Prólogo

De regreso Bellfols 15 de mayo de 1999

 La noche era fría y oscura, dejando las calles de Bellfols solo a la luz de la luna. Una suave brisa solo podía ser sentida y esta te daba un pequeño escalofríos.

Una muchacha de cabello tal cual dorado, se encontraba sola en aquellas calles. Minutos después de esperar a un hombre, el auto de este llegó y logró ser visto. Venía en un auto negro, bien elegante con asientos forrados de cuero. Un hombre apuesto con algunos rasgos llamativos, con una apariencia que imponía respeto, bajó de aquel auto. Los cabellos de este se movieron junto con la brisa del frio viento.

Cabellos castaños casi negros, al igual que sus ojos.—pensó la muchacha, quien estaba paralizada al verlo.

Él hombre traía puesto su típico traje y zapatos lustrosos negros. Él era del tipo de hombre que ya no quedaba.

Alto. volvió a pensar la muchacha viendo que este le sacaba unos diez centímetros de cabeza. Probablemente, su altura estaba alrededor del metro ochenta.

El hombre se acercó a un paso lento pero seguro hacia la muchacha, a quien se le erizaban los vellos de la nuca en cada paso que el hombre hacia.

Al llegar a ella, solo la observo. Vio que la jovenzuela  vestía con su típica falda tiro alto roja que le llegaba a la altura de las rodillas y tenia puesto aquel anillo de compromiso, que años atrás él le había regalado.

La muchacha dirigió la vista a su mano, donde el hombre miraba. Ella noto que observaba el anillo de compromiso. La joya era de plata y

en su centro tenía una piedra cristalina le había parecido bellísima. Después de todo, ella no esperaba nada.

— ¿Qué quieres, Clarissa? —habló el hombre y ella levanto su mirada al instante. Ella notó que sus ojos estaban tan oscuros y profundos que se podía perder en ellos.

—Lo que he querido siempre, Peter. —contestó Clarissa.

Peter cerró los ojos por un momento tratando de pensar. Segundos después, los abrió y Clarissa noto un suave brillo en sus ojos. Ese era el brillo con el que él la sabia mirar cuando estaban profundamente enamorados.

—No. —respondió Peter tomando una postura seria. —Los Orígenes…

—No me importan ellos. —lo interrumpió Clarissa acercándose a él.

—A mi sí. —manifestó Peter frunciendo el ceño. —No quiero que te hagan daño.

—Sé cómo defenderme.

—Porque ahora eres una Varspazut. —indico él y la muchacha se quedó callada, sin saber que responder. Peter había dicho aquella palabra con tanto asco… Al notar que la había ofendido trato de remediarlo. —No quise…——Quedo claro. Habló ella. Perdón si te he molestado. No fue mi elección convertirme en quién soy.Clarissa ajustó su bolso, que colgaba de su hombro, y trató de retirarse.

Solo dos sonidos de sus tacos contra la acera lograron ser escuchados, hasta que una mano familiar la detuvo por el ante brazo. Ella se detuvo en seco.

Se que no. susurró Peter a su oído. Es solo que… es difícil, acostumbrarse.

Ella volteó para poder verlo a los ojos. Estos estaban brillosos, llenos de furia, pero ella sabía que aquella furia solo se debía a los monstruos que le habían hecho esto a ella.

Clarissa levantó su mano, acariciando la majilla de su amado.

Un beso se produjo entre ambos. Un beso eléctrico, donde sus labios encajaban perfectamente al igual que sus cuerpos. Peter subió su mano hasta su espalda, haciendo que Clarissa estuviera lo más cerca posible de él. No quería perderla nuevamente.

Al finalizar el beso, el hombre apoyó su frente contra la de Clarissa. Con los ojos cerrados susurró las palabras “no quiero perderte”.

La muchacha no contestó absolutamente nada, pero la sonrisa que tenía le basto a Peter para saber que ella pensaba exactamente lo mismo. Él bajó su mano hacia la de la muchacha.

Su mano era tan pequeña a comparación de la suya. Le provocaba ternura.

El sonido de un disparo sonó en las silenciosas calles del pueblo. Clarissa abrió sus ojos como platos y cayó en los brazos de Peter. Este estaba estupefacto, no sabía cómo reaccionar.

Lagrimas empezaron a correr por las mejillas del hombre mientras que sostenía el cuerpo sin vida de su amada en sus manos.

Al sacar su mano de la espalda de la muchacha, notó que estaba más pálida de lo normal. Observó su propia mano, notando que su palma tenía la sangre de Clarissa.

El amor es sangre. —recordó las palabras que su propio abuelo le había dicho alguna vez en su adolescencia. 

Varspazuts - Las reglas se rompen (1º entrega)¡Lee esta historia GRATIS!