Sin Título

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El pequeño Albert, de 8 años, acaba de ser echado de la reunión de la familia en la cocina, y él no lo puede creer. Estaba demasiado molesto como para disculparse. Pero incluso él creía que no tenía por qué hacerlo. Y lo entendemos, pues el es un simple niñito.

Bueno, a decir verdad, no es tan simple, porque lo que hizo después a manera de desquite con sus amigos fue de naturaleza jocosa. A decir verdad, una idea exquisita. El caso aquí es que el pequeño Albert había acabado de ser llamado por sus padres y sus hermanos, así como primos, tíos y demás familia por existir; se habían atrevido a interrumpir sus juegos de concentración en aquella tarde nublada y lluviosa, sólo para bajar de su habitación para que una vez más, lo volvieran a echar. La verdad es que sólo lo llamaron para manifestar el acostumbrado saludo cortés hacia las visitas ¿Pero a él qué diablos le importaba?

¿Acaso se habían molestado siquiera en traerle un regalo, o siquiera lo conocían bien? Para nada. Solo lo habían llamado para que toda la familia quedara bien ante los visitantes.

Como ya dijimos, el pequeño Albert no era un niño cualquiera. Por supuesto que hacía sus rabietas, pero eran diferentes a las de cualquier otro niñato. Si, nos equivocamos en eso.

Lo llamaron con voz molesta casi cuatro veces, porque él no estaba decidido a bajar; odiaba las visitas.

Pero tuvo que hacerlo si no quería que lo regañaran. Vaya sorpresa, que aún así lo regañaron.

¿Qué por qué no bajaba a darle la bienvenida con un saludo atento a sus tíos? ¡Ni siquiera sabía quiénes eran!

El caso es que fue regañado una primera vez y también una segunda, por querer pasarse de la raya y ser descortés con ellos. Sí, y es que se da en tantos casos que la suspicacia y genialidad tremebunda de un niño es mucho mayor que la de un anciano o adulto mayor, y ellos no tienen la culpa.

Para su desgracia sí, acabó siendo ultrajado por segunda ocasión. Y además de llamar la atención de toda la familia congregada en esa vez, fue enviado por grosero a su cuarto otra vez. Ya sabía que iba a pasar eso. Pero su comportamiento no era el de un niño llorón, sino que se largó a su cuarto decidido y enérgico. De todas formas, si que estaba algo molesto, pero era comprensible.

Los padres y la familia local pidieron amables disculpas, pero no sinceras. Al pequeño Albert le sorprendía lo pesados y tontos que podían llegar a ser los adultos. ¿Es qué acaso no podría ir a saludarlos más tarde? La familia local quería aparentar una falsa unidad para la ocasión.

Albert sin embargo se puso contento después ya en su habitación porque sabía que por fin podría estar solo para continuar su juego.

Su escenario en esta oportunidad era debajo del mantel de una mesita colocada solitaria en un rincón de su cuarto. Ahí lo esperaban sus amigos, quienes saldrían de manera casi inesperada uno tras otro de la mesa.

Para ello el se metió debajo de la mesa como acostumbraba y se introdujo en el portal de cristal que lo transportaba de manera fugaz al bosque de algas gigantescas y rocas como de vidrio. Vaya que las piedras eran llamativas, pues adornaban cual pecera el bosque sombrío, tétrico y pantanoso bosque de algas verdes.

Las criaturas empezaron a emerger de los rincones enmarañados y de los fondos cenagoso de manera muy graciosa. Algunos parecían salamandras gigantes y ranas coloridas, otros de aspecto humanoide o coralino, de colores escarlatas y púrpuras, con un sólo ojo o decenas de ellos. Uno por uno empezaron a preguntarle hasta el cansancio a Albert, porque lo veían todavía muy enfadado:

-¿Albert qué te ocurre?

-Sí Albert ¿qué te ocurre? - decía uno de color azul.

-¿Dinos estás enojado? -dijo otro.

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