Ricardo sufre un flashback que lo hace estremecerse en su corazón

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Estaba aburrido y dormitando, casi soñando acostado en la cama de mi habitación solitaria y cálida.

No había nadie en casa, nadie más que yo, por lo que el creer serie de acontecimientos siguiente es de difícil credibilidad, ya que no hubo espectadores.

Mamá no estaba en casa, tampoco mi hermana mayor ni mi hermano menor. Sólo yo, en un día caliente y soñoliento de principios de abril, ayer sábado. Hacía mucho calor. Estaba un poco reflexivo, al mismo tiempo que no había tenido ganas de levantarme de la cama en todo el día. Solo yacía apesadumbrado y ocioso, sudoroso por el calor.

Reflexionaba algo triste y melancólico aún en esa bella tarde soleada y límpida de vacaciones, lejos del ruido citadino allá afuera. Entre tantas cavilaciones volátiles, mi cabeza empezó a evaporar sus pensamientos, y pronto me vi situado en la delgada línea que divide lo consciente y el lado de los sueños ligeros de una siesta pesada.

Tenía mucho sueño. Empecé a dormitar. Pero sentía aún mis brazos y podía entrever en pesquisas leves el alrededor de mi pequeño cuarto. Luego decidí por fin despertar para ir a tomar aire al patio grande de casa que estaba bajando unas cortas escaleras. Tardé unos cuantos segundos en decidir levantarme y asir fuerzas a mis piernas y brazos, pero ¡de pronto! ¡de súbito! Oí algo extraño proveniente e los recónditos abiertos del patio grande. Aquello captó bruscamente mi oído, y tuve que levantarme, deprisa, algo mareado y con modorra, a través de mi cuarto, de la puerta de madera del pasillo verde, de las escaleras... Todo el escenario cambió.

Había cambiado cuando yacía dormido. Habían pasado quizás horas, no tenía reloj. Pero la tarde era

nueva.

Vi a mi perro, Chip, un hermoso labrador amarillo de pelaje lustroso y denso, juguetón y alegre

como siempre, con la lengua de fuera, jugando y corriendo alegre entre las matas del patio algo lejano a

mi.

Lo verdaderamente triste es que Chip había muerto seis meses antes, debido a una rara afección cerebral, y desde entonces yo había quedado destrozado y quebrantado de corazón. Me había costado semanas comprender su muerte. Pero Chip ahora me vía y se dirigía a mi corriendo, en medio de un ambiente confuso, ya no mate y soporífero, sino vívido y lleno de sensaciones y ruidos musicales.

Se sentía como si hubiera vuelto un año antes, en mi casa, como si escuchara las voces de mamá o mis hermanos, y otras personas ajenas que estaban tan tranquilos en sus actividades normales. No le presté atención.

Chip se dirigió inmensamente feliz abalanzándose enérgico sobre mí, como si no me hubiera visto en

mucho tiempo. Yo también, alegre y con muchas lágrimas en mis ojos y mejillas, lo abracé y acaricié

entre mis brazos, mientras le decía:

-¡Oh Chip! ¡Por fin te veo otra vez! ¡Oh Chip, me haces cosquillas! ¡Qué feliz estoy de verte! -

mientras sollozaba extrañamente.

Él sólo ladraba chillando de alegría. Pero aquí lo excéntrico: que el pelaje de Chip brillaba con una

fuerza extraordinaria de cuando en cuando, resplandeciente en cara y cuerpo, un brillo argento,

plateado y pulcro. A veces era tal que me cegaba y destellaba en los ojos, llegando a destellar por

instantes los chorros de lágrimas en mis ojos.

Le lancé su pelota. Él iba por ella contento y sin reparos, y me la traía de nuevo, a la vez que correteaba

detrás de él y viceversa, riéndonos juntos. Le arrojé la bola una última vez. Pero esta vez la lancé lejos

al jardín del patio, más allá. Chip se lanzó por ella. Su brillo refulgente se fue a perder entre las hierbas.

Pero como no volvía, fui detrás de él, hacia las malezas que se escondían del otro lado.

Vi que Chip ya no estaba allí, en ningún lado. Se había ido. No sé a donde. Las lágrimas entonces comenzaron a fluir con fuerza sobre mis mejillas húmedas, cuando volteé a todas partes y solamente visualicé un jardín azul plantado de trompetas amarillentas que sonaban por todos lados. Ataques de recuerdos que ahora son difusos se resistían a desparecer y no pude distinguir en qué tiempo estaba, o si era un sueño o no.

Luego oí un centelleo metálico y me desperté en medio del patio silencioso de mi casa el día de ayer,

sábado, sentado en una silla colocada a modo de lecho. Había estado mirando a la nada todo el tiempo.

O quizás me había levantado de la cama para venir aquí al patio, donde escribo esta narración solo para que lo creas.

Mamá no estaba, ni ella ni nadie ese día, para verme hacer todo eso.

Pero cuando vi la hora del reloj y corroboré que habían pasado solo quince minutos, sentí como si en verdad hubiese retrocedido un año en el tiempo...


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