MIEDO AL MAR (RETELLING "MOBY DICK")

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Autores: Fifth Capricorn, Deborah Heredia, Pluma de Tinta, Maira Alejandra.

Coordina:  @PdeVeraOficial (Paula de Vera) 

Tengo miedo al mar. Concretamente, al mar abierto.

Pero desde que tengo memoria, el mar es mi hogar.

He crecido sobre una tabla de surf. Es curioso, ¿no creéis? Y mi padre es ni más ni menos que

el capitán Ahab, un loco borracho cuyo único objetivo en la vida era acabar con una ballena

blanca a la que llama "Moby Dick".

Era la hora en la que el sol rayaba el mar. Las luces aloques me despertaron deslizándose a

través de la persiana; pero, antes de que pudiera abrir los ojos del todo, escuché a mi padre

vociferar en el salón. No me hacía falta levantarme para que me llegase el tufo a whisky y ron

barato ascendiendo las escaleras. Se me revolvió el estómago ante la perspectiva de otra

jornada junto a él sobre ese frágil esquife que llamaba "barco".

Yo nunca quise ser pescador y mucho menos ballenero, como lo era él. Lo único que me

apetecía hacer en mi vida era coger la tabla todas las mañanas y lanzarme a cabalgar las olas

hasta que el hambre o la fatiga pudieran conmigo. Amaba la visión de los delfines y los peces

de colores flanqueando mi camino. Siempre me han dicho que tengo los ojos del color del mar,

de ahí mi apodo, "Blue". Y me gusta, porque siempre he aborrecido el nombre que me puso mi

padre al nacer.

Barry. Qué insulso.

–¡Bar! ¡Barry! ¡Mueve tu culo holgazán aquí abajo! –vociferó mi padre, fiel a su costumbre–.

¡Tenemos trabajo!

Y ahí estaba yo: el olor del hierro procedente de la sangre seca de ballena que tapizaba los

tablones de la cubierta me provocaba náuseas. No podía escapar de mi tarea pero, para que se

hiciera más llevadera, mi mente retornaba constantemente a la playa.

De repente, otro olor se entremezcló con dicho efluvio. Alcé la cabeza y clavé la vista en el

horizonte, por donde se aproximaba lo que parecía una tempestad.

–¡Capitán! –grité por encima del retumbar de los primeros truenos–. ¡Deberíamos volver a

tierra!

Ceñudo, mi padre negó con la cabeza para mi desesperación. En el momento en que las

primeras gotas empezaron a repicar sobre nuestras cabezas, la cola de una ballena blanca

danzó entre el oleaje.

–¡El océano hoy exige sangre! –replicó Ahab, con los ojos brillantes de belicosa emoción–. ¡Hoy

es el día en que por fin mataré a Moby Dick!

El barco se aproximó hacia el inocente animal, que no sabía lo que se le venía encima. Por mi

parte, era lo más bonito que había visto en mi vida. No entendía por qué mi padre pretendía

acabar con semejante criatura. Impotente, vi cómo cargaba el arpón y lo dirigía hacia su

cuerpo níveo. Y supe que no podía permitirlo.

–¡Padre, no lo hagas! –aullé.

–¡No te pongas en mi camino, Barry! –me increpó cuando quise arrebatarle el control del

arma.

Él forcejeó intentando liberarse.

–¡Ese demonio blanco acabó con todos mis compañeros! ¡¿No lo entiendes?!

–¡No! ¡Es una criatura indefensa!

–¡Apártate! –clamó el capitán.

–¡NO!

En ese momento, noté el acero frío hundiéndose en mi carne. Ni siquiera fui consciente de que

estaba en la trayectoria del arpón cuando mi padre lo disparó. Lo miré, incrédulo. Su rostro

permanecía impasible. Así que aferré la cuerda, tiré y sin pensarlo dos veces lo arrastré junto a

mí hacia los fríos dominios de Poseidón.

Mientras la oscuridad nos envolvía, lo último que vi fue un resplandor blanco de libertad que

se alejaba en dirección contraria.

Esta es mi tumba. Este es mi infierno para toda la eternidad.

Miedo al marWhere stories live. Discover now