Aventuras rocambolescas con la encantadora chica de nombre desconocido

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Una vez conocí a una agradable chica de nombre desconocido. Fue hace relativamente poco tiempo, sin embargo ella tuvo que retirarse probablemente para siempre. Cuando la conocí, parecía una chica normal, pero fue demasiado sorprendente descubrir que era una persona única, incluso llegando a pensar que era de otro mundo fantasioso, iluminado irrealmente.

Y es que no era lo que aparentaba, aunque a primera vista era una joven hermosamente adornada por unos bonitos ojos coloreados por pupilas oscuras, y de la misma manera un grácil y largo cabello enmarañado azabache que hacía despertar los más prodigiosos ensueños.

Pero además se veía que era una chica intrépida, que gustaba de explorar los rincones más inexplorados e inclusive riesgosos que le agradaba soñar.

Como es lógico, no caí enamorado de su onírica figura espléndida, o de sus finas mejillas que podía entrever casi irisadas, sino de su increíble y bella personalidad imaginativa, casi al instante. Pero ahora ella está lejos, muy lejos de aquí, y nunca más he podido verla desde entonces, o dirigirle siquiera un simple mensaje.

Ahora me arrepiento de nunca poder haberle revelado al menos una parte de los sentimientos que tenía por ella, o de lo especial que era para mí su creativo carácter azulado con ojos estrellas. Oh, el como pude llegar a enamorarme tan apasionadamente de su otra personalidad invisible; es algo que no puedo explicar completamente porque lo mantuve oculto durante meses.

Ella era entonces una persona soñadora, de tintes artísticos y coloridos en su alma, y debo admitir que me sentí agitado en el corazón cuando descubrí que gustaba de viajar a otros mundos fantásticos, de vidriosos colores, coronados por cielos de lienzos de diamantes recortados titilantes. Recuerdo algunas de esas huidas.

Nuestro peculiar pasatiempo era viajar a tierras inexistentes que imaginábamos con detalle en menos de un minuto.

En uno de ellos cruzábamos un espejo dimensional submarino que nos transportaba a una isla desértica con otra isla dentro. Recuerdo que en el camino hicimos amistad con el capitán Mclowing y su agradable tripulación de piratas bondadosos, que hacían travesías infinitas por el mar azul, a veces narrándonos sus numerosas y tenaces proezas con enemigos de otros mares cercanos. Recuerdo que el barco era de un color azulino púrpura para confundirse entre las aguas, pero brillaba en las noches para mezclarse con las aguas que se tornaban luminiscentes entonces.

El capitán Mclowing nos explicaba que podíamos navegar con tranquilidad porque las peripecias anteriores de él y sus tripulantes eran suficientes experiencias como para estar preparados frente a nuevos peligros. Y en las noches no sabía si mirar el cielo quebradizo centelleante sobre nosotros o los ojos rutilantes que parecían cárdenos cuando ella me miraba.

En la continuación de nuestros viajes, pasamos por una pequeña bahía luminosa que daba a parar a un canal para ingresar a la utópica isla.

Pronto surcábamos un estrecho río que pasaba por en medio de la tropical isla, aparentemente abandonada, pero pululaban aves con las que el extraño loro verde-azul del capitán Mclowing podía comunicarse. Los árboles de las riberas tenían aspecto fantasmagórico, pero eran amistosos, y sus ramas sumergidas nos daban paso entre las aguas cargadas de secretos.

Podíamos navegar con tranquilidad y me dejaban perplejo los conocimientos zoológicos de las especies imaginarias de la isla ya no deshabitada. Luego llegamos a un gran lago colocado en medio de ésta isla, y en el que el capitán Mclowing nos indicó que había otra isla subterránea en la que entraríamos.

Timoneamos y nos adentramos en una enorme caverna dentro de la isla subterránea iluminada por gemas refulgentes y pólipos cristalinos como telarañas que daban guía a nuestro andar.

Ella quiso bajar, pero el capitán advirtió que era peligroso abandonar el barco. Sin embargo su decidida intrepidez no le impidió hacerlo. Saltó del barco y quiso que yo también la acompañar. Aunque yo era excesivamente temeroso, no sé como no pude negarme a su sonrisa y arriesgarme a explorar la cueva oscura (pero al fin y al cabo fantástica) con ella.

Recuerdo como nos adentramos en la isla volcánica escalando rocosos parajes de piedras como diamantes, y como ella reía imaginando las situaciones más graciosas. Fue cuando me di cuenta, una vez más, durante tantas del día, que aquella era una chica hermosa, muy agradable y peculiar, y que si quería suspirar tenía que hacerlo en secreto, cuando ella no me viera, por que me era vergonzoso.

Pero recuerdo todavía todos los demás viajes de antaño con ella. El cómo navegamos dentro de la caverna solitaria en la isla semi -subterránea y salimos por su cráter dando vueltas es solo uno de ellos.

Sé que ella era en efecto una chica muy especial, pero como dije no pude decirle lo que por ella llegué a sentir, como es que hubiera deseado compartir algo más con ella. Hubiera deseado tanto decírselo, pero no sé como hubiera reaccionado, y ahora que ya no está, he soñado con ella otra vez, donde íbamos nuevamente en una mágica travesía a un océano de islas coralinas y verdes pobladas de extrañas aves.

Y es que sigo enamorado aunque ya no la vea. Me hubiera molestado siquiera en darle un pequeñobeso en su mejilla.

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