DÍA 10 - Capítulo 1

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♬ CANCIÓN PARA EL DÍA 10: PERFECT ENEMY (DE t

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♬ CANCIÓN PARA EL DÍA 10: PERFECT ENEMY (DE t.A.T.u.) ♬  


Anahí se sorprendió cuando bajó a desayunar y Olga le avisó que don Lucio se había marchado a la madrugada sin decir adónde iba otra vez. Ese sería probablemente otro día de aburrido y monótono confinamiento sin nada interesante con lo que entretenerse.

Se llevó las tostadas a su habitación y encendió el televisor. Pasó varias veces por cada uno de los canales de Argentina, sin encontrar ni un solo programa de su agrado. Se cruzó con novelas románticas malas como las que miraba su madre, con un par de programas de cocina y manualidades, con cinco noticieros distintos, con dos partidos de fútbol y con uno de básquet, entre otros tantos programas y propagandas.

Apagó el televisor, resignada. Extrañaba a sus ídolos, las películas de Orlando Bloom y los recitales de Ricky Martin que pasaban siempre en los canales de música. También tenía ganas de ver alguna serie policial de las que transmitían subtituladas todo el tiempo, esas que parecían todas iguales pero eran diferentes.

Se levantó y caminó hacia la escalera. Descendió con prisa, decidida a tirarse a tomar sol en el pasto. Cuando llegó a la planta baja, sin embargo, oyó que alguien golpeaba la ventana que acababa de dejar atrás.

Sin saber qué pensar, se acercó con lentitud y corrió la cortina. Irina le sonrió del otro lado del vidrio. Tenía el pelo lleno de polvo y la remera manchada con barro. De repente, recordó su sueño y la figura que habían cruzado en la ruta, ahora todo tenía sentido.

Anahí se volteó para asegurarse de que ni Olga ni Inés se encontraban cerca y luego abrió la ventana.

—Sacate las zapatillas —dijo la pelirroja en un susurro.

Irina siguió el consejo de su amiga y atravesó la ventana con prisa. Iba abrazar a Anahí, cuando esta la detuvo.

—Seguime, vamos a mi pieza así nadie te ve.

—Dale —respondió la morocha.

Subieron las escaleras en puntas de pie y se encerraron en la habitación. Anahí dejó un papel en el piso, junto a la puerta, en el que pedía que no la molestaran hasta que estuviera lista la cena. De ese modo, tendrían unas cuantas horas para conversar sin interrupciones.

—¡Anahí! —gritó Irina, abalanzándose sobre la pelirroja para abrazarla con fuerza.

Ambas cayeron sobre la cama y rebotaron sobre el colchón.

—¿Qué carajo hacés acá? ¿Estás loca? Tuviste suerte de llegar cuando Lucio no está. —Por un lado, Anahí se alegraba de ver a la morocha, pero también seguía enfadada con ella. No sabía qué hacer, qué pensar, qué decir.

—¿Estás bien? —preguntó Irina—. ¿Qué te hizo ese monstruo en estos días? Te juro que lo voy a matar.

—Calmate—pidió Anahí, empujándola un poco—. Estoy perfectamente bien. Lucio me trata como a una hermana, tengo muchas comodidades, salimos de vez en cuando y me deja leer sus libros. —Hizo una pausa para que la morocha pudiese procesar la información. Parecía confundida—. Hagamos algo, Iri. Andá a ducharte. Mientras te bañás, hago una corrida a la cocina y traigo algo para comer, ¿dale? Y te cuento todo en un rato. Estás tan sucia que me das un poco de asco, perdón.

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