Capítulo 0.3 / Supermercado

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Diciembre de 1987

Ante aquella actitud efusiva de su esposa, Aurelio correspondió con aquel recibimiento, pensando en un montón de cosas. Cosas como las que había recién vivido en los últimos dos meses. Incluido un encuentro casualmente romántico con otra persona.

También saludó a su pequeño hijo Alfonso, a quien ya extrañaba muchísimo ver.

También estaba aquel extraño sujeto amigo de él. Saludó a Mirsa y al final, todo parecía estar como en familia.

No obstante, hubo una ocasión en la que Mirsa había salido con el pequeño Alfonso al supermercado. Y es que casualmente pasaba por un aislado pasillo cuando vio a lo lejos a dos personas besándose. Concretamente dos hombres. Cosa que le pareció rotundamente asqueroso. Asqueroso y repulsivo. A pesar de ello, no dejó de verlos, puesto que entre esas dos personas había algo extraño. Algo extrañamente conocido. Y es que Mirsa casi sintió que el corazón le daba un vuelco cuando vio que aquellas dos personas hombres que se besaban allí mismo, en ese aislado pasillo del supermercado, eran nada menos que su esposo Aurelio y aquel amigo con el que había llegado.

Impactada por lo que había visto, la chica entró en acción, discutiendo acaloradamente con su esposo, ese de quien estaba tan ciegamente enamorada, que nunca había podido imaginar que éste la estuviese engañando con otra persona, que por cierto no era otra mujer, sino un hombre. Ni más ni menos. Era una situación que a Mirsa le era muy difícil de digerir.

Por supuesto, dicha discusión atrajo la atención de las demás personas que se encontraban cerca del lugar de los hechos. Pero ello no parecía importarles ni a Mirsa ni a Aurelio, aunque para aquel amigo sí, ya que decidió irse de allí, como temeroso al qué dirán.

Aurelio entendió la actitud menospreciada de su esposa. Mas aquello poco le importó, pues amaba tanto a su nueva pareja, que sin pensarlo dos veces, se había ido a buscarlo y luego irse con él nuevamente a Estados Unidos. Ni siquiera se sintió profundamente remordido por lo que había hecho. Ese error tan gran grave que ni confesándolo, el mismo Dios se lo perdonaría. Abandonar una familia por seguir un deseo inerte de estar con un hombre. Simplemente, no lo valía.

Mirsa se fue de allí sin más, olvidándose de las cosas que había comprado para el niño. Y sin más que hacer ni qué decir, la joven mujer comenzó a sacar las cosas de su esposo, y todo lo que tuviera con él, a la calle; mientras que a su vez lloraba amargamente. Necesitaba hacerlo y con muchas ganas. Para ella, su esposo, así como su amor por él, ya estaban prácticamente muertos, y el llanto sería sólo un alivio para su alma desconsolada.

Después de esta experiencia, no habría nadie ni nada que pudiera revivir aquel amor que murió justo ese día en que tuvo que ser testigo de tan escandalosa escena de amor entre dos hombres, misma que tuvo que darse dentro de los interiores aislados de aquel maldito supermercado.

Tan hermosa, tan angustiada, tan enojada con la vida, así se sentía la pobre mujer. Fue tanto así, que tuvo que aprender del trago amargo por el que tuvo que pasar. Y un día, se dijo a sí misma, que viviría y cuidaría de su hijo, más que a su propia vida. Jamás lo dejaría ni permitiría que los demás le hiciesen daño. Y que, el día en que llegase a enamorarse de alguien, que sea con una chica de bien, alguien merecedora de él. Nada de relaciones homosexuales.

Y fue así que, a raíz de tan horrible acontecimiento, la felicidad, la paz y la armonía de aquella joven, hermosa y feliz pareja se había ido prácticamente por el caño. La historia de Mirsa y Aurelio, dos personas que se amaban mucho y que pretendían estar juntos hasta la muerte, finalmente se había acabado.

Era víspera de Año Nuevo de 1987. Y fue allí cuando Mirsa se había acordado de lo que había pasado hace precisamente un año. Hace un año, todo era miel sobre hojuelas en su vida matrionial. Hoy, 31 de diciembre de 1987, era tan sólo el tazón lleno de recuerdos que ahora tendrá que tirar a la basura para no sentir más dolor ni clamor.

Menos que ser una mujer débil y sin saber qué hacer, Mirsa se propuso ser fuerte, justo en medio de una situación que ahora mismo lo amerita. Tenía una fuerte motivación a su lado para comenzar: Su hijo, ese pequeño Alfonso, aquel que prontamente cumpliría el año y muy pronto comenzaría a caminar. Y caminar y caminar y caminar. Después de todo, la vida sigue y hay que seguir adelante.

CONTINUARÁ...

La pasión de Ania (Versión Corta)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora