V.- Treguas y batallas

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—¿Qué demonios quieres? —espetó—. No tienes derecho a entrar aquí, este es mi cuarto.

Dio se quedó un momento en la puerta, observando la alcoba con ojo crítico. Después hizo un gesto desdeñoso con la mano.

—Relájate.

Jojo no se relajó. Y menos aún cuando vio al chico coger rápidamente la hoja en la que estaban sus deberes y llevarla a la luz, examinándola.

—¡¿Qué haces?! ¡Devuélvemelo! —gritó temiendo que fuera a quemarla o algo así.

—Está mal. Ten, copia lo mío.

Acto seguido, para asombro de Jonathan, Dio colocó las dos páginas sobre el escritorio, una junto a otra. Como no podía ser de otro modo, el trabajo de Dio era perfecto, redactado con envidiable limpieza y exquisita caligrafía. Jojo le miró sin comprender y su hermanastro le devolvió la mirada, impaciente.

—Vamos, date prisa —le apremió de malos modos—. Apenas falta una hora.

—No... no quiero copiar —respondió Jojo torpemente.

Dio resopló, volviendo los ojos hacia arriba en un gesto de desprecio.

—¿No quieres copiar? Vengo a ofrecerte la oportunidad de quedar bien con tu padre por una vez en la vida, y la rechazas. ¿Es que eres tonto?

—Precisamente porque no soy tonto, no me fío de ti.

El muchacho rubio arqueó una ceja. Parecía francamente sorprendido por su respuesta. Luego soltó una risa ácida y se cruzó de brazos, apoyando el trasero en el escritorio ante el que Jonathan seguía sentado.

—De acuerdo, si no quieres copiar te explicaré las operaciones y las harás tú. Así podrás corregir esta porquería.

A Jojo ya no le quedaba mandíbula suficiente para abrir más la boca.

—No lo entiendo, ¿por qué quieres ayudarme? —Los ojos ámbar de su hermanastro se estrecharon, mirándole de nuevo como si fuera una serpiente a punto de atacar. Luego resopló otra vez con exasperación y se levantó para irse. Rápidamente, Jonathan le agarró de la manga—. ¡Espera, espera! Es que... no lo entiendo. Pensaba que me odiabas.

Dio le miró por encima de su hombro.

—¿Quieres que tu padre vuelva a gritarte y que te golpee en los dedos con la vara?

—No —confesó Jojo, retirando los dedos del puño de su camisa y tragando saliva.

—Yo tampoco. Ninguno de los dos queremos que eso suceda. Así que vamos a evitarlo. ¿De acuerdo?

—Vale —asintió Jojo, que aún no comprendía nada pero no quería dejar escapar la ocasión de hacer algo bien... y de paso, poner a prueba a Dio.

Aquella tarde, sus deberes fueron perfectos. George les felicitó a ambos por igual y luego tuvo unas palabras especialmente alentadoras para Jonathan que llenaron su corazón de felicidad. Entusiasmado, quiso darle las gracias a su hermanastro, pero cuando le encontró leyendo en la biblioteca, este le echó de allí con brusquedad, igual que si fuera un perro molesto.

Dos días después, fue Jojo quien acudió a pedirle ayuda. En esta ocasión, Dio se rió de él y le mandó al infierno.

—Arréglatelas tú solo. ¿Por qué iba a querer hacerte ningún favor?

—Pero... ¡Anteayer dijiste que no querías que mi padre se enfadara conmigo!

Dio levantó el índice, mirándole con ese aire de superioridad que tanto enfurecía a Jonathan.

El fuego y la tormenta¡Lee esta historia GRATIS!