Cuento de un gatito que está perdido y que posiblemente nunca vuelva con su amo

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Hace dos meses desapareció mi gatito Saturno. Lo llamaba así más porque me hacía recordar el brillo estelar del astro visto en las noches nebulosas de los alrededores, que por la icónica divinidad. Todavía recuerdo su mirada reflexiva y triste, melancólica y apesadumbrada de sueños de color verde claro. Su pelaje opalescente de color negro casi gris, sus orejas puntiagudas y elegantes, su andar lento y quieto, y como en las noches me raspaba las cobijas con su patita para dormir; su cuerpo peludo, caliente y rechoncho.

Cada mañana él se levantaba y se iba al bosque de junto, sirviéndome como cierta clase de despertador suave y dulce. Su andar era lento, pero muy firme y distinguido, en busca de aves y reptiles variados en el tejado de la casa o mirando paciente el atardecer manchado y tétrico. Casi nunca maullaba, más que para rogar su alimento. Sus ojos llorosos y suplicantes me partían siempre el alma cristalina.

Parecía que sufría, pero no, solo era recto y noble en su andar. Saturno era mi única compañía en aquel bosque helado y morado. Siempre que regresaba del trabajo lo hallaba dentro de la casa oscura esperándome paciente y maullando dándome una cordial bienvenida, y se "sentaba" conmigo a comer.

Me hacía compañía durante las tardes frías de lectura rápida.

Saturno me ha acompañado desde que él tenía ocho meses de vida, durante cinco años completos. Llegué a tenerle un cariño y unión fraternal impresionante, pues tanto él como yo nos conocíamos profundamente. A veces me ponía a pensar en que sería de mi vida sin él, pero esto me causaba un terror inimaginable y lo dejaba de lado, disfrutando cada día, cada mes y cada año de su amistad cálida.

Me agradaba mucho su ronroneo arrullador en las noches frías y estrelladas, y como se envolvía en sus

patitas por las tardes cuando regresaba de casa.

El día que regresé del trabajo no lo encontré en casa como de costumbre, pero no me preocupé demasiado porque en anteriores ocasiones él a veces se iba desde la mañana, muy temprano, y regresaba a eso de las tres de la tarde, o más tardar, a las cuatro. Me preparé para comer solo, y luego, ocuparme en mis actividades artísticas, pues soy escritor. Pero Saturno no llegó. Esperé hasta las cinco de la tarde, y tampoco oía sus acostumbrados maullidos solitarios. Empecé a preocuparme.

Era invierno, y allá afuera en el bosque oscurecía más pronto. A las seis de la tarde mi corazón empezó marchitarse. Pensé para aliviarme que estaría en uno de sus largos paseos de exploración por el bosque, pero me engañaba a mi mismo. Trataba de tranquilizarme conforme el tiempo pasaba, y, llegada la noche profunda de luna llena, estos pensamientos serenos se desvanecieron. No pude dormir bien esa noche. Por instantes despertaba a medianoche y visualizaba a mi amigo peludo junto a mi.

Pude sentir su textura suave y protectora, su ronroneo calmado; pero cuando desperté de nuevo, no había nadie. Eso hizo que derramara lágrimas durante casi una hora.

Salí repetidamente de casa, a buscarlo por el tejado, pero aún con la luna gibosa de madrugada resguardándome. Era una noche muy luminosa, y entre sollozos y lágrimas frías que corrían por mi rostro, rebuscaba y gritaba su nombre por todo el bosque y para que hasta los árboles me oyeran. Pero no obtuve respuesta.

No pude calmar mi llanto todo aquel día. Regresé del trabajo fatigado y muy triste, y Saturno no apareció en la puerta. Solo yacían allí su platito de comida y sus juguetes. Aquel día lloré con mucho dolor, saliendo a dar paseos por entre las matas y troncos del bosque sombrío. Pero el agua de mis ojos hacía parecer que sufría de una alucinación.

Obviamente, la primera semana fue de un duelo muy intenso, y se mantuvo durante el primer mes. En mis sueños, podía oír sus maullidos, y a su patita rascando en la ventana alumbrada de mi alcoba. Pensé en donde podría estar Saturno. Quizás en uno de sus tantos viajes misteriosos, por rincones inexplorados del bosque lluvioso; y me lo imaginé regresando maullando alegre como lo habría hecho antes, y pude sentir sus patitas suaves entre mis brazos. Lamentablemente, eso nunca pasó. No quería imaginar escenarios funestos, donde el corría peligro o estaba sufriendo. No. Sabía que él regresaría, y esto me ponía optimista a veces.

Después de dos meses mi pensamiento se volvió obsesivo. No podía dejar de pensar en donde estaba y que haría Saturno. Una noche en que cursaba con fiebre y delirios mentales, debidos a la profunda tristeza, decidí ir en su búsqueda.

Me escabullí en el bosque de noche con sólo una lámpara en mano, gritando mil veces su nombre. Pero quizás ya era tarde... La luna lloraba y ocultaba su presencia con lágrimas de rocío en todo alrededor, y las animales del bosque se quejaban del dolor, por que habían visto su desaparición. Eso lo noté en el misterioso manto estelar. Pero de pronto pude escuchar sus quejidos lejanos.


-¡Saturno! - grité codicioso.


Y me dirigí a donde podía estar, hacia allá, muy lejos. Me perdí a consecuencia, ya que no podía alejarme demasiado de casa. Pero todo era con tal de hallar a Saturno, que pedía a gritos mi ayuda.

Estaría perdido desde hace dos meses pidiendo mi resguardo y mis caricias reconfortantes que calmarían su corazón roto. Y era lógico, pues yo no sabía que había pasado con él; era demasiado extraño que desapareciera sin dejar rastro. Quizás en una de sus aventuras se perdería entre las figuras horripilantes del bosque como yo en esos momentos.

Pero en unos segundos él estaría bajo mis brazos calurosos. Me imaginé sus ojos vidriosos, su figura regordeta y su colita en medio de algún rincón del bosque petrificado por la luz lunar, exhausto y lastimado. Las lágrimas fluyeron con más intensidad entonces.

Cuando llegué a ese punto creado por mi cerebro, mi alma era ya un torbellino de lágrimas y lloros sin cesar, tal que sofocaron a mis ojos y no me dejaron entrever suficiente los rincones de la boscosidad. Pero volví a perder al pequeño Saturno, que no estaba ahí ya. Un quebrar final de lágrimas se abrió en mi pecho y liberó todas las gotas de lamentos que tenía en mi interior, y estuve allí derribado en medio del claro lunar durante casi dos horas. Me lamentaba mucho de haber perdido otra vez a mi pequeño Saturno, que ahora era una estrella plateada en lo más alto del manto, oscurecida por la radiante luna.

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