El chico que se internó en el bosque para no volver jamás

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Durante la época lluviosa de junio, las calles de la ciudad se tornan húmedas y como ríos, las

ventanas de cristal se empañan y el sonido ensordecedor de las gotas sobre el techo es extrañamente

hipnótico. Es durante esta época que desde siempre me ha apetecido salir a dar largos paseos en bicicleta hacia el lado oculto de la ciudad, esa otra cara ajena, al bosque lejano y sombrío, denso e ignoto durante las vacaciones.

Más o menos cuando las nubes amenazan con mayor fuerza, en las mañanas y tardes borrascosas y azules, empapadas de rocío, es precisamente cuando adoro salir a pasear, aún sin importarme mojarme.

Siempre he disfrutado del constante ruido y el espectáculo mágico que ofrece una mañana triste y

azulina. El misterio y la densa atmósfera no tienen comparación. Me llenan de una destreza y alegría

peculiares, a diferencia de la gran mayoría de las personas.

Sin embargo, podría calificar este verano lluvioso como un tanto extraño. La lluvia cayó con más fuerza, las tormentas eran más ruidosas, y una espesa niebla empezó a mostrarse sobre los oscuros montes verdes. Esto no se había visto antes en la ciudad. Solo eso me bastó para convencerme aún más de salir a dar una excursión muy de mañana en el día más calmado.

Eran las 7:00 de la mañana, los cielos veíanse condensados y atiborrados de agua, la atmósfera pesada y solitaria, y yo me escapé como de costumbre de casa para dar el paseo a lo desconocido. En aquella

ronda me sentí un poco extraño, no sabría decir por qué. Parecía que la lluvia desastrosa caería en

cualquier momento, pero no lo hacía. En vez de eso, reinaba un ambiente siempre calmado y sombrío.

Me escapé primero de la casa por la avenida empinada, luego aparecí en el camino estrecho y cada vez más ocupado por los pinos y otros árboles altos. Me sentí un poco amenazado, por primera vez. No había sonidos, automóviles, animales ni personas cerca, como antes. Más bien, una neblina apesadumbrada y compacta cubría el aire cada vez más. Luego, la niebla no me dejó ver nada. Traté de dispersarla con las manos, sin conocer con exactitud los principios físicos por los que se guiaba al verla por primera vez en mucho tiempo. Decidí andar a pie llevando conmigo la bicicleta. Después, en medio de la carretera y entre los grandes árboles, me pareció ver una sombra oscura a lo lejos, muy lejos, pero lo olvidé pronto.

En vez de eso, la niebla desapareció un poco y decidí volver a pedalear con rapidez enérgica en mi bicicleta observando los campos abiertos y los árboles al lado de mí. Pero me impresionó que la niebla se tornara de un color muy púrpura en cierto momento, e incluso verde y rosada. Al no ponerle mucha

atención tampoco, me seguí indiferente a la vez que sentí un frío aterrador en mi espalda. Pero no había

nada detrás, ni adelante... excepto...

De repente vi emerger entre las sombras de la espesa niebla la silueta de una joven muy delgada. De lejos, lucía bien parecida, pero me extrañó ver a una persona rondando por tales rincones espesos y misteriosos, además de mí. Decidí ir tras ella. Aquello me parecía sencillamente enigmático.

Pero a cada pedaleo, a cada tramo avanzado, la chica avanzaba el doble. Parecía ser una ilusión óptica, producto de algún efecto de la constante nube de agua cargada en el ambiente.

La chica se movía, caminaba con seguridad hacia adelante... pedaleé más rápido. La sombra de la chica siguió avanzando exponencialmente.

A continuación, entre que la niebla se hacía más densa, pude visualizar que la joven se adentraba en el bosque oculto y negro de la mañana. Aquello me preocupó un poco. Dejé mi bicicleta y fui corriendo, presa de una curiosidad alocada. El ambiente se estaba tornando muy extraño.

La niebla desapareció de pronto llegado un punto. Ahora me encontraba caminando entre los senderos de ramas y húmedas matas del gran bosque, hollando el suelo fresco y lodoso. Rodeé con mis ojos todo alrededor de aquel frondoso y frío sitio del bosque, para tratar de hallar a la chica, pero no la veía.

Temí que todo hubiese sido una alucinación cuando... ¡la chica avanzaba por allá, entre las ramas y los troncos, adentrándose sin miedo en el bosque!

Me sorprendió bastante, y decidí ir por ella, a cuestionarle a dónde iba. Pero pronto me di cuenta de que estaba en un sitio donde no había estado antes en mis tantos rondines veraniegos. No sabía como volver a la carretera. Pese a ello, seguí andando con agitación. Quería ver el rostro de la bella mujer, y averiguar que hacía por allí. Probablemente era alguien como yo, que disfrutaba de pasear en las tinieblas por las mañanas.

De pronto, vi que los árboles comenzaron a cambiar de aspecto, a tener uno completamente extraño, a exudar un líquido nada viscoso; más bien, fluido y transparente como el agua, que se deslizaba sobre sus cortezas, desde lo alto de sus copas, y que venía a caer sobre el suelo, inundándolo poco a poco, hasta que llegó a mis tobillos. Cada árbol, de cada uno de ellos, fluía una cascada de transparente y frío líquido.

Pero no eran las gotas de lluvia. Ni una gota de agua, solo esa corriente como cascada que caía sobre las cortezas de los árboles, sin arrastrarse... era difícil de describir.

Ahora, no había ni rastro de la chica. Pronto el agua me impidió caminar, al llegar casi a mis rodillas, y volverse pesada, y estaba perdido, en lo hondo de ese bosque nebuloso, sin rumbo ni comunicación. Pronto, el pánico llenó mi corazón. Llevaba quizás media hora sin rumbo. Y una música lejana como trompetas empezó a escucharse, en lo alto, entre las ramas altas del sitio, y de muy profundo, unos instrumentos incomprensibles y desconocidos y que componían un sonido inquietante.

Luego, la niebla apareció nuevamente, pero ahora era de color gris. Mis pies seguían tras la chica, pero esta vez corrían con ansias sin que yo lo quisiera. Ya no estaban bajo mi control. Estaba corriendo a toda velocidad, pese al flujo cargado de agua cayendo de los árboles y sin que yo lo quisiera. Miré delante, y, quitándome de enfrente ramas y espinos para no lastimarme, pude ver a la chica de silueta oscura caminando más hondo en el bosque.

Entre toda la humedad y confusión, vi la lluvia caer por fin, venida justo como para ahogarme entre la copiosa profusión de sonidos y sensaciones frías.

Fue entonces cuando me lamenté de salir solo en las mañanas, e inclusive de mi costumbre excéntrica y solitaria de dar paseos bajo los aguaceros fríos de verano. Quizás aquella bruma inusual que nunca antes había aparecido en la ciudad fuera la causante de tan insólito y desafortunado suceso.


El pasado 10 de junio fui a buscar a mi amigo David a su casa, a eso de las 9:00 de la mañana. Pero no estaba. Así que fui a buscarlo en la carretera, al bosque, a donde yo sabía que iba en las mañanas de ocio, pero como no hallaba huella de él, casi me rendía en mi infructuosa búsqueda.

Encontré su bicicleta caída y su mochila al lindero del bosque, intactos, y no supe desde cuando estarían allí.

Probablemente solo desde la mañana. Lo estuve buscando en plena llovizna, por todo alrededor. Los

expertos que trataron de organizar su búsqueda dijeron que no habían hallado rastro de él a más de cinco kilómetros del lindero del bosque lugar donde él había dejado su bicicleta.

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