía ligeramente ronco. Al parecer seguía haciendo frío en las noches y él ni siquiera lo había notado; sólo su cuerpo reclamaba y lo hacía aterrizar con su ronquera y una terrible fatiga sin aparente culpable.

Para no variar ni perder la costumbre, hacía calor, un endemoniado calor. El día estaba despejado, sin una sola nube que diera tregua, mientras las plantas y las calles ya gritaban al cielo por un poco de agua y viento húmedo que no helara en las noches. Siendo viernes, el tránsito en la mañana estaba muy tranquilo pues nadie es capaz de levantarse temprano ni hay realmente incentivo para ir a la escuela y, en algunos casos, al trabajo. Sólo para quienes el final de la jornada significa algo se levantan rápido, esperando que pase el día con la misma rapidez que sus emociones. Así, David se levantó y corriendo salió de la casa para llegar temprano a la escuela olvidando desayunar, bañarse y hasta revisar sus materiales. De la cama ni digo, pues no es que sea una virtud muy recurrente en la gente de su edad tenderla bien.

El día transcurrió con indecible lentitud, mientras el corazón de David procuraba mantener un ritmo continuo y lo más apacible posible. Estaba nervioso y apenas ponía atención a lo que sucedía fuera de su mente, que estaba con Sofía, su linda y frágil Sofía. Estaba casi enojado con la gente y con el tiempo por su calma y su molesta lentitud; le molestaba que todos le sonrieran como si nada pasara o como si se burlaran de su desgracia; le molestaba seguir ahí perdiendo el tiempo mientras su tesoro se veía mermado por un destino cruel y despiadado, lejos de él que tanto la quería; le molestaba estar en clases haciendo cosas inútiles mientras sentía que todo su mundo estaba a punto de cambiar. No tenía idea de lo acertado que era ese sentimiento. Estaba molesto por todo. Él sólo quería salir, salir de ahí y correr esperando poder ver de nuevo el rostro de su niña, Sofía.

Pasó el descanso y tuvo que soportar el resto de las clases con heroico esfuerzo para no agredir a los demás con sus gestos de mala gana y sus respuestas secas y sombrías. Trataba de mantenerse sonriente y fresco como de costumbre, pero era imposible. Tenía un terrible presentimiento y lo atormentaban despiadados pensamientos mientras todo su organismo hacía la Revolución.

Confundido y sin tener una clara conciencia de lo que sucedía a su alrededor salió de la escuela en cuanto dio la hora, sin mayor despedida para sus compañeros que un vago movimiento de la mano y un bufido parecido a una palabra. Corrió fuera de la escuela y siguió corriendo en dirección de la casa de Sofía hasta que recordó que sería mejor si esperaba al camión. Esperar. Ni modo, era la mejor forma, la más rápida. Se detuvo en seco y su cuerpo entero lo resintió, pero a él no le importaba, ni siquiera se daba cuenta. Afortunadamente pasó pronto el camión. David lo tomó y en unos minutos se encontraba frente a la puerta de entrada de una linda y pequeña casa color salmón. Tocó y en seguida salió la madre de Sofía a recibirlo.

Cuando entró se llevó la peor impresión de su vida, no sólo porque estuviera muy alterado, sino porque en verdad, dentro de todo lo que esperaba en ese día, eso era lo único que no había esperado ver. Sofía estaba aún con vida, pero tan demacrada y vacía de expresión que difícilmente se le hubiera considerado como tal. Tenía los ojos rojos -al parecer había llorado-, unas ojeras obscuras, casi hirientes, debajo de sus bellos ojos redondos y un poco hinchados por las penas sufridas, la piel pegada a los huesos manteniendo un color pergamino, y una textura frágil y seca. Era realmente impresionante verla de aquella forma, especialmente si se le había visto un día antes sin las ojeras tan obscuras, ni los ojos rojos, ni la piel tan delgada, y con una débil y tierna sonrisa. Hoy estaba seria, más bien triste y consumida. Su madre los dejó. Sabía que debían hablar.

-Hola, amor. ¿Cómo estás?- David se sentía tan tonto haciendo esa pregunta, pero no se le ocurría qué más decir y Sofía no parecía querer hablar mucho ese día.- ¿Qué hiciste hoy?

-David..., lo siento; sé que tal vez debí decírtelo antes- estalló ella- pero no quería que sufrieras desde entonces. Estoy bien, es decir, estaré bien. Mi sufrimiento acabará y al fin podré dormir y descansar. Como sabes, estoy enferma, gravemente enferma, pero espera, te lo diré todo así que no necesitas apresurarte. Siéntate, por favor.

David se sentó junto a ella y le tomó una mano con mucha suavidad, atento a sus palabras.

-Me han hecho múltiples análisis- continuó ella-. Parece que es el corazón, o el hígado o el apéndice. La verdad es que no saben y a cada día queda menos de mí en esta tierra. Hoy ha venido el médico, y..., bueno.... Tendré dos días para..., despedirme...

David estaba helado, no sabía qué decir ni cómo actuar. Sintió unos hilos húmedos y tibios correr por su rostro. Miró a Sofía. También ella lloraba. Esa era su despedida.

-¿Dos días...?

-A lo mucho...

David se levantó del sillón y sintió un irrefrenable impulso por salir corriendo. Caminó un poco por la habitación, respirando, pensando. Luego la miró y sintió que su cuerpo desaparecía en medio del dolor. Sofía parecía asustada ante su reacción, pero ya no lloraba. David volvió a su lado. Se veía tan frágil... No quería hacerla sentir desesperada, así que trató de calmarse y de sonreír, con lo que ella también imitó una tímida sonrisa.

-Te amo.

-Te amo...

Era la primera vez que lo decían en voz alta. Ninguno de los dos imaginó alguna vez que esas palabras quedarían teñidas con tanto dolor.

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