Todo empezó cuando era un tierno melocotón

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Título Gorda

Capítulo 2: Todo empezó cuando era un tierno melocotón

Por Janet Gaspar

Sé que hay gente que de niños son monísimos y luego se echan a perder en la adolescencia, o muchachas preciosas que se desparraman en cuanto tienen a su primer niño. Yo no. Yo he sido gorda siempre. De hecho mamá siempre decía que yo era su "tierno melocotón", ya saben, por lo redondo y rojito —y es que cuando uno es un niño regordete y juega con los demás a cualquier actividad que implique correr los cachetes se te ponen tan rojos que parece que tienes fiebre.

Pero no, el problema viene de más atrás, sí, de hecho es del tiempo de cuando era bebe. Porque, ¿saben?, yo fui uno de esos bebes mimados a los que quería su mamá, su papá, su abuela, su abuelo, los tíos... había tanta gente que me quería que se podría decir que era un bebe afortunado. El problema es que mi abuela estaba segurísima de que un bebe sano debe estar gordo, estaba tan segura que empezó a darme probaditas a los tres meses y estaba orgullosísima de que a los seis meses fuera capaz de acabarme mi platón de pollo con arroz yo solita. Sí, de hecho he escuchado anécdotas acerca de que me tomaba un biberón de atole desde los cuatro meses y que disfrutaba mucho de las paletas de caramelo desde chiquitina.

En definitiva era un bebe gordísimo, tan gordo que a mamá le hablaron de la clínica de salud y le dijeron que debía ponerme a dieta porque al año pesaba lo mismo que un niño de dos. Por supuesto, mamá no hizo caso y ahí empezó esta vida de melocotón tierno, de durazno gordito. De bolita de dulzura.

En el jardín de niños yo era tan grandota y mis tobillos tan gruesos que los demás niños decían que seguro me había escapado de la primaria. Sí, mi vida de torturas y bullying empezó de manera temprana, ¿qué más podía hacer más que sentarme a llorar y comerme mi torta de jamón?, sí, mamá siempre me ha preparado tortas de jamón o tacos de harina, mientras las otras madres mandaban frutas y verdura en la lonchera yo tenía el mismo lonche que el que le mandarían a un hombre que fuera a laborar en una mina de trabajos forzados.

¡Ay melocotón!, que dulce e inocente eras, me veo en las fotos de aquel entonces y me doy ternura a mí misma, con ese cuerpo redondito y la cara bonita. ¡Ah!, soy gorda no fea, que quede claro. Ahora que estoy en la preparatoria y se me desbordan las carnes a veces se me olvida, pero luego busco mis ojos bonitos, mis pestañas largas, mi boca redondita y me acuerdo, ¡qué bonita eres!, ¡si tan solo no fueras tan gorda, lindo melocotón!

Ser gordita te jode en todos lados. En educación física siempre era la última, en la tienda de ropa para niños siempre me tenían que vender tallas para chicos grandes que me hacían ver incluso más enorme, las madres siempre preguntaban: "¿Cuántos años tiene?" y cuando mamá respondía que cinco ellas ponían cara de espanto.

"¡Esta enorme!"

Enorme, grande, gorda, gigante. Desde pequeña una se acostumbra a esos motes. De vez en cuando un familiar bien intencionado me pellizcaba las mejillas, ¿pero saben?, los gordos odiamos nuestras mejillas, la cara se nos hace redonda por su culpa y parece que todo mundo quisiera achucharnos los cachetes... los pellizcos de tía Eugenia aún me duelen...

Pero no se crean que todo es malo, no señores, porque fue en tercero de quinder, en el salón de la señorita Clara, en la esquina de atrás junto a la ventana cuando vi por primera vez al niño más lindo de este mundo y sus alrededores.

Leonardo.

Hasta su nombre era hermoso, como de ángel. Aún recuerdo cómo me quede con la boca abierta y un frito a medio masticar entre los dientes cuando lo vi por primera vez: cabello negro y ensortijado, ojos grandes, piel blanca y tan bonito, tan, tan bonito. Era como esos chicos que salen en la televisión para anunciar marcas de shampoo. Era mi sueño, fue amor a primera vista, destinados para estar juntos para siempre.

Sí. Para siempre.

Leonardo y yo hemos compartido clases desde jardín de niños hasta la preparatoria. En el jardín de niños le demostré mi amor, quizás de manera errónea, hostigándolo hasta donde las fuerzas me alcanzaban. Le ofrecía de mis papas, lo seguía cuando quería jugar futbol, me le pegaba como chicle y me metía en sus peleas. Desgraciadamente mi bello príncipe no supo apreciar mis esfuerzos y un día declaró a grito pelado que lo dejara en paz.

Un impacto para un corazón tan tierno como el mío.

En la primaria intenté ser más comedida, lo veía de lejos, lo seguía insistentemente en cada actividad que le ocupaba, cuando me di cuenta de que le iba bien en los estudios me esforcé para ser tan inteligente como él, ¿el resultado?, nos peleamos año tras año el primer lugar del salón, si él intentaba levantar la mano para contestar la pregunta del maestro yo la levantaba más rápido, si él hacía una maqueta de lo más elaborada con plastilina yo iba más lejos y le agregaba madera y cerámica, si él daba una clase espectacular yo hacía efectos de sonido para agregarle más dramatismo.

Leonardo era un chico amable y alegre, pero estar en segundo lugar todo el tiempo por más que se esforzara lo hizo girar al lado oscuro de la fuerza (tal como una escena vieja de Star Wars). Y ahí empezó el bullying, el bullying en serio.

Cuando corríamos en educación física él y sus amigos se ponían detrás de mí para hacer ruido de pedorretas, un paso una pedorreta, un paso largo, larga pedorreta, pasos rápidos, pedorretas en ráfaga. Como venganza junte un montón de insectos y se los eche en la mochila.

Esa vez nos castigaron a los dos una semana sin salir al recreo.

En sexto año cuando fue nuestra graduación le toco la mala suerte de salir en el sorteo para bailar conmigo, hizo un berrinche tremendo, le rogó al profesor que nos cambiara porque no nos gustábamos, pero yo insistí en que así estaba bien. Él creyó que lo hacía para torturarlo, yo estaba en las nubes.

Nos pisamos uno al otro todo el vals y aún recuerdo su hermoso y furioso rostro mientras me hacía dar una vuelta. Es un recuerdo que estará conmigo toda la vida.

En la secundaria quedamos en el mismo salón una vez más, para mí un milagro y para él un castigo. Sin embargo las cosas cambiaron, vaya que cambiaron. En secundaria Leonardo se hizo popular, popular en serio, de esos que el 14 de Febrero reciben cartas y chocolates de niñas de otros salones, yo el 14 de Febrero recibía una carta de mi mejor amiga y me compraba un chocolate de auto regalo.

Molestarlo o hacerme notar se fue volviendo imposible cuando su círculo de amigos se volvió más estrecho y las calificaciones dejaron de preocuparle como antaño, ahora no le importaba sacar un ocho si podía ser el capitán de futbol, llegar a los regionales y tener al grupo de porristas en vilo animándolo.

Yo... bueno, en ese tiempo me dio por leer —gorda, pero inteligente, ese es mi lema. Para no desentonar con mi físico decidí inscribirme en el taller de cocina, no es por halagarme pero hago una tarta de limón sublime... quizás por eso no logro bajar de peso.

En la secundaria Leonardo dejo de prestarme atención, pero por alguna razón las chicas decidieron molestarme en serio.

"Vaca"

"Gorda"

"Marrana".

Nunca he sido buena con las palabras así que en la secundaria me dejaba llevar por los puños. No, arañar y jalar el pelo no va conmigo. Aunque fui el primer lugar general de la secundaria me la pase los tres años en detención, incluso me pasaron con la psicóloga.

¿Por qué hay tanta ira en ti?

Porque la gente no puede dejar en paz a los gordos. Por eso... Y porque soy medio estúpida defendiéndome con las palabras, a ser sincera, pero eso nunca se lo dije a la psicóloga.

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