Kayocienta

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Esta historia pertenece a los Cuentos del tío SilentDrago.

Advertencia: Hay algunos anacronismos para efectos del fic.


Existió una vez un hombre viudo que tenía una linda y amable hija. Queriendo darle una figura materna a la chica, el padre se casó con una mujer que tenía dos hijas mayores que la suya. Por desgracia, una enfermedad acabó con su vida, dejando a la pobre Hanayo, que así se llamaba la chica, al cuidado de su madrastra, quien se empeñó en hacer de su vida un infierno.

Sin la protección de su progenitor, la muchacha se convirtió en la sirvienta de la casa, más cercana a una esclava que otra cosa, debiendo cumplir cada capricho de su nueva familia, le gustara o no.

- ¡Hanayo, ponte a trapear la cocina!

- S-S-Sí, como ordene.

- ¡Y recuerda lavar la ropa después de que termines!

Cosas así eran la tónica en su vida, haciendo que la pobre Hanayo se sintiera cada vez más infeliz.

- Te extraño mucho, papá.

Cierto día, un heraldo del rey se hizo presente en la casa. Con gran algarabía, anunció que el monarca daría un gran baile para conseguirle pareja a su hija, la princesa Rin, y que todos los súbditos estaban invitados, desde el más alto noble hasta el más pobre campesino.

- Por supuesto que iremos –confirmó la madrastra.

Tras entregar la información, el heraldo se marchó para continuar con su deber.

- ¿Qué les parece, niñas? Una de ustedes podría casarse con la princesa.

- Pero yo no tengo esos gustos, mamá.

- Yo tampoco.

- ¿Acaso no han considerado lo que significa ese matrimonio? Nada más piénsenlo: poder, riqueza, estatus, ser parte de la familia real. ¿Qué opinan ahora?

- ... Yo me casaré con ella, mamá.

- No, seré yo.

- ¡Te digo que yo que soy la mayor!

- ¡Ya se te ven las arrugas de lo vieja que estás! ¡Yo seré su esposa!

En cuanto a Hanayo, esta oía todo lo que su madrastra y sus hermanastras decían. A diferencia de ellas, no estaba interesada ni en la riqueza ni en el poder, sino en la princesa misma. Le parecía una chica muy atractiva, pero siempre la consideró alguien fuera de su alcance. Con la invitación al baile, una pequeña puerta se abría para conocerla.

- Disculpe, madre...

- ¡¿Qué quieres tú?!

- Me preguntaba si... si... si... si yo podría ir al baile también.

- ¡¿Tú?!

La mujer estalló en burlonas carcajadas. Sencillamente encontraba ridículo el mero hecho de que su hijastra se atreviera a preguntarle algo así.

- ¡Por supuesto que no! ¡¿En verdad crees que la princesa se fijaría en una chiquilla miserable como tú?! ¡Te quedarás aquí y continuarás con las tareas de la casa!

Aunque la respuesta le dolía, Hanayo decidió no discutir.

Llegado el día del baile, la madrastra y las hermanastras se aprestaron para ir al castillo. Las tres llevaban llamativos vestidos, llamativos en una forma negativa: ni siquiera una torta de novios tenía tantas capas como aquellas vestimentas; además, los adornos recargaban todo el conjunto y las hacía verse como pavos en pleno galanteo. El maquillaje tampoco ayudaba; iban pintarrajeadas como puerta etrusca.

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