Capitulo I (Primera parte)

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— Es para que puedas ahorrar algo para tus estudios —le había dicho ella el primer día de trabajo.

Sin embargo, era tan cómodo el empleo y la vida que le permitía llevar que nunca se preocupó por hacer una carrera o conseguir un puesto mejor, mientras las condiciones continuarán tal cual estaban él no tendría problemas.

Por último estaba Jeyko, Tenía estudios de panadería y pastelería sin terminar, abandono en cuanto supo lo básico, el resto lo aprendió empíricamente, y sin duda era uno de los mejores pasteleros de la ciudad. Tal vez no de la ciudad, pero si era el predilecto de sus conocidos. Era el jefe de cocina en una de las pastelerías más grandes de la zona. Para cualquiera podía pasar como un empleado más de Binster, pero no, su puesto era privilegiado, y habiendo trabajado tan duro por él durante los últimos años era obvio que lo merecía.

En Binster la conoció, la mujer con quien pensaba pasar el resto de su vida, fue allí donde la vio por primera vez. Su jornada laboral había terminado y estaba cerca de la caja hablando con el administrador para que le facilitara un adelanto de su próximo sueldo. Estaba retrasado en el pago del arriendo y el dueño empezaba a irritarlo con su insistencia. Ella se encontraba sentada en uno de los bancos cerca de la barra comiendo uno de sus pasteles —crema helada de vainilla sobre galleta de leche con media fresa bañada en salsa de chocolate caliente— una de sus invenciones, sin duda la más sencilla, pero la que más gustaba. Su cabello negro que caía de forma lacia hasta estar por encima de sus hombros cubría parte de su rostro, de tez trigueña, un color parejo que bajaba por sus brazos descubiertos, hasta las manos que sostenían con tanta delicadeza la fina cuchara que llevaba el postre hasta su boca. Pensó en acercarse, presentarse como el creador de la obra que su boca degustaba, pero eso sería demasiado presuntuoso y lo último que deseaba era incomodarla al primer intento, pero temía al mismo que si no se acercaba perdería para siempre la oportunidad de conocerla, de saber quién era y de entender por qué en el momento en que su rostro se giró él quedó hechizado en sus ojos color ámbar, esos ojos destellantes ante la tenue luz del local. Se acercó a ella, aun sin tener en claro que le diría, tal vez solo se sentaría a su lado y conversarían acerca de lo ameno que era el lugar o le diría quien era su candidato para las próximas elecciones. Pero todos sus pensamientos se detuvieron conforme su cuerpo lo hizo. Estaba a tan solo dos bancos de ella, cuando una mano masculina de dedos gruesos y venas hinchadas se posó sobre la pequeña cintura de la mujer —Es el papá— fue lo que pensó al distinguir en esas manos las callosidades y manchas típicas de una persona mayor; pero su asombro fue más grande al presenciar sus labios rosa y delgados posarse sobre los del hombre mayor, que casi era un anciano. Sus ojos se abrieron por la sorpresa y su cuerpo se paralizo por un momento antes de dar media vuelta y volver a entrar en el pequeño cuarto donde guardaba los ingredientes de sus pasteles. Su corazón palpitaba rápidamente y sentía la inmensa necesidad de dar pequeños saltitos, cualquier cosa que calmara su agitada respiración.

Había caído en un embrujo al ver aquellos ojos, en distinguir el color rosa pálido de sus labios, sus largos y finos dedos, en la forma que adoptaban sus caderas mientras se mantenía en la misma posición. Era la mujer más hermosa que había visto hasta entonces, quería amarla, amarla como lo hacen los hombres y también como lo hacen las mujeres, poseer su cuerpo y su alma. Pero al parecer ella ya tenía a alguien, y ni siquiera estaba seguro de que sus ojos se hubieran fijado en los suyos como para recordarlo después de abandonar la pastelería. Espero sin embargo que al salir él también olvidará las sensaciones que había sentido.

Respiro hondo un par de veces antes de salir del cuarto. Se encontró de nuevo con el administrador que traía en su mano el dinero que había solicitado, lo recibió rápidamente y sin dar muchas explicaciones se despidió dispuesto a irse. La mujer seguía en el local, solo que esta vez se había sentado en una de las mesas para dos frente a su acompañante, que, al momento de poderlo ver un poco más de cerca, no aparentaba en realidad tanta edad como al principio había imaginado. Estaba cerca a la puerta, levantó su brazo suavemente para alcanzar el picaporte, para luego detenerse súbitamente de nuevo.

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